La escritura contra la realidad, de Gonzalo Lizardo

por Gonzalo Lizardo,
julio de 2005

Quién escribe (paisajista), de Sergio Alejandro Aguillón-Mata (México, DF, 1980) es un libro que hace de la ambigüedad poética su principal y fundamental materia. Los nueve cuentos ahí reunidos oscilan entre la imagen enérgica y la digresión que desdibuja; entre la lucidez que ilumina y la penumbra que semioculta; entre el más allá de la anécdota y el más acá de su grafía. A contrapelo del realismo, que quisiera anular el hiato entre significado y significante, Aguillón-Mata decide exasperarlo: entre el sujeto autor/lector y el signo que los convoca, la escritura alude a su objeto para mejor circunscribirlo. La escritura no debe ya reflejar aquello que por sí mismo existe, sino hacer existir aquello que sólo por la escritura es verdadero:

Esa es la fuerza que ejerzo, la fuerza de la palabra que, lejos de lo que opinan quienes la usan para mentir, nunca engaña, pues ya lo dijo San Juan: En el principio fue el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios, dios que opera en nosotros, creados y creadores, escritores y lectores y, seguramente, también personajes (p. 14).

Leyendo estas ficciones grafográficas de Aguillón-Mata, celebro su pertenencia a una tradición escritural que se subleva contra el realismo ágrafo y acrítico tan en boga. Pocos autores como él han tenido el valor para confiarnos, de una manera tan franca y a la vez tan cifrada, su filiación a un proyecto secreto, a una tradición enraizada en Mallarmé, Válery, Joyce o Sarduy: autores más admirados que leídos, cuya obra trasciende los límites representacionales del realismo, pues sospechan que todo intento por aprehender la realidad mediante la palabra es deshonesto. Parafraseando a Salvador Elizondo, la literatura sólo puede hablar de lo concreto y, en la literatura, lo único concreto son las palabras.

Esta afirmación de Salvador Elizondo resulta especialmente significativa porque en su ejemplo se sustentan las principales premisas del libro de Aguillón-Mata. El cuento que da subtítulo al libro, “Paisajista”, es un claro ejemplo de esa fe literaria. El texto se conforma por el montaje –el ideograma– de dos relatos: en el primero, un profesor de literatura dialoga en el autobús con el autor de Farabeuf –la novela que lee en ese momento. En el segundo, un estudiante acude a la casa del autor de Farabeuf para entrevistarlo y, decepcionado por sus respuestas, robarle un cuento inédito, el cual trata sobre un profesor de literatura que descubre que él mismo es, ha sido o será el autor de Farabeuf. Al percibir que su historia se entrelaza con la del cuento robado, el estudiante intuye el orden secreto, plástico o ideográfico escondido tras el desorden de la novela.

Como se ve, “Paisajista” recopila algunos tópicos distintivos de Salvador Elizondo. En concreto, la confusión de identidades entre lector/autor/personaje, y la reflexión sobre la escritura/lectura. Pero, sobre todo, recupera la confianza elizondeana en la capacidad ilocutoria de la palabra escrita: en su poder creacionista, en su soberanía para hacer cosas en vez de, simplemente decirlas. De acuerdo al mundo posible creado por Aguillón-Mata, el valor estético de Farabeuf no radica en su habilidad para decirnos una truculenta historia de amor aderezada con una pizca de Bataille, dos cucharaditas de I Ching y seis tazas de erotismo sadoquirúrgico. No, su belleza más íntima radica en que sus páginas, dispuestas sobre una superficie, hacen una obra plástica, material y concreta: un significante puro, carente de cualquier significado que no sea el alarido.

Este fundamento también equilibra “La inminencia de Zeus”, donde un lírico –y celoso– poeta decide refutar la teoría pltónico-aristofánica sobre el amor, según la cual los amantes ideales complementan sus afinidades y diferencias hasta conformar una especie de andrógino. Con ese fin, el protagonista sacrifica a su mujer –una mujer tan inteligente, erudita y sensible como él– para transformar su cadáver, mediante estilizadas mutilaciones, en una escultura orgánica que evoca tanto a la enfermera de Farabeuf como a los criminales happenings que David Bowie maquina en su álbum Outside. De nuevo, se trata de hacer, mediante palabras, un objeto real y concreto, terrible pero improbable. En el caso presente, “una escultura superior a sus obras literarias”, donde el poeta cercenaría radicalmente “los elementos contrarios de modo que, desiguales, la universitaria y el escritor no pudieran amarse: la imposibilidad del amor y la perpetuación de sí mismo, he ahí los objetivos de mi artista” (p. 33).

