Literatura inconsecuente, de Joel Flores

por Joel Flores, 2005
Es difícil decir que la narrativa zacatecana goza de una tradición literaria. La pequeña cantidad de libros que se han publicado en estos años (hablo de compendios de cuentos de jóvenes narradores), delata la ausencia de originalidad. Y la búsqueda por encontrar un estilo propio. La literatura contemporánea se ha caracterizado por su renovación. Retoma el pasado para reafirmarlo con el carácter de lo nuevo. La manera de lograrlo es seguir los siguientes parámetros: la lectura de nuestros escritores de cabecera en la individualidad para encontrar una influencia y la autonomía. Si leemos a la narrativa joven zacatecana bajo esta afirmación, no encontramos una autonomía que la caracterice. Sólo estos rasgos: experimentos, espejismos, ecos, no bien logrados, de otros libros.

¿Se está creando una tradición literaria en esta ciudad? ¿Podemos encontrar un estilo definido? Hace tres años se publicó Temas y Variaciones, de Tryno Maldonado. En él se afirma que no hace falta una tradición literaria local para ser escritor. Sino crear un imaginario fuera de su entorno. El merito de Tryno en relegar los regionalismo tuvo agradables consecuencias: acaba de publicar su Viena roja en una editorial comercial, y por su calidad se sitúa en el centro del país. En sus manos se encuentra una narrativa autónoma. Y se lo aplaudimos todos, sin dejar atrás cierto recelo. Pero en Tryno no se encuentra el inicio de una tradición. Sólo un gesto novedoso, quizá un principio. Pero no una tradición.¿En la licenciatura de Letras existen guías para los escritores jóvenes? Es un error. No existen talleres optativos de creación literaria, de guión cinematográfico, de ensayo o corrección de estilo. Mucho menos gruías para crear escritores jóvenes. Sólo es una carrera. Crea críticos que escriben iluminaciones sobre las formas narrativas, estudios de obras literarias de manera repensada. Y con esa formación nacen libros de cuentos como Quién escribe (paisajista), de Sergio Aguillón-Mata.

Sergio es un escritor de la escritura misma. De la indagación a base de rudimentos ensayisticos sobre la realidad. Es un especulador del sentido de la ficción. Usa artificios metatextuales, repite ideas de Elizondo y Bioy Casares. Es novedoso, si se le quiere llamar así. Sin embargo, un incómodo síntoma se nos presenta al leerlo: los monólogos de sus personajes, o su excesiva dimensión “culta”, “inteligente”, “renombrada, y snob”, termina por hacerlos pretenciosos, acartonados. Los monólogos inmovilizan el hilo narrativo de la historias, y retardan, de manera innecesaria, la contingencia de la acción. El peligro de estos síntomas lo convierten en un escritor menor. Dejan entrever el ego que atosiga a muchos escritores y ensayistas universitarios: presumir un conocimiento escolar a la primera oportunidad. Javier Cercas ya lo dijo, y muchos aún no lo han escuchado: “Quiero decir que los silencios son más elocuentes que las palabras y que todo el arte del narrador consiste en saber callarse a tiempo”.

Otro egresado de la escuela de Letras es Iván R. Montes. En su El inconcluso decaedro y otros relatos el titulo puede molestarnos, pero en él se rescata la intención de fraguar historias sin recurrir a indagaciones y largos monólogos como Sergio. No cabe duda que encontró pericia mientras urdió los conflictos de sus personajes guiándose, en uno de sus cuentos, en un mito azteca, y en otro, en un acróstico impredecible. Los finales de ambos relatos son sorpresivos. Pero por ciertos tics ornamentales vuelve su discurso lento y abrumador. Obligan al lector leer con diccionario en mano si quiere entender lo que se dice en la historia. Alguien alguna vez dijo: “El adjetivo, cuando no da vida, mata”. Algunos pasajes de El inconcluso decaedro… no están muertos, sino grises.

Estos dos libros pueden ser atractivos, si hablamos de experimentos con la estructura narrativa, de sus reflexiones teóricas, de sus adornos en el lenguaje. Pero no trasmiten sensibilidad. Son estériles. No conmueven. Son sobrios. No trastocan la visión del lector ante el mundo. Pueden discutirse en un aula universitaria. Analizarse y ver como un museo donde se encuentran ideas de otros escritores. Pero no descubrimos en ellos emotividad. Imaginación. Contagio. No enuncian una realidad. La desgastan.

En la narrativa joven zacatecana hay cosas distintas, también. Cosas que se hacen fuera de una escuela y fuera de las instituciones. El cuadernillo Ella ama lo puerco que soy, de Óscar E. López, es una escritura extrovertida. Disímil a la de los libros antes mencionados. Es una anomalía. Explota temas comerciales, nuevos en cierta medida: la figura raída del escritor sin compromiso literario, el alcoholismo, el onanismo, la tristeza juvenil. Sus cuentos son desenfadados, absurdos. Reflejan una realidad inmediata con nuestra realidad amedrentada. Nos conectan con ella gracias a una viva imaginación. Pero todo esto se disloca al descubrir, con dolor, un vicio muy de moda: la escritura influida por el Realismo sucio. No por Carver o Fante. Sino por el abúlico Bukowski. No es que el Realismo sucio sean un error. No. El error es que dejemos que las influencias escriban por nosotros. Y eso ya tiene fecha de caducidad. El valemadrismo Bukowskiano es contagioso, pero ha caducado y muchos se niegan a verlo, como se niegan a ver que hay más allá de la literatura universitaria, analista y repensada.

He aquí una parte de nuestra escritura joven. Es entristecedor verla como cuerpos sin vida que yacen en las camas metálicas de la morgue. Y despotricar en contra de ella (si se nos acomoda la palabra) por su nimiedad. Son pocos los aquí nombrados. No son todos. Son apenas unos libros, no el total. Son un guiño, no un rostro definido. ¿Tendrá un futuro? ¿Una autonomía? Aún no se sabe. Yo espero sea enorme, productiva. Y con ella poder formar una tradición literaria consecuente.

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