Ruinas blancas

No necesariamente, pero lo primero que se ve al entrar al blanco, austero departamento es una nota dispuesta para ello; dice: «Cariño: Llego a las doce en punto para ver qué preparamos de comer. Recuerda que hoy llegan Flor y Toño, así que no debes hacer mucho desastre. Te dejo un regalito en la mesa (je je). Y un beso. Nena.»

Sin usar la vista, no obstante, o antes de hacerlo, el lugar ya comunica algunas cosas. Si cualquiera abriera la puerta, por ejemplo, podría escuchar la falta de atención, o de pericia –pero es una tarea muy sencilla–, que tienen los dueños para corregir los más ordinarios defectos del hogar, pues un feo chillido satura el ambiente por momentos de modo que la primera impresión no es confortable, ni al menos ligeramente. No sería extraño preguntarse, si se visitara el departamento, cuáles son los motivos reales de tan ordinario descuido. Aunque justo por común el asunto del chillido puede no tener explicación alguna –es un decir: todo la tiene–, o al menos es posible que la cuestión en sí sea demasiado ociosa debido a que lo más recurrente es lo que menos necesidad tiene de ser explicado –o no: cabe la posibilidad de que sea exactamente lo sometido a inercia, lo generalizado, lo que a todos nos sucede sin que nos detengamos a pensar por qué o cómo, que sea, digo, lo que más urge explicar y, si no entender, al menos poner bajo ejercicio arduo de pensamiento–. Las preguntas sobre este asunto serían, qué duda cabe, si los dueños no tienen aceite industrial para aliviar la puerta –es un chillido– y siempre olvidan comprarlo cuando surten la despensa, si se han acostumbrado o incluso si disfrutan el irritante sonido –la gente se hace de vicios tan extraños–, si apenas notan lo que para otros puede ser dominante, si están muy ocupados para ocuparse de asunto tan vano, si ahí habita gente irresponsable o descuidada, o cualquier otra variable de esta índole. Pero hay posibilidades aún más interesantes –aún: qué adverbio adecuado–: que el ruido de la puerta sea planeado, meditado, controlado –cómo: la explicación de esta hipótesis sería, de existir, una historia. Es posible que alguno de los habitantes –o ambos (si nos atenemos a la nota, se trata de dos personas: Nena y Cariño)–, acostumbre estar en casa a solas por razones laborales. Tal vez ella trabaja en la mañana («llego a las doce en punto») y él en la tarde, lo que evita que coincidan en el departamento más que unos momentos, acaso a la hora de comer, y durante la noche. Sin embargo la nota indica que ambos se ausentan por la mañana, lo que puede implicar que él (pero Cariño no tiene que ser “él”) trabaje todo el día o habitualmente salga, por tal o cual motivo, también de mañana. En tal caso, si a menudo se encuentran solos, cada quien con sus fantasmas, en casa, es posible que el chillido de la puerta sea un aviso reconfortante o preventivo; invariablemente el ruido ineludible ha de decir: “He llegado”, pero también puede agregar: “Deja de hacer lo que estás haciendo” o “Ten cuidado” o “Tranquilízate, ya no estarás más solo (o sola), al menos por hoy, o por la tarde, o por un rato”. En cualquiera de estos casos lo que para otro ha de ser una molestia sonora puede convertirse en signo, retórica, advertencia e incluso en narrativa–, pero esa posibilidad es improbable.

La mesa citada en la nota está al frente de la puerta. El departamento es pequeño, muy pequeño –lo que habla un poco de la sociedad de Nena y Cariño, de su contexto– por lo que se describe con facilidad y pocas palabras: si se observa desde la puerta, la habitación principal, también llamada sala-comedor, no será mayor de cinco por siete metros; a la derecha se encuentra la minúscula cocina con todos sus aditamentos –también minúsculos y escasos: sociedad y contexto– y más al fondo una especie de ínfimo patio interior, donde conviven lavadora, tendederos, calentador, tanques de gas, envases de cerveza y refresco, algunas herramientas polvosas –hay una engrasadora cargada– y demás utensilios inservibles que mucha gente conserva por nostalgia o simple necedad. Al fondo de la estancia principal hay dos recámaras y una más a la derecha, detrás de la cual se encuentra el patio dicho, como si la casa formara un anillo o caracol que encierra el pequeño cuarto de baño. Éste cuenta apenas con los más elementales muebles para lavarse el cuerpo y las manos, y defecar, pero los habitantes del lugar han conseguido convertirlo en un cuarto confortable debido a los tres colores claros –blanco, azul, gris– que lo adornan, a la luz que, como en todo el hogar, es blanca, y debido también a los dos grandes espejos –uno tras la puerta, de cuerpo completo, y otro enfrente, sobre el lavamanos– que consiguen la ilusión de ampliar el lugar hasta el infinito. Y un detalle angustiante: sobre el lavamanos hay un contenedor de cepillos de dientes con sólo un huésped, quizá de Nena, acaso de Cariño. También hay un revistero casi repleto con publicaciones, arrugadas por la humedad, de artes plásticas, decoración y ocio femenino –acaso relacionadas con las profesiones de los habitantes–. Alguien podría apreciar la similitud de no pocos modelos de casas ventiladas e iluminadas, poco ostentosas, que se encuentran entre las páginas de las revistas y la austeridad del nicho explorado.

