Semillas

La llaga permanece abierta: tal es su naturaleza. Cerrada, acabaría con quien la porta, justo como al abrirse otorgó la vida, strictu sensu. En ello piensa El Geómetra cuando, frente al espejo, renueva la herida larga cual pecho y profunda como su pensamiento. Se mira, penetrando al mismo tiempo con la imaginación en su alma y con la navaja en el tórax rasurado que exige ya el dolor intenso del limón sobre la herida. Renovados, los bordes de esa carne expuesta parecen hincharse y retozar, una y otra vez, como si llamaran la voluntad del hombre temeroso a lastimarse de nuevo, como todos los días. Usualmente se vale de un desinfectante clínico, pero esta tarde su anfitrión fue incapaz de conseguir nada más adecuado que esa fruta ácida ya maldecida. Separa los labios, pero aprieta la mandíbula. Sus dientes perfectos y sus arrugas acentuadas por el gesto de dolor dan al hombrecillo un aspecto equívoco: el de una tremenda gravedad en el rostro y pecho contrastada por la fragilidad vista por todos en sus manos afeminadas, su cuerpo flácido y pequeña estatura. Pronto logra el objetivo: piensa, con una certeza incuestionable, única por tanto e incluso fantástica, que está vivo. Quién puede saber, con esa contundencia, tal cosa. Y, no menos importante, por medio de qué métodos. Casi todos los hombres sufren alguna vez un dolor similar o tal vez otros más intensos. Pero la sistematización del dolor es un asunto no explorado: convertirlo en rutina sin que se nuble el suplicio mientras la lucidez del individuo aprende, al mismo tiempo, a no rendirse ante tan auténtica sensación. Mientras el hombre abre su cuaderno y continúa sus apuntes el dolor mengua. Se ve obligado a renovar la dosis mientras escribe otra línea. Busca una imagen –o infinidad de ellas– que describa eficientemente la sensación de vitalidad que experimenta. En ocasiones se vicia de lugares comunes, se impresiona ante la potencia del dolor y escribe imprecaciones contra su determinación o figuras vulgares que ilustran una cuña de noventa grados incidiendo con violencia en la piel; en otros momentos parece acceder al éxtasis, más poderoso que un orgasmo ordinario, aunque igual de fugaz. Ante todas las variantes, el carácter súbito del dolor se mantiene fatalmente. Así como la certeza de su existencia. La relación del dolor con algunas drogas le ha sorprendido no pocas veces: ambas provocan una percepción por entero distinta a la ordinaria y ambas permanecen no más que unos momentos, irrepetibles. El dolor como droga.

Una vez más, el hombre toma la navaja y parte un limón. Lo interrumpe una visión inesperada en el espejo: el dueño del hostal, con la cena y el alcohol solicitado en una bandeja, lo mira congelado desde el borde de la puerta. Molesto porque no se anunció la interrupción, como es natural esperar, El Geómetra guarda la navaja, abotona la camisa y toma el abrigo del perchero. Nada tiene más que un maletín, en el que guarda sus apuntes. Se dirige a la salida con calma y sin intentar explicación aun mínima. De pronto el anfitrión reacciona y toma al extranjero del brazo. Tiembla al vislumbrar, bajo la camisa del masoquista, la sangre que no se ha detenido del todo en su tórax, pero adquiere por el temor, como los perros, cierta determinación que intenta impedir al extraño la partida. Éste jalonea, ya asustado, y se ve obligado a abandonar el maletín y salir corriendo. Nada ha de lamentar más, pero frente a los otros siempre ha sido frágil, salvo en discurso velado. Huyó de su refugio, como de tantos lugares, pero dejó ahí una semilla de inteligencia y curiosidad sin reservas morales.

