Prólogo

Hace un par de meses leí un reproche a la postura que afirma que la literatura es innecesaria. Por desgracia el reproche no contaba con mayor argumento, pero sí con un problema serio a la vista: muchas de las obras que hoy se escriben y publican, especialmente por escritores jóvenes, según el autor de la queja, no tienen ni un poco de consistencia y se dedican a repetir lugares comunes heredados de los medios de comunicación masiva. En mi opinión, este problema no está emparentado con la supuesta necesidad de la literatura. Menos específico, opino que más que la influencia del cine y la televisión en las obras escritas, lo que daña más o menos al fenómeno literario, son los grafómanos. Decir que el escritor es el hombre que escribe no es decir una verdad entera. Porque para ser escritor hay que coordinar un sin fin de elementos mentales y espirituales, hay que coordinar la imaginación, los recuerdos, las lecturas, las vivencias, los amores y los odios, las satisfacciones y frustraciones, las convicciones y creencias, la escuela, los sentimientos. Y hay que sacudir ciertas ideas que, en el medio, por desgracia, abundan: ideas de fama y fortuna. El necio calcula su éxito en función de las cuartillas que llena o del dinero que gana; el poeta sabe que la trascendencia no es suya, sino de algo que lo desbordó y tomó forma y vida propia en las palabras. El poema respira por sí solo.

Pues bien, desde mi punto de vista y a pesar de las buenas intenciones del crítico en cuestión, la literatura es innecesaria. No puedo imaginar que, de haber muerto tal o cual escritor consolidado antes de crear su obra magna, el mundo simplemente se hubiera acabado. Aunque, eso sí, hablaría hoy de otro mundo, uno sin tal o cual escritor consolidado, lo que, a pesar de nuestra admiración y benevolencia hacia los grandes literatos, no es gran cosa. Difícilmente hoy pensaríamos que hace falta en la historia una obra de no sé qué características, por ejemplo, El Quijote, si éste jamás se hubiera escrito. No me malentiendan: no considero que El Quijote sea prescindible para comprender la cultura hispánica y aun global, que nos nutre. Simplemente sé que, si no se hubiera escrito, no notaríamos su ausencia y otras obras, quizá inexistentes en este mundo, gozarían de su prestigio.

Pero si la literatura es innecesaria, para qué ocuparse de ella. Porque lo es sólo antes de su concreción y en un sentido global, no individual. El primero en ocuparse de una obra es su autor y, en mi opinión, no lo hace pensando en llenar las lagunas de su tradición, no lo hace porque al mundo le falte su texto, sino porque a él mismo le falta. Algunos de los mejores escritores no se enteran de su labor sino hasta que está terminada o incluso hasta que ha sido leída. Originalmente escriben por necesidad vital, porque están impresionados, porque el poema, que hemos quedado respira solo, exige nacer. Más tarde es el lector quien se ocupa de la obra, primero con esperanzas infundadas y arbitrarias, con prejuicios. Pero si la sustancia de la que está hecho el poema es auténtica, el hombre va a olvidar en un instante esos prejuicios al sentir cómo se le enchina la piel. Siendo sincero, ésa es una de las señales inequívocas de que el poema se está sintiendo. Y pocas veces el poema se siente por uno solo, porque aunque las experiencias, gustos y conocimientos de cada uno son distintos, están modelados por ciertos parámetros generales que dictan el buen y el mal gusto y los sentimientos, entre otras cosas. Por eso podemos entender lo que designa la palabra odio o la palabra amor, aunque no exista una convicción objetiva de lo que esas sensaciones son o de cómo se manifiestan. Una vez que el lector ha dilatado la pupila y ha sentido el placer de la experiencia literaria, el poema es ya parte de él, se le ha impregnado algo de su energía, algo de su esencia, que es más o menos igual a la de todos nosotros. Es entonces cuando se vuelve imprescindible, aunque minutos antes haya sido innecesario para la vida tomar determinado libro y echarle un vistazo. Y en esa alegre paradoja está uno de los mayores encantos de la literatura: en el paso de lo innecesario a lo vital, de lo ajeno a lo propio. Tal es el objetivo de todo escritor, pues la obra literaria perfecta, según John Middleton Murry, es aquella que combina el máximo de personalidad con el máximo de impersonalidad.

Mi temor se debe entonces a los escritores que no tienen nada que decir pero que llenan miles de hojas, creando con ellas, sin exagerar, un mar de textos que no dan ese paso de lo personal a lo impersonal. Y más aún: se debe a los escritores que lo hacen a sabiendas, irresponsablemente. Pero no es ocasión para hablar sobre tales hombres, sino sobre uno solo al que, en este tiempo y debido a las circunstancias dichas, es justo dedicarle éstas y, en el futuro, muchas otras páginas: Jesús María Navarro. Para quienes leemos su poesía el mundo de todos los días se nos presenta en desconcertante novedad. Éste no ha cambiado, pero sí la mirada: Navarro ha aportado un nuevo matiz. y estos poemas se vuelven imprescindibles: sus aciertos y yerros son ya parte de nosotros mismos y el poema se revela en su gran necesidad de ser. De ser en nosotros. Entonces comprendemos que, si bien la literatura es innecesaria al mundo, en cuanto ésta aparece se convierte en parte integral de él.