Esta actualización neorromántica del crimen considerado como una de las bellas artes se comunica, misteriosamente, con el mito de los arquetipos platónicos, esos cuerpos ideales que habitan la eternidad: el tiempo de la realidad suprema. En “Metamorfosis del verbo”, un desencantado científico se encuentra con un viejo, loco o visionario, el cual afirmaba haber inventado “un artefacto que permite que un individuo cualquiera aprecie en su justa dimensión la realidad” (p. 86). Cuando el científico acepta la invitación y prueba el aparato, constata que el viejo loco tenía y no la razón. Ciertamente, apareció ante sus ojos no la figura de las cosas, sino su esencia… pero esta metamorfosis sólo ocurría en el interior de la página escrita, donde el autor, el científico y el loco no eran sino papel y tinta negra sobre la hoja en blanco.

Hasta aquí la escritura de Aguillón-Mata se apega ortodoxamente a los dogmas elizondeanos, aunque lo haga con cierta ironía. Más aún, me atrevo a especular que la única manera de infringir la transgresora poética de Elizondo es siendo ortodoxos con su heterodoxia. No debe extrañar que el autor de Quién escribe se afilie, implícitamente, a la dudosa interpretación que el autor de Farabeuf hace de George Berkeley. Para elizondo, el filósofo inglés sustenta un idealismo radical, según el cual las cosas no existen sino cuando son percibidas… y como cada percepción varía, lo existente no es real, ni mucho menos verdadero. En consonancia, el viejo loco de “Metamorfosis del verbo” afirma:

Cree usted saber que el rojo que yo veo es como su propio rojo, pero ello es enteramente falso. Usted y yo sabemos que la luz del semáforo es roja, pero eso no significa que el rojo sea igual para mí que para usted; es decir, usted, yo y todas las personas existentes percibimos distintos colores en el semáforo, pero no lo sabemos, puesto que por convención hemos llamado rojo a esa realidad que sin duda existe, pero que cada quien percibe de manera distinta (p. 85).

Queda entendido que, tratándose de arte, no necesitamos evaluar la validez de los postulados filosóficos que Elizondo o Aguillón-Mata ponen en juego dentro de sus ficciones. Porque eso son: ficciones donde el narrador reflexiona como ensayista, o argumentos ensayísticos enunciados por personajes narrativos. Mediante esta conjugación genérica, los textos de Aguillón-Mata no pretenden ser reales sino verdaderos, y se vuelven verdaderos no porque presenten una versión “verosímil” de lo real, sino porque construyen sus propias condiciones de realidad.

Si el fin de la escritura consiste en multiplicar las posibilidades del mundo, acaso el texto de Aguillón-Mata que mejor lo cumple sea el final: “De mutaciones”, o la historia mutable de un amor que va mutando, desde el grisáceo y desganado galanteo hasta el fúnebre y fantasmal desenlace. La búsqueda de Marcelo tras la inexistente o ya muerta Amanda puede entenderse como una alegoría de la escritura que persigue el hecho ya inexistente o muerto. Las cartas escritas por Marcelo atestiguan la capacidad de la escritura para trascender, mutarlo acontecido, sean los grandes sentimientos o las pequeñas historias de amor. Parafraseando a Roland Barthes, sólo mediante la sal de la palabra las cosas se convierten en lo que son, serán o han sido.

Además de su obsesiva y grafográfica indagación sobre “quién escribe”, en el libro de Aguillón-Mata cuenta mucho el “qué se escribe”. Aunque estemos ante una opera prima, es sorprendente la madurez del autor para describir las emociones y diseccionar las pasiones humanas, así como su siniestro oficio para labrar sus largas y lentas frases. Si quisiera portarme malévolo, podría describirlo tal como Juan García Ponce a Salvador Elizondo: estamos ante un autor que nació siendo viejo. Es decir, maduro, más que arrojado; sereno, más que impulsivo; contemplativo, más que desaforado; maligno, más que maldoso.

Sólo nos queda aguardar que Sergio Alejandro Aguillón-Mata, al igual que Salvador Elizondo, rejuvenezca como autor sin desprenderse de esta precoz lucidez siguiendo un camino que me resulta imposible augurar, tras un paisaje que sólo escribiendo como escribe podrá revelarnos quién escribe.

One thought on “La escritura contra la realidad, de Gonzalo Lizardo

Leave a Reply