Valor en sí

El mal suele ser muy simple,
aunque a veces no tan simple.
Javier Marías

Asistí una vez a una conversación entre un mexicano y un español que se reprochaban entre sí el desconocimiento de sus respectivos escritores nacionales. Además de la inmodestia y la ignorancia tácita que sufrían los dialogantes respecto de la literatura en lengua hispana, la plática iba por mal camino desde el inicio: uno y otro veían en sus autores locales su “caballo de la suerte”, como si estuviéramos frente a la literatura y las artes igual que frente a una pista de hipódromo. No es así, y uno esperaría no tener que hacer esta precisión, aparentemente necia, muy a menudo. El Quijote, símbolo del lerdo peninsular de entonces, pertenece a los mexicanos tanto como las obras de Fuentes o Paz a los españoles; asimismo podría hablarse de Vallejo o Borges o Lezama para todos los individuos que hablamos español, que no es la lengua de España, por cierto, sino de un montón de países. De todos estos símbolos, como siempre más mentados que leídos, es El Quijote el más poderoso, el más cargado de tradición y de sentido. Pero habiendo dicho lo anterior hay que preguntarse por qué es así: Cervantes fue mentado, citado, parafraseado, homenajeado y –hasta eso cuenta– omitido por los demás escritores hispanoablantes que le siguieron. La obra cervantina simplemente fue antes, y determinó por eso las venideras, aun las más zagaces y atrevidas, las más eruditas y patéticas, la más accecibles, las más herméticas. El Quijote no tiene valor en sí: es solo un cúmulo de palabras. Su enorme peso literario y cultural, que hace sombra –sombra fresca, claro está– a todo el mundo, se debe al valor convencional e impostado que todos, a lo largo de cuatro siglos, le hemos ido ofreciendo como muestra, a veces involuntaria, de agradecimiento.

Pero con lo anterior no descubro nada, al menos para alguien que se haya sentado a pensar en la naturaleza falaz y antinatural del arte. Sabemos todos que ninguna obra es buena o mala esencialmente, sino que lo es circunstancialmente; porque somos nosotros quienes hemos inventado, para bien o para mal, las directrices de tal o cual género o manifestación artística. Asimismo, por esa razón está en nuestras manos –es un decir– alterar, invertir, ampliar y hasta negar esas directrices; no sólo es tal una tarea posible, sino aun necesaria. Vuelvo sobre mis pasos y atiendo la palabra “necesaria”: por qué la he escrito, quién necesita alterar el curso del arte, para qué. Nadie, en verdad: ninguna persona. Y sin embargo la palabra ha de ser pertinente debido a que es nuestra misma ambigüedad, son nuestros retruécanos mentales, son nuestros castillos en el aire los que exigen nuevas arquitecturas, nuevos adornos y sustentos. Aprendamos un poco de siglos pasados y neguemos la causa de esta urgencia a la joven –y por ello impertinente– idea de la originalidad: no hemos de violentar las formas para ser originales, sólo para ejercer el pensamiento. Eso, quizá, sí es importante y hasta necesario.

Ahí donde observemos una certeza, una directriz insorteable, como la imagen poética o la verosimilitud de un cuento o la unidad de una novela, ahí debemos sospechar y recular. Cervantes nos ha enseñado eso, aunque no él solo: preguntó: por qué no escribir una novela en la que el caballero sea objeto de burla y escarnio; porque no es propio de una convención llamada “novela caballeresca”, le respondieron –convención, seamos sinceros, inventada y potencialmente maleable del todo–; y qué, dijo entre líneas el manco, si no quiero responder a lo propio de convenciones ajenas. Qué si no participamos de lo que todos ya han avalado como bueno y bello. Nada, la verdad es que no pasa nada. Si mediante otras convenciones, que ya se crearán, el texto se sostiene, vale: eso sucedió con Cervantes; si no, simplemente no seremos leídos. Y qué.

Estamos de acuerdo, entonces, en que Cervantes tuvo la astucia de torcer las convenciones y ello lo instauró en un sitio privilegiado dentro de la historia. Pero qué convenciones torció y cómo lo hizo. Bastante se ha escrito ya sobre esto y encuentro muy difícil agregar algo a esta cuestión. Me toca, por lo pronto, limitarme a hacer memoria: fortaleció la estructura novelesca que cuenta varias historias dentro del hilo conductivo principal, instituyó el humor como principal medio para tratar temas graves en el fondo debido a la ambigüedad que éste propicia, definió problemas muy concretos al interior de la historia sobre el mito del autor y el del narrador, esbosó uno de los temas más recurrentes de la actualidad: la autorreferencia, insistió en uno de los tópicos más conocidos de las letras hispánicas: la relación de éstas con la vida popular, se atrevió discutir la literatura al interior de la misma sin detrimento del texto, legitimizó la mentira y la farsa y la locura como temas primeros en la tradición hispánica, entre tantas otras cosas. No soy quién para señalar aquí todos los atrevimientos y parciales inovaciones de Cervantes. Lo que me interesa aquí no es la lista repetida de nuestras deudas con el hombre, sino llamar la atención sobre una sola de ellas: su incursión en el tema de los géneros literarios, aquello llamado por Kundera “la desprestigiada herencia de Cervantes”.

