Teoría de la composición

«La escritura es el arte de descomponer un orden
y componer un desorden»
Severo Sarduy
i
Como por designios de un dramaturgo en ciernes, al mismo tiempo sonó un trueno y cayó sobre la mejilla de J –a secas– la palma de su amante. Están en casa de él, a orillas de la ciudad. Desde el balcón puede apreciarse una vista del campo naciente, muy agradable por las mañanas; mas ahora espíritus flacos temerían por el torrente despiadado. No sabemos el motivo de la discusión entre los amantes, hemos llegado tarde a la escena. Ella, Maritornes, sale del cuarto medio vestida y con cobertores mal doblados entre los brazos y se encierra en otro con demasiado ruido y malos modos; él no hace nada por seguirla o contentarla: se ha dejado la mano sobre la mejilla que adivinamos roja del manotazo y otro tanto de vergüenza. O coraje. Está quieto, pero –cómo explicarme– cae. Por su estupefacción adivinamos que J no está acostumbrado a recibir insultos ni bofetadas. No sabe cómo reaccionar y esa ignorancia ha crecido a la mujer que ya no hace ningún ruido y permanece encerrada, a oscuras.
ii
En nuestra voluntad está la posibilidad de visitar a Tornivueltas y averiguar las razones de su cólera. Aunque mejor no: de sobra hemos convivido ya con tantas mujeres, lo suficiente al menos para estar prevenidos de la simplicidad de las actuales fabulaciones de ésta: con toda seguridad Marinortes duda entre saberse vencedora, domadora de los ánimos de su cariacontecida pareja o, por el contrario, sentirse desilusionada porque el muy cobarde no respondió al pleito. No sabe si sentirse avergonzada por no contar con todo-un-hombre o satisfecha por imponer su carácter en una escena determinante para el futuro de su relación. Aunque, por otro lado: habrá acaso un futuro en esa relación o deberá ella terminar en definitiva con ese joven mimado, de nombre Jota –pero a secas, a secas–, que ni siquiera ha sabido devolver el manotazo. Cómo sería más decoroso el espíritu de él: si éste le hubiera propinado senda golpiza para hacerle saber quién manda o, al contrario, si como buen caballero la hiciera entrar en razón mediante agudos razonamientos con no pocas recriminaciones justas, bien lanzadas, que hicieran sentir culpable a la tornidespistada mujer. Acaso debió J dar razón a su mujer y pedirle honestas disculpas. De cualquier manera el procedimiento correcto no podía ser el seguido por el medroso. Quedarse parado sin decir nada, sin mover un dedo, sin pestañear –pero cayendo–, con un rostro impresionado, como de imbécil, con la mano sobre el rostro. Tal no podría en modo alguno ser la mejor reacción ante el gravísimo problema que, en opinión de la torneriza, aquejaba a la pareja. Acaricia sus brazos desnudos mientras esas fruslerías la dominan: dedicarle nuestra atención o una línea más sería actuar por necedad.
iii
Inspeccionemos entonces al buen Jota A Secas. Se trata de un hombre alto y flaco; no lo habíamos notado, pero es probable que no esté en su peso ideal: como sólo viste el pantalón de la pijama, muestra los homóplatos cual alipollas y tras un vientre un poco curvo, como de niño, deja ver el costillar. Sus brazos, que ahora frota sin pensar que tiene frío –pero tiene–, y que sería mejor abrigarse, evidencian los pequeños bíceps que, menos delgado, se ocultarían por completo. No es, por lo tanto, un hombre atlético, pero ha en compensación el tipo de los bien educados, de excelente charla y gustos finos como la ruborizable maremotiza. Sus manos confirman esa impresión, pues son, diríamos, de quien no ha tenido necesidad de gastarlas. No debe de saber lo que es conseguir el alimento por grandes esfuerzos físicos ni desvelos, pero su persona está hecha, se nota, para empresas muy diferentes como la meditación de temas graves y la toma de decisiones. Por lo demás se le adivina honestísimo por la mirada transparente y la nula asimilación del acto violento.
Quizá sólo se esfuerza en portar bien su nombre.
