Volver, eventualmente (El autor limpia su librero)


Una vez más enfrento el via crucis que supone mudarse. Jamás, desde que dejé la primera casa de la niñez a los nueve o diez años, he permanecido más de uno en casa o departamento alguno. Y sin embargo, es quizá la mudanza la actividad que peor tolero. Cómo evitar la mudanza no he sabido, pero sí aprendí ya a aligerarla: disfrazándola de simple viaje o aun de juego. Al dejar a mi familia definitivamente, en la adolescencia, ya habituado a una casi vida gitana, quise cargar con mis cosas. Era—y sigue siendo para muchos—el sentido de propiedad el que definía mi índole, por lo que aquellas cosas mías me parecían imprescindibles. Quince años después, sigo confundiendo mis atenciones a ciertos objetos que llego a querer sincera, fanáticamente. Pero ahora no los llevo conmigo, los objetos; no definen más mi índole ni nada mío. Por esto, la mudanza—tramposamente disfrazada de viaje—no deja de acarrear penas por los objetos que dejo a propósito en la vieja casa, no tanto para que sirvan a sus guardianes que bien puedo llamar sus nuevos dueños—los discos serán escuchados, los libros leídos, los cuadros observados—, sino para aligerar mi marcha con una promesa no siempre explícita: la del regreso. Viajo, no me mudo; juego, engañándome al regreso. Entiendo que el viaje es largo, tomará años, es casi una mudanza, pero desde que he dejado algo detrás, algo que quise—alguien—sé que debo regresar, sé que se me espera. También sé—sabemos todos—que una espera de diez años es ya épica; muchas cosas no me aguardarán más, pero las simple posibilidad de que lo hicieran hizo fácil y aun posible la partida.

En estos días me mudo de Berlín a Austin. Viví en Alemania durante casi tres años: Cuántos objetos imprescindibles y queridos pueden acumularse mientras tanto. Y entre ellos, quien me conoce sabe que son los libros todavía mis preferidos. Películas y discos, por ejemplo, me hacen menos falta cada vez gracias a los formatos electrónicos, cuyos contenedores ganan poco a poco importancia para mi fetichismo, máxime cuando la literatura no les es del todo ajena. Pero son los libros, justo los libros la más pesada carga. Literalmente: la más molesta, impráctica, voluminosa y pesada carga. He dejado libros tras mi paso en las ciudades de México, San Luis Potosí, Zacatecas, Dresden y Berlín, hasta ahora; cinco modestas pero queridas bibliotecas a las que pienso volver, sin saber realmente si lo haré. Pero es también cierto que no se puede dejar todo atrás. No todo: hay libros que, siendo como cualquier otro—y esto no debe perderse de vista—se nos presentan durante determinada época como irrenunciables y uno debe cargar con ellos. A finales de los noventa, recuerdo, esos libros fueron mis Carlos Castaneda, mis poemas de Jim Morrison y de Rimbaud, mi No one here goes out alive; alrededor del dos mil tres, mis Salvador Elizondo, mis Gonzalo Lizardo y mi propio libro—único que desde entonces neciamente me acompaña—; a inicios del dos mil ocho, los ensayos completos de Jorge Cuesta y la obra de Severo Sarduy. Ahora mismo no me queda duda: durante el vuelo, en mi maletín de mano, junto con mis almacenadores electrónicos, irá por lo menos la maravillosa novela de Leonid Tsypkin, Summer in Baden-Baden. Viajar con un solo libro, sin embargo, le parecerá a cualquier lector mezquindad. Esta nota pretende resolver cuáles otros me acompañarán, si es el caso, mediante el relato de sus relatos en mí; es decir, de mis lecturas. La prevención se exige: no hablo aquí de libros, sino de mí mismo en ellos. Las maletas están casi hechas, el departamento casi limpio, las cajas de libros casi repletas y en el rincón; todo hecho y todo por hacerse. Angustiado, regreso a los objetos que no quieren ser abandonados y desordeno, hurgo entre los volúmenes y decido tomar más conmigo. En el maletín de mano o en el equipaje, no importa. Arbitrario, paso revista a un selecto, reducidísimo grupo.