(Me permito hacer aquí un paréntesis para hablar de las que he calificado “parciales inovaciones”. No pocos opinan que a Cevantes se le deben tales y cuales cosas en totalidad, pero hay que precisar estas causas de idolatrías, estas causas de discusiones huecas, como la aludida al principio de esta nota: nadie inventa realmente algo, ni Cervantes. Todos tomamos prestado, imitamos y heredamos recursos, ideas, tópicos. El tan mentado tema de los muchos autores del Quijote está ya trazado en la incógnita sobre la identidad de Homero y la veracidad de su guía casi divina –era ciego– por los vericuetos de La Ilíada, está trazado en la incursión de tantos autores subordinados, llamados por Alfonso Reyes homéridas, así, con minúsculas. Homero es una trampa como autor, es un autor con juego a quien hemos convenido dar sin lugar a dudas el título de padre y maestro de la tradición, pero a quien conocemos poco. Homero es autor, pero no escritor de nuestra definitiva Ilíada, y eso lo pone en paralelo con Cide Hamete Benengelli. Por otro lado, la épica tiene una costumbre que se ha discutido mucho porque en ella se emparenta al poeta con el plano de lo místico; al inicio del poema homérico leemos: «Canta, oh Musa, la cólera del Pélida Aquiles» y esta invocación no poco siniestra también puede llevarnos a discusiones agudas sobre el dilema del autor. Asimismo vemos en Platón otro nivel de la misma cuestión al dar por hecho que Sócretaes es quien habla en su apología; pero Sócrates no era quien hablaba, Platón intentó registrar las enseñanzas de su maestro pero no hay modo de que el discurso no se haya contaminado un poco al menos, o quizá cabalmente. A partir de esos ejemplos que se me ocurren tempranos, aunque seguramente tampoco originales, se han dado variaciones del tema y la de Cervantes es una más. Y no: Cervantes ha variado con tanta picardía, inteligencia y habilidad, con tanta pertinencia, que aun no siendo el tema un invento suyo, se le atribuye. Civismo aparte. Cierro el paréntesis.)

Haciendo a un lado las ambigüedades y sabiendo ya que nada se originó mágicamente en la cabeza cervantina, comprendemos que al manco se le atribuya también el principio de la novela hispánica y aun de la universal. Rabelais había escrito su Gargantúa y Pantagruel casi un siglo antes y es sabido que en ese texto también mítico tenemos, como en El Quijote, elogios a la imaginación, a lo hiperbólico, a lo terrible, a la locura y al humor, algunas de las características principales de la novela europea. La incursión, no primera ni definitiva aunque sí definitoria, que hizo Cervantes en los géneros literarios ha sido, paradójicamente, un excelente ejemplo de ruptura por los atrevimientos ya señalados, más los que se me escapan, que los modernos nos hemos dedicado a emular. Mas como estamos hablando de formas fabricadas, que nada tienen que ver con el bien o con el mal en sí, está dentro del orden posible la opción de alterar esa fórmula, esa ruptura que se hizo tan pronto una tradición. Kundera, por ejemplo, lamenta la condena de la novela por las –malas– novelas y cree ver en la reproducción masiva de cualquier pretexto en forma de novela una imagen terrible: la del género ahogado en sus propias heces.

Pero Kundera es novelista y no se me ocurre que él quisiera el cese del género. Lo grave de la reproducción desorbitada de novela radica quizá en lo que tiene de repetición y lugar común el hecho de convertir cada anécdota, noticia, juicio de valor y duda histórica en novelas más o menos aceleradas que no han meditado su funcionamiento interno, su engranaje, y que son en sí mismas una copia de lo que se ha autorizado como buenas novelas, El Quijote entre ello. Casos así resultan estériles y una afrenta misma a la herencia cervantina precisamente porque la peor forma de agradecer una obra es copiar su esquema, tomar su estructura –una estructura que le es natural y exclusiva– y utilizarla en la construcción de otro texto que esencialmente no se ha pensado, que no tiene identidad. Y asumir por entero que la forma del arte –una inventada y arbitraria, como el lenguaje– debe ser una, convenir unánimemente que Cervantes con su Quijote nos ofrece la más lograda expresión del género, repetir su nombre incansablemente y los elogios cada vez más huecos para su persona –hasta eso: uno elogia a las personas y no las obras–, proponer nuestra escritura como resultado de la medida, del molde universal que es Cervantes, en fin, proponer para nosotros que el arte y la literatura, que el hombre incluso, ya están hechos, que ya están escritos y que no se están haciendo constantemente, eso es lo que puede propiciar el cese del género, desde que invita al cese de la creatividad y del pensamiento.

