Quién escribe: de nuevo ante el silencio de Dios, de Carlos Alberto Hinojosa

por Carlos Alberto Hinojosa,
octubre de 2004
Cuando el mundo se estremeció
y el sol fue borrado del cielo,
no se debió a la crucifixión,
sino al grito que se elevó de la cruz:
el grito en el cual Dios confesaba que Dios lo había abandonado.
G. K. Chesterton

Desde temprana edad he sentido una enorme atracción por el cosmos, por lo infinito. Debido a ello, para mí significó una grata sorpresa enterarme del proyecto seti (Serarch of Extra Terrestrial Intelligence––Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre), un esfuerzo a nivel global por demostrar, científicamente, que no estamos solos en el universo. Hoy día, sin embargo, no creo que lo anterior sea tan buena idea, ya que es algo que parte de un supuesto evidentemente falso, esto es, ¿cómo va a ser posible comunicarnos con entes alienígenas, cuando no somos capaces de comunicarnos con nosotros mismos?

En este aspecto, la búsqueda de seres extraterrestres adquiere un nuevo matiz: no se trata más que de la antigua duda teológica que busca desentrañar el Silencio de Dios, en este caso, el Silencio del Cosmos, cuestión tan bien descrita por el filósofo francés Lucien Goldmann, respecto a los planteamientos teológicos de Pascal y los jansenistas. Los tiempos cambian, pero las dudas eternas prevalecen, como nos dejan en claro los textos de Quién escribe (paisajista), de Sergio Alejandro Aguillón-Mata:

Todo eso está muy bien, pero es o no cierto que en el absoluto que es Dios (así lo dije: sin chistar, cediendo mi individualidad y sin cursivas) debe existir todo y la palabra todo implica incluso lo impensable, es decir, es o no cierto que la totalidad debe incluir el fragmento de ella misma que se niega y que afirma «soy otro, Dios no existe».[1]

La anterior cita, tomada de “Dama negra”, nos recuerda de manera directa al epígrafe citado de Chesterton, quien parece ser una constante a lo largo de los escritos que componen el libro que hoy nos ocupa. Al igual que el genial autor inglés, Aguillón-Mata no cesa de reflexionar sobre el poder creador de la palabra en el contexto literario, poder que asemeja al autor con el concepto de Dios de Chesterton: G. K. Chesterton no está considerado propiamente como un filósofo. Pero su originalidad y su pedagogía ofrecen una sugerente analogía para entender el tema que estamos abordando. Este escritor inglés de intuiciones múltiples y de estilo poco sistemático entiende el mundo como una novela donde los personajes pueden encontrarse con su autor.

Dios es un ser personal. El mundo que ha creado es un mundo de personas. Una persona es un hombre, una biografía. Una biografía es el modo en que nosotros contamos la vida de alguien: alguien con un sentido, similar al personaje de una obra literaria.[2]

En cierta manera, hablando más de desencuentros que de encuentros, es este tipo de revelación el que va permeando los textos contenidos en Quién escribe (paisajista), de una manera evidente, como en “En el principio fue el verbo”, o a través de una reflexión tan profunda que roza los límites de la locura, tal es el caso de “De mutaciones”, una de las historias más logradas y que anuncia el grado de calidad que puede alcanzar, como escritor, Aguillón-Mata, si hace caso al consejo de Gracián («lo bueno, si breve, dos veces bueno»):

Y si es así, acaso este mundo es un largo enunciado o la enunciación cruel de quien se divierte con mi desloación. Quién escribe. Con qué objeto. Mi destino, mi presente soledad, mi pasado menospreciado: a quién se los debo.[3]

Sin embargo, Quién escribe (paisajista), considerándolo como un todo, tal y como se nos sugiere en el homenaje a Salvador Elizondo que es “Paisajista”, nos muestra –en el caso de esta historia, a través del desencuentro entre autor y lector– lo que apuntábamos en un principio: la imposibilidad de comunicarnos con nosotros mismos y con los demás. No podría ser de otra manera puesto que, como apuntábamos en el epígrafe, hasta Dios no pudo comunicarse –por un instante– consigo mismo.

Conforme progresamos en la lectura, y el autor nos va dejando en claro el artificio de lo literario (a veces un tanto reiterativamente), caemos en la cuenta de la tragedia que rodea a sus personajes, que es la misma que padecemos todos nosotros: a pesar de darse (darnos) cuenta de que son (somos) producto de un lenguaje creador (divino o literario), ni los personajes ni nosotros somos capaces de comunicarnos con nuestro artífice.

Tal vez, en lo anterior reside la causa de la imposibilidad de establecer comunicación entre nosotros, como lo demuestra el personaje de “De mutaciones”, quien lleva a un nuevo nivel la frase hecha «mentirse a uno mismo», o el protagonista de “La inminencia de Zeus”, quien es incapaz de lograr la comunicación con el otro, a pesar de haber encontrado la mitad de su andrógino aristofánico:

La admiración que sentían el uno por el otro, el amor y la conciencia de sus talentos, que hacían ver a los demás minúsculos, asegurando así una soledad perpetua si se alejaban, los mantenía fuertemente ligados.[4]

Por todo ello, es de agradecerse la lectura de Quién escribe (paisajista), puesto que, volviendo al asunto del proyecto seti, nos hace percatarnos de la enorme soberbia que nos llevó repetir el episodio de la Torre de Babel –a pesar de que ya padecemos el castigo de la «confusión de lenguas»– puesto que nuestros modernos radiotelescopios, al igual que el extraño casco del texto “Metamorfosis del verbo”, no son otra cosa que un intento por edificar una construcción que llegue hasta nuestro Creador, para obligarle a romper ese silencio que, por los siglos de los siglos, nos ha convertido en, Pessoa dixit, extraños de nosotros mismos. Y es lo anterior lo que nos indica que, con este libro, Sergio Alejandro Aguillón-Mata nos lega una buena dosis de conocimiento literario, es decir, aquel que se alcanza después de leer una obra y que, sin la lectura de dicha obra, nunca hubiéramos descubierto. Porque, adelantándonos un poco a la cuestión, ¿qué sucederá cuando Dios rompa su silencio? Esto es algo a lo que un personaje de Quién escribe (paisajista) responde categórico: «el que escucha a Dios arranca sus oídos».[5]

[1] Sergio Alejandro Aguillón-Mata, “Dama negra”, Quién escribe (paisajista), p. 16.
[2] José Ignacio Moreno, “El hombre y Dios en la analogía de Chesterton”, http://www.mercaba.org/Filosofia/Teologia/hombre_y_dios_en_la_analogia.htm
[3] Aguillón-Mata, “De mutaciones”, obra citada, p. 100.
[4] Aguillón-Mata, “La inminencia de Zeus”, obra citada, p. 26.
[5] Aguillón-Mata, “Fórmulas de cortesía”, obra citada, p. 62.

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