Tras hurgar un poco en su memoria, sin abuso ni exploración de asuntos íntimos, podemos conocer con facilidad la sencillez y buena voluntad de Jotero. Su vida ha sido holgada en lo económico, cierto, pero desde harto joven intentó retribuir bienestar a la sociedad. Cuando estudiante, Jotasecas presidió la sociedad de alumnos en busca siempre de impedir las arbitrariedades que no pocas veces tientan a los profesores y a los directivos: si el maestro de química no daba la clase correctamente, si el prefecto acariciaba sin querer la pierna de una jovencita o si la directora exigía soborno, Jotudo intentaba hacer uso de su –por demás inexistente– elocuencia para despertar la mente adormilada de sus compañeros y encausar así un justo castigo –o un gusto cáustico– a quien correspondiera. Quisiera ser, por lo tanto, un orador, un hombre que distinguiera entre el bien y el mal, alguien decidido y no un pusilánime, como hasta ahora nos parece. Cualquiera diría que está acostumbrado a ir en picada.
Todos lo sabemos: cuando un relámpago estalla se dice que cae en tierra, aunque no sea tal un decir preciso. Sin entrar en detalles cientificistas de poca –o mucha pero ahora inútil– monta, se puede aclarar que un relámpago es el resultado de la acumulación de neutrones y electrones en distintos espacios –el cielo, la tierra– y su postrera y súbita atracción. Sabemos ya que polos opuestos se atraen, pero también que sólo pueden hacerlo violentamente; el resultado: un estruendo, una luz imponente, la ilusión de una caída, un aparente ataque.
iv
En el tomo III del Diccionario Enciclopédico Moderno de las Lenguas y las Literaturas Españolas (siglos XII al XX), etimológico, tecnológico regional e hispanoamericano, de Pablo Alonso, se lee:
Signo (1. signum). m. s. xiii al xx. Cosa que por su naturaleza o convencionalmente evoca en el entendimiento la idea de otra. // 2. s. xiii. Milagro, profecía. Berceo: Loor, 5; Acedrex, 1288, 372, 18; Cárdenas H., Ensayos, viii. // 3. s. xix y xx. Cualquiera de los caracteres que se emplean en la escritura y en la imprenta. // 4. s. xvii al xx. Señal que se hace por modo de bendición; como las que se hacen en la misa. Olalla: Misa cantada y rezada, 1690, núm. 243. // 5. s. xv al xx. figura que los notarios agregan a su firma en los documentos públicos, hecha de diversos rasgos entrelazados y rematada a veces por una cruz. Recopil., 1567, II, 23, 44. // 6. s. xv al xx. Hado o destino determinado por el influjo de los astros, según vulgar suposición. La Celestina, 1490, f. 96; Fdez. Moratín: Obr. póst., iii-153. // 7. Astron. s. xiii al xx. Cada una de las doce partes iguales en que se encuentra dividido el Zodiaco y son: Aries Tauro, etc. Berceo: Duelo 113; Góngora: Obr., I-249. // 8. Gnom. Radio de los signos, figura compuesta de varias rectas divergentes que hacen con otra central los ángulos de la declinación del sol a su entrada en los diversos signos del Zodiaco, y sirve para marcar en los relojes del sol las curvas llamadas de los signos. // 9. Mat. Señal o figura de que se usa en los cálculos para indicar, ya la naturaleza de las cantidades, ya las operaciones que se han de ejecutar en ellas. Garrido, Fenomenología del andar calculado, 20-23. // 10. Mús. Cualquiera de los caracteres con que se escribe la música. // 11. Mús. En particular el que indica el tono natural de un sonido. // 12. m. Filol. Combinación del concepto y de la imagen acústica, o sea, de un significado y un significante en la lengua. A-M, De la memoria esclavo, 517-520.
