Escribir entre líneas, de Javier Acosta

por Javier Acosta,
octubre de 2004
a la memoria de Jacques Derrida

La literatura como posdata

Sabemos que la policía siempre llega tarde. La literatura es un evento que siempre viene después. Pero al contrario de la policía, la literatura siempre llega tarde, cuando todo está comenzando a suceder. Hay una impuntualidad congénita en la literatura: una «impuntualidad literaria» que sería una virtud ahí donde en la policía es una franca incompetencia. El crimen: la nota negra, siempre ocurrió antes, la literatura siempre se realiza después. Siempre se está escribiendo después, ante nuestros ojos que aún no han leído. Lo mejor de La Odisea, lo mejor de El rey Lear, lo mejor de Moby Dick o del Ulises es que aún no han quedado escritos, esto permite al resto de los escritores la ilusión de volver a comenzar con la literatura. Y al lector escribir con los ojos o la yema de los dedos. La Ilíada es ese gran libro de la posdata, «el libro que vendrá», para emplear una expresión de Blanchot. Lo que vendrá es el presente en el que nunca estamos, salvo cuando nuestros sentidos, nuestro pobre cerebro se confunde, y da paso a la belleza. –este es el secreto: nosotros no somos lo pasajero sino lo pasado– estamos ya, de algún modo, muertos. La literatura no pasa, sin embargo, a ser «lo leído».

Decía el difunto Derrida hace unos cuantos días, poco antes de morir, «aún no he sido leído».

Lo que en el filósofo puede ser una lamentación, es en el escritor la marca de agua de un triunfo –que esto no sea leído, no sea agotado, que esto sea una posdata–. Que esto no haya agotado su lectura, que necesite una relectura, porque aún no fue leído.

 

*

Quién escribe (paisajista) ha ocasionado en mí esta divagación sobre la policía y la literatura puesto que en el libro de Aguillón-Mata se observa con intensidad el drama del tiempo en ese mixto que reúne escritura y lectura; siempre en busca de una poética del presente desde el presente literario. Presente confuso o –mejor– difuso que sucede entre líneas, entre las líneas. Escribir entre líneas, entre la línea de la ficción y de lo real, entre el presente y la posdata que debe ser toda literatura.

Escribir entre líneas. No para aludir al sentido que sólo u lector modelo podría desentrañar. Me explico, escribir desde la física de las líneas, la materialidad de la letra, la materialidad del papel, la materialidad de la ficción. Imagínese usted el arte de un pintor como Magritte, que dice «esto no es una pipa». Como René Magritte, o sea al contrario, Aguillón-Mata dice: esta es una ficción, más aún, la voz narradora de sus cuentos lo denuncia, y todavía más, se lo revela a sus indefensos personajes.

La voz narradora se convierte así en elemento narrado, opera entonces un metanarrador, un no-autor, todavía, que surge de la poética de Aguillón-Mata. Es entonces cuando la voz narradora se revela como sumergida en el universo de la invención. Las variaciones sobre este tema constituyen, a mi entender, los más brillantes momentos del volumen que aquí comento.

¿Quién escribe? (i)

¿Quién narra? «¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza? » ¿Cómo escribir ficción en la que el referente queda absolutamente suprimido? Tenemos el caso de la poesía concreta, Aguillón-Mata tiene el espíritu –la juventud– suficiente para intentar una narración concreta. La diégesis se convierte así en un pretexto para un ejercicio de estilo. Para la impunidad del creador.
Literatura reflexiva en doble sentido. Se trata de una exposición de hipótesis sobre el mundo que la voz narradora va desglosando, poniendo en obra; pero además es también una reflexión sobre la creación literaria dentro de la creación literaria.

Escribir en el tiempo, escribir en la atemporalidad temporal. El nuevo atletismo también escribe el presente escribiendo el presente de la escritura, es decir, ensayando la fusión entre lectura y escritura: leer entre líneas-escribir entre líneas. En ese contratiempo del arte, en su presente elusivo que reclama levedad, un atletismo de orden cronológico, proyectado hacia la naturaleza de la posdata. Creo que ese es uno de los sentidos en los que Ítalo Calvino pide levedad a la literatura del próximo milenio –a éste, que es siempre el próximo milenio–. En este sentido este es un libro de ensayos, aproximaciones al presente literario.

El escritor es un atlético psicópata –homo aestheticus, poetical psyco: actúa bajo una obcecada voluntad de escribir, un imperativo categórico al que responde desde luego cuando menos un tipo de escritor –cuando menos el prosista: debes y tienes que escribir.

Pero el escritor debería reunir esa segunda posibilidad. La escritura de un texto que se convierte en paisaje o en imagen total, como se sugiere en el relato “Paisajista”, en él la física de la escritura, la prosa, por la sincronía de un ojo que puede observarla en su conjunto instantáneamente, deviene fotografía. De esta manera, la metáfora que nos proporciona Quién escribe (paisajista) está referida también al progressus in infinito de Borges. La metáfora indica que nuestro propio aleph es un atrama, el cuento contado por un idiota, del que en instantes de iluminación podemos percatarnos.