Doliente nuevo es hijo innegable de la tradición, pero también se debe a la novedad y a la imaginación. Lleva imágenes bíblicas revitalizadas y trata a su amor imposible –y sin embargo real– de tal manera que lo sentimos propio; se adueña del pasado y nos regala su intimidad. Los temas son los de un hombre en armonía con su entorno: amor de pareja, amor filial, escritura, proyecto de vida, preocupación por la naturaleza y su cuidado. No son textos herméticos, su claridad y sencillez no dependen de la inexperiencia o ingenuidad, sino de lo contrario: el poeta sabe que no es necesario un estruendo para impresionar al lector, basta con mostrar la verdadera dimensión de los temas que, auque cotidianos, por sí solos nos impresionan a diario. Pero mostrar esa realidad no es tarea fácil y menos hacerlo con palabras. Gran parte del mérito de esta obra está en combinar con fortuna la cotidianidad de las palabras de entre semana con la fuerza de los temas tratados y en obtener como resultado la renovación ambos elementos. Y más: una renovación que todos podemos ver, franca, clara, no elitista. Sobre este asunto conviene citar a Antonio Alatorre: las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique «abundan en tópicos […] los versos más memorables, más sentidos, más suyos, son tan tradicionales como los versos de cada poeta de entonces […] qué ha pasado». La respuesta es muy simple: «Las coplas nos conmueven porque el poeta estaba conmovido». En el caso de Navarro –salvando las distancias– opera la misma lógica, sin embargo el mérito es diferente. Y es que Manrique vivió una época en la que la originalidad no tenía ninguna importancia; incluso era vista como un vicio, un atentado a la poesía. Hoy la visión es inversa, pero el dogmatismo sigue envolviendo las premisas: originalidad es la consigna, pero se entiende que lo original es lo absolutamente nuevo. El regreso a viejos temas, la claridad en su tratamiento y las formas clásicas se han convertido en el atentado. Más de una vez he leído sonetos, liras o romances débiles, malintencionados, pretenciosos o simplemente malos. Y he escuchado la voz del crítico alzarse y arremeter contra las formas arcaicas. Extraño equívoco: culpar al soneto por la inopia del poetastro. Se afirma que todo está dicho en tal o cual medida, que la forma está gastada, que es necesario abrir la mente a nuevas, infinitas posibilidades. Pero, hijos de ese discurso, nacen nuevos versos sin sentido, sin ritmo, sin angustia, sin sentimiento y sin cerebro. Sin poesía. Y sin culpa. Porque las dichas infinitas posibilidades admiten todo: que el sentimiento sea irrelevante, que el ritmo esté sólo en el lector, que la angustia se refleje en lo insípido del verso, que sea necesario desterrar al sentimiento, que se piense al cerebro como asesino de la inspiración y del arte. Es fácil escudar un verso grosero con las armas que la modernidad nos dio. Lo difícil siempre ha sido escribir poesía.

Bajo este marco encontramos que Navarro logra, acaso sin querer, un acierto fuera de la poesía en sí, pero en la médula de la discusión crítica: muestra que aún se pueden escribir sonetos y que éstos pueden cargar una tremenda originalidad. Pero esa asimilación del pasado no es todo en Doliente nuevo. En sus páginas encontramos cómo la forma se desdobla y explora, de acuerdo con sus necesidades, otras maneras de expresarse. Soneto a soneto, gota a gota, el libro se llena con toda una vida asombrada, se llena con dudas y certezas, con temores y satisfacciones, con pecados y virtudes, con amistades, con propios y ajenos; se llena, en fin, con una vida que, extrañamente, reconocemos. Será porque esa variedad de colores, sonidos y formas juegan a ser infinitas, como infinitas son las potenciales interpretaciones del libro. Será porque en las posibilidades provocadas por los espejos de un calidoscopio se encuentra nuestra imagen, aunque, acaso, poco sepamos de La Biblia o del campo o de los hijos que no tenemos. A pesar de nuestras diferencias con el autor, Doliente nuevo nos contiene. Y todo porque, más que un poemario virtuoso o muy estudiado, más que uno genial o inmortal, estamos hablando de uno auténtico. Uno que ha logrado comulgar con lo personal y lo impersonal, uno que, con todo y sus imperfecciones, nos basta para hacerle el honor más importante que se le hace a cualquier libro: leerlo. Doliente nuevo no le pide nada más a nadie, pues por sus propios méritos tendrá, sin duda, su justa trascendencia.

 

Octubre de 2003

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