Presentación de “Doliente nuevo”

Escribí dos notas basadas en ejemplos populares y aparentemente inconexos para ilustrar sin calzador la universalidad de Doliente nuevo, que al tiempo es muy íntimo y propio de Zacatecas. El fundamento de esta presentación reside en la certeza de que no hay que hacer privilegios, y acaso tampoco distinciones, entre lo universal y lo regional, toda vez que esto forma parte integral de aquello. Así se supone que sea, por lo menos. Estas líneas no son más que otro modo de ver las cosas, con un poco de ironía y, espero, claridad.

Dos notas:
Presentación de Doliente nuevo

1. Moda, tiempo

Se sabe que el mundo de la moda, como el del cine y el del cómic, reclama para sí un lugar en la cada vez más creciente lista de las bellas artes. Habría que atender con seriedad, para gusto de exéntricos cortatelas, las posibilidades de acomodar la moda en la retacada lista. Sobra decir que para tal empresa es necesario acudir a expertos en la materia: historiadores, críticos, filósofos, modistas; y que mi intervención en tan delicado asunto peca de impertinente. Con valentía, apunto entonces una obviedad: uno de los conceptos que deben ser discutidos para la justa inclusión de la moda en las artes es el del tiempo. Por supuesto, el tiempo está relacionado íntimamente con cada una de las viejas bellas artes; si no recordemos la más usada de las rápidas definiciones de la música: combinación de sonidos y silencios en el tiempo; o qué tal la noción de perpetuidad de cada obra de arte, aquella idea desmentida reciente y contundentemente tras la destrucción de las aburridas torres paralelas de Nueva York y de algunos templos riquísimos de Iraq. No puede ya pensarse, de acuerdo con las enseñanzas de la historia, en la perpetuidad, pero sí al menos, con modestia, en la historia de las obras, su transcurso por el tiempo, hecho que dota a las artes de sentido si concedemos que todo acto humano se entiende a partir de la correcta apreciación de su contexto. Sin embargo, en la moda el tiempo reina de manera particular y muy diversa de, pongo por caso, la poesía. De hecho la moda podría definirse de la siguiente manera: combinación de colores y formas textiles en el presente, en el ahora. Nada me parece más arraigado al momento siempre pasajero que ese afán por estar al día. No es cualquier tipo de identificación con el contexto, sino urgencia por materializar el tiempo presente con telas. Un Gucci o un Christian Dior no se citan ni se recuerdan con la misma veneración que dedicamos a un cuadro de Gironella o a un poema de Novo, porque el valor de un vestido desaparece al momento, cuando el siguiente cruza la pasarela. La asimilación del tiempo en la moda es por ello opuesta a la que usualmente se da en las artes: he ahí un obstáculo que salvar. Es curioso que la voz popular no ayude a este respecto: trivializa la densidad del buen vestir con expresiones como “el último grito de la moda”, como si las novedades en tal campo fueran arrojadas sin mayores cuidados, aprisa, y siempre en el vértigo que me sugiere el escándalo. La poesía, en cambio, no es grito, sino canto. Incluso los intensos poemas de Martí, por referir un ejemplo popular, no incurren en la vulgaridad de un grito desesperado y, en cambio, muestran el carácter bélico que cantó Homero y del que Borges señaló el fin con tristeza. Pues bien, hoy estamos reunidos para celebrar un canto: Doliente nuevo, de Jesús María Navarro. Sirva dicha obra para ejemplificar la consideración, si no veneración, que las artes rinden al tiempo: el libro que hoy presentamos es, entre otras cosas, un canto a la tradición y, por lo tanto, a la noción de tiempo. En él se recuperan tópicos populares, campesinos y bíblicos, de tal suerte que el autor se asume públicamente como un hombre que observa el pasado, lo asimila, lo medita y devuelve con su propia voz, con sus dilemas personalísimos y, cómo negar la paradoja, a la vez universales. Pero esa deuda con el pasado no es sólo temática, también es formal, estilística, literaria. Su reconsideración de los sonetos (mis preferidos en el libro) no es simple repetición de una fórmula, sino una toma de postura literaria y, por si fuera poco, una revitalización de las formas clásicas. En Doliente nuevo los versos no se presentan anacrónicos, no están fuera de lugar, ni de tiempo. Al leerlos, se materializan por instantes, los poemas se sienten y tras la lectura se saben urgentes. No sólo no están de más: hacían falta. Me atrevo a decirlo porque antes de este libro escuché más de una vez, como en todos lados, supongo, gritos desesperados en afán de vanguardia. Algunos entusiastas, otros no; todos inexpertos. Navarro, en cambio, no tiene nada que probar. Señalo al fin la razón por la que abro estas líneas con irónica reflexión sobre la moda: la dificultad primera que encuentra ésta para ser aceptada como arte radica en la velocidad con que la moda olvida. Expresiones como “el soneto ya no está de moda” sólo pueden ser proferidas por quien no es capaz de entender la naturaleza temporal y tradicional de todas las artes. Propongo pues, hacer como dicta el refrán: oídos de carnicero a esos gritos de cochino.