En el baño está también el basurero con su potente carga barroca, con por lo menos una semana de vida en ese departamento albino, sintetizada con residuos de papel higiénico, un empaque de jabón –neutro, a medio uso, sobre el lavamanos–, la tarjeta para una suscripción nueva, colmada con letra firme y después rechazada, síntoma del ocio; un aretito de fantasía dañado irreparablemente y el otro perfecto e inútil sin su doble, un poco más de caca, y hasta el fondo –tiempo ha de su descho– una toalla sanitaria disfrazada, como todo lo demás, por el aromatizante indispensable para la vida moderna, la vida de quien no vacía el cubo de basura muy a menudo, pues nunca lo ve llenarse.

Fuera del baño y como en él, lo que puede encerrar cierto interés no es el lugar sino lo que contiene. Volviendo a la mesa, por ejemplo, cualquiera podría encontrar en ella motivo de especulaciones vagas, y por ello dignas de atención. La mesa argentina, como el resto del mobiliario, es pequeña y elegante, hecha a base de aluminio, fría pero muy a la moda. Es posible inferir, por el tamaño del comedor, por la limpieza y el orden gobernantes, que no hay niños en casa o, al menos, que están muy bien controlados. Tres juguetes repartidos en la sala podrían desmentir tal hipótesis, pero es notable cómo son tales los únicos objetos desesperados por evocar con su presencia la de sus dueños originales, o la del simple pasado. Los muñecos no combinan con los demás adornos y aún así imponen su necesidad nostálgica de estar sobre la sala. Sin embargo, si alguien urgara en los cuartos, en los guardarropas y en los cajones, se daría cuenta de que esos juguetes están ahí sin dueño porque Nena o Cariño –o ambos– quieren subrayar su relación con esos niños ausentes que no alcanzan a ser pasado del todo. Esos juguetes pueden ser, entonces, una corona de la nostalgia.

La nota no hace alusión a niños, pero sí a un regalo que está sobre la mesa. Se trata de una fotografía colocada imprudentemente –o debido a meditada travesura– con la imagen hacia abajo. En el revés tiene un beso marcado con carmín y una fecha poco esclarecedora: 23-4-90. Qué mostrará ese obsequio presumiblemente burlón –«te dejo un regalito en la mesa (je je)»–, cuál será su pertinencia, cuál su historia. Algún intruso podría disponerse a voltear la fotografía para salir de dudas, pero es posible que se distrajera haciendo hipótesis sobre el resto del departamento y lo que éste, impaciente, trata de narrar.