La única historia que Tsypkin, médico reprimido por el sistema soviético, decidió legar fue la de un viaje suyo en busca—o persecución—de Dostoievsky; entre las pausas de este sencillo relato está su lectura del Diario de Anna Dostoyevskaya y, aún más al fondo—y esto ofrece ya una idea de lo protagónico, un ejemplo de discreción, una ética y una estética—, está aquel verano en Baden-Baden que pasó con su esposa el autor de Crimen y castigo en 1867. Ya se entrevé la conexión que Tsypkin, haciendo eco a muchos otros, propone: el viaje y la lectura como actividades análogas; ambas mejores si gozan del privilegio de la discreción o aun invisibilidad. Es tal cualidad, más que ficcionalizada, caricaturizada por un autor de la indiscreción y la visibilidad como Vila-Matas, la que más me ha inclinado a preferir, por encima de todos los otros libros, diré, clásicos o al menos vistosos entre los adquiridos a lo largo de los últimos años: verdadera invisibilidad, verdadero bajo perfil literario, lo que, en franca oposición con los valores de nuestros medios masivos de comunicación, es sin duda alguna una virtud, por no decir la mayor de las virtudes posibles. Es fácil, sin embargo, dudar de esta última afirmación: el bajo perfil se quiere, de incio—y a ello se debe la expresión—un defecto o al menos una carencia, pero aquello con que el bajo perfil, en literatura, no cuenta es el peso de lo sabido. La literatura, necesariamente impopular, es aquello por saber.

No es por otra razón que, en contraste con el librito de Tsypkin, abandone ahora mi departamento en Berlín habitado por un par de cajas que el próximo inquilino hallará extrañado: en ellas se encuentran algunos peces gordos—indiscretos y visibles—como el ya mencionado Vila-Matas; el visionario de los actuales estertores occidentales, Roberto Bolaño, los dos filósofos alemanes que por razones no filosóficas más leo—o quizá los únicos—: Wittgenstein y Nietzsche, más algunas piedras preciosas y pesadas como novelas de Juan José Saer, de Mijail Bulgakov, de otro invisible—aunque la gente casi siempre asegure lo contrario—llamado Juan Carlos Onetti. Dejaré también los imprescindibles Cervantes y Rulfos, los san Juanes de la Cruz, los Machados. Y, por supuesto, los libros circunstanciales y premiados, los sin duda prescindibles, los Junots Díaz y los Nettels y los Villoros y los Sadas. No exagero si digo que adoro todos esos libros, aunque quizá no hace falta decirlo. No sólo porque los adoro los he comprado y leído durante las largas horas de estos gélidos inviernos, inviernos de verdad, sino también por eso los he marcado, como la vida marcó a Severo Sarduy con cicatrices que luego él habría de releer y traducirnos: una legítima biografía se esconde en nuestros límites físicos, en la piel, que relata al que sabe mirar. Así con los libros, algunos arrugados por la humedad, otros ya sin color en la cubierta, por el sol, otros sin camiseta, todos rayados a cual más exhaustivamente. Los peores, sin duda, inmaculados.

Eloísa Lezama Lima cuenta en la compilación de correspondencia entre su hermano José y María Zambrano cómo los libros eran para él extensión suya. Durante los dos únicos viajes de José fuera de Cuba, a Panamá y a México, la desesperación y el miedo de estar sin sus libros lo convencieron de que el viaje no valía si no entre páginas. Leer y viajar, casi una misma cosa. Habrá quien diga que la angustia de Lezama no era sino una debilidad y que su penar durante escasísimos viajes no es sino la aceptación de sus flaquezas, doble pecado. Pero es justo este examen de sí, conocido desde Gracián como “la paradoja crítica”, el que nos impide reprochar a Lezama, consciente de sí mismo, su determinación a permanecer en la isla, viajando como pocos entre libros. El fetichismo implícito, la dependencia de la palabra escrita que el poeta cubano acusó entre gritos durante sus viajes, de acuerdo con su hermana, no es muy diferente de aquel que me obliga a plantearme el regreso al abandonar mis libros en las casas que he habitado, ni muy diferente del que Tsypkin, personaje de su propia novela, padece o disfruta al prometerse jamás devolver los diarios de Anna Grigoryevna a su tía, de quien “tomó prestado” el volumen: estos fetichismos son juegos personales, reglas que mantienen al lector en equilibrio con sus travesías-lecturas y con esa relación que hoy se acusa en peligro de extinción entre el lector y el papel impreso. Reglas como travesuras, aunque serias al grado de ser determinantes de quien las plantea y sigue, del jugador; reglas entre las que se cruzan el traslado físico con el mental entre páginas, historias, ideas e incluso idiomas.