2. Dolor, ego

Salvador Elizondo señala que el dolor como tema permanece inexplorado en la literatura. Tal es una idea que es necesario valorar, sobre todo porque él mismo basa su escasa popularidad en el éxito de 1965, Farabeuf, una novela que intenta, entre otras cosas, la proyección de dicha sensación. Enseguida acudo a mi accidentada memoria y recuerdo los excesos de Sade y los de tantos discípulos suyos que han explorado algunas posibilidades poéticas y filosóficas del tema. Recuerdo también aquel verso del joven Rimbaud –seguro que violentado o al menos mal traducido–: “He tomado un formidable trago de veneno.” Y, más adelante: “Venga demonio.” Recuerdo también que se dice del amor que duele y con ello desfilan ante mis ojos muchas escenas, personajes, conflictos amorosos de tantas y tantas novelas que, no he de negarlo, alguna vez me sacaron uno o dos pares de lágrimas. Mas por encima de todas esas referencias recuerdo a Valéry, y lo cito: “El dolor es una cosa muy musical: casi se puede hablar de él en términos musicales. Hay dolores graves o agudos, los hay andante y furioso, los hay de notas prolongadas, de bajo continuo, de arpegios, de progresiones, silencios bruscos…” Tras la rápida revisión en mi memoria, me inclino a conceder algo de razón a Elizondo: tanto Sade como las escenificaciones del amor que duele sólo van por la periferia de lo que es el dolor verdadero. Algo, sin embargo, puede hacerse al respecto: centrar toda la atención en una imagen que represente a cabalidad, al menos por un instante, aquella sensación en que la muerte se anhelaría, si algo de conciencia tuviera quien sufre un dolor intenso. No es tal la empresa de Navarro, ni tales sus aspiraciones cuando nombra a su poemario como consta. Lejos de Elizondo, Navarro no parece compartir ese deseo de morir frente al dolor. No diré que ello se debe a una experiencia parca del dolor, sino que depende de una visión equidistante. Navarro siente el dolor, y lo goza. Y lo canta, por lo cual se acerca a Valéry. Encuentro entonces un potencial en el dolor de Navarro que consiste en conocer qué hay dentro de la experiencia dolorosa. Elizondo, debido a su angustiante obsesión por el vacío, afirma que tal experiencia contiene nada. Mirando de frente esa nada, Navarro ríe su dolor. Aunque en este caso no se trata de la fijación de un mal concreto, sino de la plena certeza de que la vida duele y de que tal es uno de los condimentos mejores de nuestra existencia. Así, sus temores amorosos quedan a la vista, pero hay una voluntad de afrontarlos que pasma; aquellos que destruyen una de las cosas que él más ama, el campo, son señalados, pero con una serenidad de árbol; sus propios defectos son advertidos, pero con sorna y voluntad de seguir creciendo, en lugar de cinismo. Y más allá, trastocando los conceptos, finalidad de todo poeta, manifiesta el dolor en las cosas bellas y buenas, de tal manera que se derrumba el prejuicio del dolor como algo negativo y se incluye en la definición de aquel que canta: el doliente. Llego así a la médula de la lírica de Navarro: él mismo. Pues aquel a quien se refiere el título del libro es el autor y el contenido de los poemas no es sino un acercamiento a la intimidad del mismo. Cabe la pregunta: para qué ese acercamiento. Y la respuesta es la de siempre que se habla de lírica: para encontrar en las profundidades del otro, de quien sabe decir las cosas con pleno dominio de las palabras, las particularidades propias, para reflejarse en esas gotas amigas que aconsejan y leen al mundo o en las canciones sabias y alegres contenidas en el libro, para darnos cuenta de que el otro está también en nosotros y nosotros en él. A ello se debe que el poeta no use palabras rebuscadas ni formas complicadas; en su sencillez está un compromiso con la poesía para todos, en la cercanía de sus temas, en su universalidad está una consideración que el poeta nos hace, está el guiño del ojo y la palma en nuestro hombro. Ida y vuelta: en el dolor encontramos una interpretación personalísima de la vida; en dicha interpretación encontramos al autor descarnado, cantando; en la imagen del autor nos reflejamos como conjunto, como vida que se interpreta con la misma figura del dolor. Imagen circular que pude ilustrar, mas nunca encasillar o definir, la poesía de Navarro. Y todo ello, subrayémoslo, en alegre trastocamiento que revitaliza las palabras. Tales son algunas características de la poesía mejor. Presenciamos, pues, la aparición de una explosión repentina de poesía, pero una que se fue cargando a lo largo de muchos años. Es importante tener en cuenta que se trata de una voz nueva de una generación que muchos consideraban completa. Evidentemente, queda aún mucho que decir sobre este poemario que a primera vista nos deslumbra con su autenticidad, pero cuya justa trascendencia se nos escapa. Mucho más que decir del resto de poesía que, me consta, aún desborda a Navarro. Y mucho más de las consecuencias de este poeta inesperado que se nos revela imprescindible. Doliente nuevo, sí; mas permanente.

Octubre de 2003

Leave a Reply