Un ruido: una voz, voces, voz; alguien viene, acciona la única cerradura. La puerta se abre con el lastimoso llanto de las bisagras. Lento, muy lento, con exagerado afán por el drama: Cariño –o Nena, o ambos–, con cierto aire sádico, disfrutaría una vibrante gota de sangre que escurriera del interior de su oído. El quicio se ofrece pleno, mas no deja pasar luz al lugar. El pasillo del edificio tiene mala ventilación y un sóquet desamparado, quizá muerto. Los tonos claros del departamento tampoco se atreven a cruzar, no iluminan el pasillo. Nada se mueve; tal vez se espera una señal de la mujer. Atrás de ella –tiene que ser Nena– está Lobreguez; me hace muecas, pero intento ignorarla y concentrarme en quien llegó. Lleva ropa abrigadora, fina y bien combinada. No hace frío, pero tirita. Sus largas uñas, sus cabellos tratados, coloreados de inseguridad y espanto, la muestran terrible en su obcecada belleza moderna. Y sin embargo, majestuosa. Sus ojos desorbitados, como de bestia fantástica, no dejan de interrogar el interior del departamento. “Un leve movimiento, un suceso extraordinario”, piden esas perlas de cansancio. No preguntan –saben la respuesta–, suplican en vano. Da un solo paso; de nuevo el drama. Antes que ella entra al lugar un ejército de serpientes, salamandras, garrapatas, todas dulces alimañas. Aunque el departamento permanece blanco, desesperadamente blanco. Y colmado de sonrisas y lágrimas, personajes, bichos. Cómo sufrirías, Nena, si te lo permitieras. Qué gran rol el tuyo. Mírate, ni siquiera finges leer la nota, esa nota adornada por tu mano tan diestra en tantas cosas. Ya la arrugas –ay, sin verla–, ya la arrojas, tras dos pasos a la derecha, sobre los empaques rotos de avena y el tarro vacío de yogur. Sobre otras notas con diversas fantasías. No has cerrado la puerta. Un grillo toca el pandero; risas. Tú ignoras el relajo. Observas profesional al clavo solitario que te sonríe, esperanzado, sobre una de las paredes de la estancia. Parece que lo piensas un poco: estás en tu papel, en realidad ya lo has decidido, vienes decidiéndolo desde el auto, durante todo el camino a casa. Histriónica –diría que me conoces, que sabes mi presencia–, te diriges al cuadro de enfrente, lo descuelgas. Un suspiro: es el clavo que lo sostenía; aplausos impacientes del otro, cansado de esperar. Ahora mueves los pequeños sillones, cambias la disposición dentro de lo posible, sólo para pasar el rato; lo has planeado en el camino, como todos los días, y sin embargo, la ínfima diversión está en improvisar un poco. Tu mano diestra obedece los designios de la siniestra y su batuta invisible. Bastará el reacomodo por un rato, quizá la tarde entera. Te ves bien, no sé si me explico, con esa expresión interna de vieja biliosa. Como sin querer mueves el carrito de la televisión, ahí donde pudo estar desde siempre. El modo en que te recoges el pelo parece decir que estás cansada, limpiarás y barrerás más tarde, como siempre. Un sapo hace como que te pisa; cómplices carcajadas. Habrá bichos en cada rincón si no cierras la puerta. Te diriges ahora a la nevera, llegas siempre tras dos pasos. No escuchas la magnífica ovación porque estás ocupada destapando la botella de vodka. Sacas un limón, un vaso presto, dos hielos. Lágrimas de felicidad en los ojos ya borrachos –pero si no han bebido– de tu fauna visitante. Todos los animalillos tienen las manos juntas, como cuando de niña rezabas tu oración –ningún crucifijo en casa–. Vodka helado, dos hielos de sobra, una rodaja de limón, tu índice revuelve mecánico, sin pensar que no hay mezcla, y de pronto te sientes cálida, al primer sorbo, no sé si me explico, tibio. La fiesta revienta: el pandero se impone a los violines de los ciempiés ebrios que no logran dar con la nota correcta. Los grandes gamos se dan topes sin ritmo, la célebre paloma lleva en su pico ensangrentado al leopardo lorquiano y el osado jabalí te enfrenta sin conseguir respuesta. Si tuvieras uno de esos feos cuadros con payasos llorando, seguro saldrían a bailar y a tirarse pedos y grandes risotadas con llanto. Porque algo de cómico hay en todo esto, debe de haberlo, comicidad lacrimosa: sí, es el carnaval de ruinas blancas. Feliz con mi descubrimiento te estampo la frase en la cara, pero no me escuchas; si lo hicieras te pediría que cerraras la puerta. Pero tú no ves el desolado pasillo exterior. Te diriges al baño, vaso en mano. Tampoco cierras esa otra puerta –tal vez esperas algo, a alguien–. Yo no me asomo. Aguardo mientras miro una culebra confundida que tira, según victoriosa, de su propia cola. Escucho al rato, sobre los ruidos del carnaval, la cadena del retrete; enseguida aprovechas el agua de los delfines –a qué hora llegaron– para enjuagarte la cara. Suspiras. Al salir –vaso vacío en mano– tienes cara de duda, como si algo te faltara para sentarte a descansar. Vas al patiesito tras la cocina, abres la lavadora –sale un ratón viejo volando; tú no lo notas– hay dos o tres prendas que cuelgas de inmediato. Si te preguntara dirías que no hay necesidad de los tendederos de arriba. Miro por encima de tu hombro, ya estás en la cocina, llenando otra vez el vaso con vodka, los hielos del primer trago siguen como si nada, y la rodaja. Revuelves –pero qué revuelves– con el índice y de inmediato el calorsito. Intento recordarte: “La puerta, Nena. Será posible que todavía esperes algo, a alguien”. No me escuchaste, pero te das cuenta de que la has olvidado –o no–: dos pasos mediante, empujas la hoja líquida, de sangre, que oculta al fin los ojos malintencionados de Lobreguez, sus soberbios brazos extendidos en señal de gobierno. Es curioso: ahora sí te quitas los zapatos y desabrochas tu saco: has dejado de esperar. Los dedos de tus pies son muy bonitos, las uñas pintadas; la breve pancita que has dejado escapar llama a la palma de la mano, a la caricia, y sin embargo ya no esperas, Cariño. Vas al cuarto de estudio, el de mejor vista, el de la marca de tu culo sobre el sillón –como si ahí te sentaras a amarte–. Te sientas. Y la música. Hasta cuándo mirarás por la ventana.

One thought on “Ruinas blancas

Leave a Reply