v
Nortimares está sentada en la cama de una alcoba desconocida y utilizada quién sabe cuándo. J espera –aunque cae– en vano a que sus tripas o sus pensamientos decidan sacar algo en claro. Ella no ha usado las cobijas, que siguen mal dobladas a sus pies. Él tiene la pijama a la altura de los tobillos, las manos en los frágiles muslos. Ambos tienen frío, no piensan en ello. La mano derecha de ella encuentra, tras una exploración inconsciente por el hombro izquierdo, una espinilla con la que se entretiene. Ambos la boca abierta, distraídos. Los pies de él se mueven rítmicos de arriba a abajo –cae–, como si ello urgiera la tripa a vaciarse. Ambos piensan sus respectivos desperdicios, sus excrecencias. Él siente un cosquilleo aún equívoco en la espalda. Ella imagina los motivos de la cobardía, del gallardo aguante. Ambos se han refugiado para pensarse, la razón los evade. Otro trueno inesperado los simbra. «Significar (1. significare; de signum, señal, y facere, hacer). tr. s. xiii al xx». Ya se asoma la mierda, ya el granito. «Ser una cosa por naturaleza, imitación o convenio, representación, indicio o signo de otra cosa distinta». Quizá esa mano izquierda se afana demasiado, quizá una costra. «Berceo: Sacrif., 21». Ahora las palmas golpean, juguetonas, las rodillas. «D. Juan Manuel: Arm., 680, 13». Ambos tienen ventanas que presumen el campo, la tormenta. «Fdez. Moratín: Obr. póst., I-98». Acaso tengo, dice la niña, un quiste en algún pecho. «Mathon: Versos cándidos, 98-100». No alcanzo a defecar, afirma el otro, quizá una solitaria. «// 2. s. XVII al XX. Ser una palabra o frase expresión o signo de una idea o de un pensamiento, o de una cosa material». Creen decidir que irán al médico. «Fdez Moratín: Obr. póst., III-19». Pero qué pésima noche de sexo, piensa una. «// 3. s. XVI al XX. Hacer saber, declarar o manifestar una cosa». Sus dedos gordos del pie se abaten sobre los más inmediatos, como rascando. «Góngora: Obr., I-36». No era yo, acaso, el ofendido, se pregunta, cayendo. «// 4. intr. s. XIX y XX. Representar, valer, tener importancia». Lector: aconsejo que revises tu hombro izquierdo. «// S. al mundo. s. XVII». Ni me gusta el picante ni la comida ácida, cree escucharse atolondrada. «Representar o simbolizar». Mientras, él concentra su mirada en los vellos de las piernas. «Nieremberg: Clás. c., xxx-154». Ella tiene la impresión de que viene la gastritis. «// Cfr. Valdés, 1535». Él nota los estragos de las bolsas del pantalón, que rebajaron con el roce su pelambre. «A. de Molina, 1571». Ambos reparan en su atención al detalle. «S. de la Ballesta, 1575». Te arde el culo. «Casas, 1583». Pero qué pésima noche de sexo, piensa uno. «Perciv., 1599». Qué se ha creído el muy imbécil. «Palet, 1604». Algo eyecta, como un grano, y cae al agua. «Oudin, 1607». La imagina, en la alcoba, solitaria. «Covarr., 1611». El coraje y la cena le punzan la tripa, ganas de ir al baño. «Francios, 1620». Lo imagina, aún cayendo, trozo de mierda. «Sobrino, 1705». El pulgar y el índice de la diestra presionan exitosos. «Stevens, 1706». Qué espinilla tiene ese color, cuál ese tufo. «Requejo, 1717». Otro trueno, pero inadvertido. «Quij., I-4, 41, 48; II-40». Tienen la impresión de sumergirse en agua fétida y de vaciar sus poros de quistes gelatinosos, de colmarse con punzadas que se extienden del estómago a las paredes, a los cuartos contiguos donde se encuentran, donde comunican sus desvaríos, su anonadamiento, donde hacen coincidir reproches y perdones para sí, siempre para sí porque la desbalagada y el yerto han de impactarse de continuo y en ello han de manifestar su contribución con el movimiento estático de este trazo. Nudos, vómitos y desperdicios los colman, quistes son, mierda les brota y les da forma, líquidos y mucosidades, al cabo, los mantienen, vellos, humores, acaso agua, nada más. Y pensamientos.
Abril de 2005

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