Así, con elegante simetría, se reúnen dos historias en Quién escribe (paisajista) entre las que podemos encontrar los extremos del universo inventivo de su autor. En “Paisajista” la escritura de naturaleza diacrónica se convierte en imagen de naturaleza sincrónica, queda expuesta entonces la totalidad artística de la literatura, ejemplificada en el relato por la novela de culto Farabeuf.

En “Metamorfosis del verbo” el extremo contrario es mostrado con igual pericia. Un casco, como el de Mambrino, permite a su portador observar la realidad objetiva, sin el equívoco de la percepción humana. Tal realidad se ofrece entonces a la vista no como absolutamente subjetiva, sino como radicalmente ficcional. La vida de un universo entre líneas, producto, como sospechaba el Quijote, como ingenuamente descarta Descartes, de un genio maligno. Ya en otros relatos, como en “Fórmulas de cortesía” se da una brillante vuelta de tuerca a la inquietud meta literaria, cuando el escritor nos regala la historia de un personaje que existe entre los signos de su materialidad puramente tipográfica. En “Metamorfosis del verbo” por medio de una especie de aleph decadente y tecnológico, el protagonista alcanza a percibir el magro infinito de la realidad de su mundo, la prosa concreta de un autor que sabe hacer cosas con palabras.
A este punto quería llegar, al momento en que la invención comienza a fabricar ficciones autoevidentes, como en la pintura de Magritte, y que por el logro de su autoevidencia producen el efecto, la experiencia estética, de sobrepasar su dimensión imaginaria.

Así concurre una de las preocupaciones artísticas de nuestro tiempo, de nuestra era neobarroca. La confusión, el crossover entre realidad y ficción. El paso de la ficción a la realidad que dispara en el mismo acto el movimiento inverso, ese que constantemente nos lleva a cuestionarnos, así sea por un instante, sobre el estatuto de realidad de nuestro mundo. Eso que ahora se lee entre líneas, que Sergio Alejandro Aguillón-Mata pone en juego con notables resultados.

¿Quién escribe? (ii)

Lo mismo que el pintor, lo mismo que el actor, lo mismo que el músico. Escribe una persona sin oficio ni beneficio. Creo que yo puedo afirmar esto debido a que no soy algo parecido a un escritor. Nadie que tenga la voluntad de escribir, nadie que logre algo en la escritura puede tener un oficio. El arte no consiste ni en el ejercicio de un oficio ni en la obtención de un beneficio. Hay un éxito extraliterario que consiste en el reconocimiento de nuestros congéneres, hay un éxito intraliterario que siempre consistirá en un fracaso, en una imposibilidad llevada a su extremo creativo, y ese es el feliz intento de Aguillón-Mata. Porque no saber escribir, porque no saber leer, es el principio –y el fin– de la literatura. Entregar todos mis recursos a una actividad de la que nada aprendo, a una actividad donde se tiene que inventar de nuevo las reglas de un oficio sin reglas, reglas precarias, siempre desechables. Reglas y beneficios imaginarios de un individuo –o individua, como dicen los funcionarios– que no hace sino (des)aprender a escribir: imperativo categórico de la escritura.

El escritor no llega a ser escritor, su mérito consiste en estar de camino a la escritura, de camino a la lectura, siempre desposeído por un futuro lector. Por eso repite la voz narradora de “El lector que escribe”:

I’m not here, It isn’t happening

I’m not here: escucha y escribe Aguillón-Mata, o esa voz que ahora, después, lo ha engullido «al momento en que escribo estas letras absoluta e irremediablemente mías (por hoy) y al momento en que son leídas por el desconocido remoto o alguien más que se apropie de éstas (absoluta e irremediablemente), otras promiscuas y volubles» (“El lector que escribe”, p. 41). Líneas «tan torpes como geniales, tan fantasiosas como realistas, tan ingenuas como ocultas, según se entiende por su absurdo y arte, por su presencia en todo texto y, a la vez, por su lejanía de todo texto, remotas, casuales; estas líneas que evocan una idea pensada, leída, intuída o escrita por todo lector que escribe (todo lector escribe, absoluta e irremediablemente)» (Ídem). El escritor no se queda sino en el pasado, puesto que es saqueado por su escritura, a la que, como dice el escritor Leandro Palencia «malbarata su vida». El escritor no está en sí –como nadie, ni siquiera el lector, está en sí–. Ni en sí ni aquí. Necesita –está destinado a– fundirse en ese antioficio de la escritura, ese pez soluble que es el autor. I’m not here, It isn’t happening. No estoy aquí pero esto sí está pasando. Nuestra vida real es sólo una sombra de lo que pasa en la literatura. Pero, esto no está pasando, en eso consiste malbaratar la vida a/en la literatura. Alejarme del mundo –dice Marguerite Duras– pidiendo al mundo que no se aleje de mí. Y el mundo, desde luego, se muestra indiferente. Pero de eso se trata, precisamente, entregarse a la escritura. Creo que Sergio lo ha hecho. Creo que no estoy aquí, que esto no está sucediendo. Que la policía no ha llegado, que no llegará a tiempo.

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