No hagamos novelas, entonces. No las hagamos como El Quijote, que no serviría de nada. Mis disculpas para Pierre Menard. No respondamos al género con nuestra bien estudiada pereza mental. Desechemos, al mismo tiempo, el soberbio afán de ser originales. No colmemos de elogios a un pobre hombre ya muerto; algo de respeto, por favor. Leamos en cambio sus intentos, respondamos a ellos con los propios, meditados y con sus propias naturalezas, auténticos y al mismo tiempo dependientes del pasado. Inventemos, por qué no, nuevos géneros literarios. Sepamos que esos nuevos están ya ahí potencialmente, que alguien los ha acuñado quizá desde el principio del lenguaje. Propongamos la digresión, el inciso, el fragmento, la cita apócrifa y démosles rango de género literario. Que tengan dentro de sí nuevas coherencias hermanas de la novela, del cuento y el ensayo. Digamos por ejemplo «el mal suele ser simple», como Javier Marías, y estudiemos en esa frase la condena implícita a la repetición, al homenaje –a la repetición del homenaje– que castran. Agreguemos entonces «aunque a veces no tan simple», con esas cursivas en el adverbio que elogian de algún modo al mal, o al menos le conceden el beneficio de la duda. Volvámonos entonces maliciosos y digamos, por ejemplo, que El Quijote no tiene valor en sí, que Cervantes no inventó nada o que para hablar de esos símbolos de la hispanidad o de toda la cultura occidental es necesario, quizá, evitarlos. De ese modo al menos estaremos pensando todos los tópicos que se dicen de esa obra hoy celebrada, de su autor, estaremos poniendo a prueba lo que se dice de ellos y nos obligaremos, al menos, a leer El Quijote, práctica muy poco acostumbrada, al menos si se compara el número de lecturas con el número de calificaciones. De ese modo, también, evitaremos encerrarnos en pláticas idiotas sobre quién es mejor, qué autor vale más, el de qué país o qué época.

Un amigo ha llamado la atención sobre la anécdota con la que inicio este texto: así se cuentan muchos chistes de sobremesa: estaban un español y un mexicano…, etcétera. Es verdad. Como los chistes aludidos, la discusión, seria por demás, que entablaron el español adorador de un Cervantes para él desconocido y el mexicano ignorante de su Carlos Fuentes no propiciaba el pensamiento ni menos la lectura; dentro de esa anécdota está en potencia un retrato de la estupidez generalizada y está también el humor novelesco que, según Octavio Paz, «vuelve ambiguo todo lo que toca». Está, por lo tanto, una enseñanza.

Ya el pastor Isidro, menospreciando al caballero de la Mancha, nos dice en el capítulo LIII de la primera parte de El Quijote que «en verdad vuestra gallardía inventada vale más que un medio pan, y sólo porque en su invento ha vuestra merced de comer por más de una jornada, a costa de hacer reír a un montón de hideputas». De este modo la burla mengua y, entre líneas, no sólo Alonso Quijano sino todos nosotros podemos llevar a cabo excesos creativos, críticos e interpretativos, escapar de las directrices impuestas, y tomar la voz de un pastor como el mayor consejo crítico sobre el arte: hay que entregarse a nuestros inventos y locuras, que tales nos darán algún alimento intelectual, a costa quizá de regalías.

Y qué si no ejercemos, por ejemplo, la correcta crítica literaria y nos avocamos, en cambio, a ejemplificar con inventos y alteraciones, qué si nos volvemos mentirosos y cínicos, qué si proponemos francamente una invitación a desleer a Cervantes, a olvidarlo a propósito –y por tanto, a mantenerlo–. ¿No será también esa crítica amañada sincera en algo, no responderá a nuevas directrices, quién lo sabe, tan legítimas como cualquiera otra? Acaso alguien va a negar que estas enseñanzas también son, de algún modo, cervantinas.

Aguillón~Mata, abril de 2005

One thought on “Valor en sí

  1. Ya he colgado tu anuncio de las lecturas de poesía en el Colegio de Méxio. De paso he tenido la oportunidad de entrar a tu espacio.Saludos…

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