Ensayo de la Simetría (o Recuerdo de un Viaje en Tren)

Dos y dos nunca son cuatro en Granada; son dos y dos, sin que logren fundirse jamás, dijo Federico. Así era él, creo recordar: rotundo y grave, un poco infantil en ello, excedido en su teatralización. Pero los infantes de Granada, como el mismo Federico nos lo reveló en alguna conferencia sobre las canciones de cuna, parecen gustar de lo tremendo, del mítico cuerno que—desde Góngora en el inicio de sus Soledades, pero no: seguramente desde mucho antes—semeja la luna, de la luna que lleva a un niño de la mano. Juegos, canciones, rimas; reflejos entre la infancia y la muerte. Dos y dos, siempre separados, pero siempre en Granada jugando el mismo juego.

Son entonces como niños, los granadinos, pero apurados en la vida y, sobre todo, apurados en la muerte. Han sabido hacer de ella un juego, pero los juegos de muerte adquieren otro cariz: se vuelven rituales. Y al mismo tiempo, esos rituales se nos muestran sobrados, inevitable pero también gozosamente. Se me ocurre ahora la imagen de un niño de luto perfecto, más desconcertado que triste por la muerte de su padre. Algún mayor se ha empeñado en que use el corbatín de domingo del difunto, y el sombrero, quizá incluso el saco, alguna prenda que ya casi le sienta, pero que no deja de estar fuera de lugar, que no deja de ser, gravísima, un poco risible.

Personalmente, generalizaciones como las que he insinuado sobre el carácter de cualquier pueblo me molestan. Supongo que, bien asentado en mi época—que no es la moderna, tan segura de sí, sino otra de pura duda—sé de sobra que ahora los pueblos se desmiembran y se constituyen con suficiente rapidez y poco concierto como para que no se pueda decir, como en tiempos de Góngora y aun de Federico, que Granada o cualquier otro pueblo cuenta, exclusivamente, tal o cual característica. Eso o algo similar pienso al cerrar el libro por un momento, para descansar los ojos y ver por la ventanilla el paisaje helado de la Selva Negra. A pesar de la intensidad de las tormentas, hay tramos que la nieve no ha cubierto, generando una imagen repleta de claroscuros y relieves que, si uno deja perder la mirada abierta, sin atención particular en ningún punto, se encuentra de súbito ante un cuadro de Klimt, paisajista. Esas piezas en las que la única condición estructural para que un paisaje lo sea, la línea del horizonte, se oculta entre las manchas de colores. Como si Klimt no se hubiera limitado a los lienzos de primavera—Manzano—y otoño—Bosque de Abedules o Hayas—, sino hubiera machacado también un lienzo con motivos de invierno. Por momentos el tren se escurre entre la naturaleza cerrada y fría del suroeste alemán y mi paisaje se pierde en un reflejo, que al principio me toma desprevenido. Dos y dos nunca son cuatro; son dos y dos, paladeo la frase de Lorca. De inmediato el nombre completo del poeta apela a su autoridad, y me viene a la cabeza que yo mismo, que no soy sino mi expresión, hablo el idioma español. Si aceptara que, como rezan los manuales de literatura, Góngora es el poeta español más influyente de la historia, en general, y que Federico lo es del siglo veinte, en particular, me toca asumirme un poco desparejo, un poco cómico y ridículo, grave y juguetón, como esos dos entrecruzamientos de palabras que llamamos Góngora y Federico. Dos y dos nunca son cuatro en español, corrijo al poeta por la autoridad del poeta.

Me interesa el paisaje en la medida que puede sortear, estructuralmente, su condición de paisaje. Ya he mencionado a Klimt, pero es también cierto que en él la línea se encuentra pronto, y que al final, otros encantos de lado, sus cuadros no manifiestan potencias diferentes a la del paisaje común. (Pero está Avenida de Árboles en el Parque de Schloss Kammer, un cuadro que debe comentarse aparte.) Hay un cuadro de Vincent que, en cambio, me ha obligado a variar sus posibilidades en esquemas, desde que lo vi en el museo Van Gogh, en Ámsterdam. Se trata de El Jardín del Hospital Saint Paul (La Caída de las Hojas), pintado un año antes de la muerte de Vincent, en mil ochocientos ochenta y nueve, en el hospital que habitó durante la última etapa de su vida. El cuadro es como una gran ye—o i griega, que le llaman—colocada en el piso y vista desde arriba, de modo que esta letra forma la línea del horizonte. El horizonte: dos líneas equívocamente perpendiculares que surgen de nosotros, quienes miramos el cuadro, o que a nosotros se dirigen, si atendemos la dirección del personaje. Pero al final también el efecto se pierde y uno debe admitir la presencia de la imperturbable línea horizontal que ya me molesta. Sin opción posible, ya que el cuadro está a quinientos cincuenta kilómetros de aquí—un aquí trémulo, por lo demás—, destapo el computador portátil y miro el trabajo de Vincent en la pantalla. Es la sencillez, es la honestidad, es el cansancio. También, también es eso. De pronto, el tren pasa entre el descampado y la luz elemental del astro en el vagón oscurece la cansada y tímida de mi monitor. No veo más el cuadro, sino de nuevo mi reflejo tenue, que ya se divierte, sobre el cristal ennegrecido. Espontáneo, sonrío a las jugarretas de la luz. Con claridad sólo se aprecia la blancura de mis dientes en curva, el cuerno del toro, la luna menguante. Y, de la mano, en este paisaje, un niño.

Decido retomar la lectura; el viaje todavía es largo. Abro el libro y me salta a la vista, sin más que la arbitrariedad del azar, una réplica de Federico: Se hacía intolerable la presencia de la luna y se deseaba el toro abierto, el toro desgarrado con el hacha y las grandes moscas gozadoras.

Aguillón-Mata
Marzo de 2009

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