Baile

Eres (soy) es una repetición
entre las repeticiones.
Es eres soy: soy es eres: eres es soy.
Octavio Paz

El hombre, aburrido, gira el viejo trompo: simple adorno hasta entonces. Debe trabajar, mas no es capaz de concentrarse. Supone que el juego relajado le permitirá enfocar sus pensamientos. El trompo trastabilla, caos. Lo arroja otra vez, en afán de un nuevo orden. Su baile es hipnótico, natural. Como el planeta, piensa, gira sobre su eje mientras construye círculos más amplios alrededor de un dios sol invisible, inercia. Aunque la idea no le parece particularmente ingenua, sabe que tampoco supone un derroche de inteligencia. Un ligero pesar lo aborda al descubrir que, de nuevo, divagan sus pensamientos como el trompo, que vuelve a ceder paso al desorden. Una muerte, cuántas. Trabajo que hacer. Gira el cordón en ritmos que, desea, signifiquen algo. Nunca fue un maestro del juego, pero en esta ocasión hace un lance magnífico: asegura un orden mayor, más duradero, más sutil. Tal vez logre, al próximo intento, hacerlo girar en la mano, o levantarlo con la cuerda: suertes, les llaman, según recuerda. Mas ahora no se atreve a intentarlo, le parece una falta, algo moralmente indebido, crimen. Qué vidas se estarán celebrando justo ahí, justo entonces. No, la idea destruye la sensación. No son vidas, no son celebraciones, no un ser sino un estar. Un estar siendo, viceversa, dalevueltas. No: la idea vuelve contra mí, es un ataque, es una suerte. Trabajo que hacer. No estoy enfocando, sino dispersando; quisiera la vocación del trompo: verticalidad, movimiento uniforme, simetría, belleza natural incluso desde un lance torpe o inexperto, perfección. Punto de cruce de todas las cosas: ahí, en la punta en juego del trompo. No: así, como ésta. Convergencia de todos los hechos. No: destino de todos los actos. La simetría, el movimiento predeterminado, incorruptible. No: puedo desvirtuar el baile del trompo, puedo detenerlo: crimen. O no puedo: sino. El que yo sea capaz de tomar ese trompo en mis manos ahora, y con ello evitar el curso natural de su baile, no es óbice para el destino inmutable de todas las cosas: el de ser en perpetuo movimiento estático. No: la idea ataca de nuevo. Mejor el hecho, la intuición, el sentido: baila, universo; trenza destinos, hínchalos, hazlos largos e inabarcables para especular siempre; confunde a tus hijos, confúndete, ebrio dios sol, sobria madre naturaleza; detente, es igual, vertiginosa estática; mírate por dentro, hay una revolución de fértiles vientres, femeninos, libertinos y falos desbordantes de militarizadas semillas, puntuales, masculinas; todo confundes, todo trazas con tanta celeridad que apenas lo notas, pero cómo, el trompo se ha detenido sin caos alguno. Sostenido en su clavo, ha ganado una batalla a la física; las líneas del rededor pueden acariciarse con la vista, límpidas, perfectas; la madera ha perdido sus pequeñas manchas naturales y parece cubierta por un barniz que al tiempo lo ha limado, la velocidad; está quieto; quieto: : : : : :Cómo es posible, piensa el hombre, vuelve a trazar ínfimos circulillos, vuelve a tornarse borroso, a girar, a bailar, titubea, ahora el caos, rueda sobre tierra. Y ahora qué.

Trabajo que hacer. Mejor guarda el trompo. Acaso alguien más lo lanzará en el futuro.

 

febrero de 2004

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