A propósito de idiomas, en el famoso ataque de Gombrowicz contra la poesía y los poetas—más relevante hoy que el mal entendido de Platón—, el polaco se excusa de antemano: “mi español es el de un niño”, dice. Por qué atreverse, entonces, a argumentar en esa lengua, suya sólo en fracciones, y por qué sobre todo dirigir tal puya justo contra quienes dominan el español con maestría. Si la discusión de Gombrowicz se quiere beligerante y las armas son justamente las palabras, palabras españolas, por qué el polaco no escribió en sus dominios para luego solicitar a sus amigos, los mismos que tradujeron en grupo Ferdydurke, una versión española. Se conoce de sobra la admiración que el viejo sentía por la juventud. Gombrowicz afirma que los viejos procuran autoridad sobre los jóvenes para no tener que arrodillarse ante ellos; él, sin embargo, no está de rodillas. Su veneración debe mucho a la nostalgia por la belleza y por la potencia sexual ya idas; en esto se parece mucho a las tristezas de Luis Cernuda y Jaime Gil de Biedma. Pero en los tres autores esta emoción y pena frente a la juventud perdida es también—y lo es fundamentalmente para nosotros; lo único que al cabo interesa—un credo estético. Gombrowicz no ataca la poesía; tal sería una batalla inútil. Ataca los vicios generalizados entre poetas: amaneramiento, sobre estilización, esnobismo. La expresión que le interesa es cruda, espontánea, natural. Gombrowicz escribe con el estómago. Al escribir en su español de infante contra los viejos acaudalados de educación, Gombrowicz apuesta por una escritura viva, por una sensibilidad casi infantil. Pero el niño, dice Gombrowicz, se masturba; es fuerza y franqueza, no tiene modales. La inocencia, de acuerdo con Ferdydurke, es un mito, una castración, una cárcel. El viejo poeta reprime con supuestos, pero nunca mostrados, conocimientos, pero el niño Gombrowicz les da de vueltas.

Descubro así el centro de mi interés y defino los libros que ahora mismo no puedo abandonar: la sensibilidad infantil de Gombrowicz. Baudelaire me recuerda que “el genio es la vuelta voluntaria a la infancia” en un ensayo de Jaime Gil de Biedma sobre el tema. No en busca de genios ni del genio en sí, sino de un enriquecimiento generalizado del espíritu, es que el juego—colmo de las humanidades, principio y fin del arte—se revela más que pertinente: necesario. En palabras de Gil de Biedma: “la sensibilidad infantil constituye, por así decir, un campo continuo, y la poesía no aspira a otra cosa que a lograr la unificación de la sensibilidad”. Este “campo continuo” es el territorio del juego. Wittgenstein pregunta: cómo se define la palabra “juego”. La tautología aquí es inevitable. Cada juego es una entidad completa, universo cerrado; desperdicio pero también competencia; alegría y dolor—impensables ambas si durante el juego éste no fuera Todo—continuo inicio y fin de una parcela ínfima de tiempo y espacio, de circunstancia, que es al cabo todo y que a todo da volumen y realidad. Digo continuo inicio y fin, pero siempre diferente siendo el mismo. El juego es a un tiempo regla unívoca y potencia inusitada. El buen juego no habrá de repetir partida alguna. Intocable por el mundo exterior e incapaz de tocar el mundo, el juego es el para sí del infante. Jugar, perder, ganar un juego son consignas infantiles que definen el mundo y al niño mismo. De ahí que cada derrota sea una tragedia por padecer, así como cada victoria una fiesta y vindicación del sujeto y del mundo; ambas, derrota y victoria, sin embargo, pasan en cuanto se acaba el círculo cerrado del juego, por lo que las penas y alegrías, siendo absolutas en su ámbito, son también pasajeras y permiten—ya no al niño: al jugador—, reinventar el mundo. Digo: “es un juego” y resto importancia al asunto. Legítimamente, pero lo importante—siguiendo a E. E. Cummings—no interesa siempre al rico de espíritu—al niño, al jugador, al artista.

Esto es un juego, entonces: ahora que mi equipaje y mis lastres están definidos, siento la ansiedad de nuevo: aquella que me urge a esculcar de nuevo entre los abandonados volúmenes, aquella que me obliga a replantearme y a mis lecturas, aquella que me invita a jugar otra partida. Sé que, tras mirar de nuevo la colección, mis razones y mis libros serán otros y que, como en un juego de azar, llevaré cualquier cosa en mi viaje-mudanza; después de todo, volveré. Eventualmente.

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