 

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La llaga permanece abierta: tal es su naturaleza. Cerrada, acabaría con quien la porta, justo como al abrirse otorgó la vida, strictu sensu. En ello piensa El Geómetra mientras penetra a la mujer. Ella, encantada por hacer el amor con un hombre delicado, como cree que son todos los extranjeros, y él seducido por una pulsión que odia y de la que, sin embargo, no puede prescindir: montado sobre ella, mero instrumento, se afana en penetrar su propia imagen, reflejada en el espejo dispuesto para ello. Cada día el hombre confirma su dolor físico, coronado por la herida del tórax. Ahora insiste en otra llaga, que tanta o más necesidad tiene de ser reabierta. La mujer, inusualmente ansiosa, desespera porque su pareja no atinó a desnudarse por completo. Un intento de rasgar el chaleco, la camisa, y un manotazo tremendo en las manos intrusas. Abre grandes los ojos mientras él permanece incólume, inexpresivo, sobre ella. Más que sorprendida, la mujer se descubre parte de un juego sexual que no se aprende. Cree entenderlo todo y el dolor del manotazo la excita aún más. Otro jalón a las ropas, otro golpe, esta vez a la cara. Intenta varias estrategias: un beso traidor se convierte en mordida; su cuerpo se columpia para estar encima y así ganar terreno favorable; sus propias manos traicionan sus costumbres: ahora ella golpea y araña a un hombre, tan fuerte como puede, pero sin temor ni coraje, sino con una excitación desconocida. Frente a todo intento él logra hacerla retroceder, permanecer bajo su cuerpo balanceándose, y le propina un golpe más, ya en los costados, ya en la cabeza, ya en las nalgas. Pero él no está jugando. Su temor es auténtico: no quiere ser señalado, aun en la intimidad, debido a la profunda y larga herida del pecho. La mujer, frenética, cierra los ojos y grita, gime sobreactuada y rasguña, aprieta las piernas e intenta de nuevo desnudar a su amante. Llega el momento en que el hombre pierde interés por ella, pues está a punto de llegar al clímax. Se mira fijamente a los ojos, bramando, mientras ella disfruta más por arrancar –eso piensa– la indiferencia del amante desconocido. Ambos se empeñan en sus respectivas empresas: él encuentra su orgasmo y ella el modo de arrancar los botones de la camisa. La ingenua grita asustada, pues cree que fue ella quien, con sus uñas, hizo la llaga aún fresca ante sus ojos.

Una vez más, la última acaso, el hombre mece a la mujer con su pelvis. Lo interrumpe una visión inesperada en el espejo: el marido de la mujer lo mira congelado desde el borde de la puerta. Molesto porque no se anunció la interrupción, como cree natural esperar, El Geómetra guarda su miembro húmedo e intenta abotonar la camisa y chaleco, aunque sin éxito, pues la mujer ha roto las costuras; toma su abrigo del perchero. Nada más tiene en esa habitación, por lo que se dirige a la salida con calma y sin intentar explicación aun mínima. De pronto el cornudo reacciona y toma al extranjero del brazo. Tiembla al vislumbrar, bajo la camisa del amante, la sangre que no se ha detenido del todo en su tórax, pero adquiere por el temor, como los perros, cierta determinación que intenta impedir al extraño la partida. Éste jalonea, ya asustado, y se ve obligado a salir corriendo. Nada hay que lamentar, salvo la persecución del marido insultado. No puede hacerle frente, pues ante los otros siempre ha sido frágil, salvo en discurso velado. Huyó de su refugio, como de tantos lugares, pero dejó en el vientre de la mujer una semilla de inteligencia y curiosidad sin reservas morales.

One thought on “Semillas

  1. Me parece difícil conciliar el proyecto que Sergio plantea con su realización concreta. En el proyecto parece muy importante el escenario (Zacatecas) y el referente “real” de sus personajes (la intelectualidad zacatecana, Elizondo), mientras que en el fragmento, esos factores apenas tienen relevancia. Supongo que esa ilusión fue generada por la elección de ese fragmento y no de otro.De cualquier modo, funciona bien ese inquietante juego de dobles: la llaga y la vagina; el jugo de limón y el esperma; el reflejo del Geómetra y la mujer; el marido cornudo y el hostelero; Log y Mnemothreptos; Sergio Alejandro y Aguillón-Mata.

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