Notas Sobre Literatura Zacatecana Actual

para Juan Antonio Caldera Rodríguez

1. ZACATECAS: EL DILEMA
Aunque la actividad literaria en Zacatecas ha sido siempre intensa y vasta, hoy puede decirse que se compone de un cúmulo de voces tan heterogéneas y dinámicas (tan en formación y por lo tanto ansiosas, beligerantes, irreverentes) que se ha convertido en oposición, en enfrentamiento, en choque. Nada mejor, desde mi punto de vista: es justo la pugna la que ejercita el pensamiento de un pueblo y la que, con el paso del tiempo, enriquece la identidad del mismo. Mas el alma colectiva, residente en la literatura, no puede comunicarse, aun a pesar de las mejores intenciones, en una charla de estas características ni en una de cualesquiera otras. Es necesario especificar con mayor agudeza el tema de la plática. Anuncio, pues, “literatura zacatecana actual”, pero enseguida acepto que para entrever tal corpus es necesario permanecer aquí horas y horas leyendo a los autores zacatecanos que nos son contemporáneos, además de enmarcarlos dentro de un contexto (fabricado, fabricado) que nos demoraría incalculablemente. Me doy cuenta, por lo anterior, de la penosa necesidad de ser arbitrario y de seleccionar algunos textos de mi gusto y de mi disgusto para acaso anunciarlos, trazar sus siluetas. Y para, en el mejor de los casos, promover su lectura, su disfrute y, por qué no, su combate.
Consciente soy de lo injusto e incompleto de mi selección, sea la que sea y esté ordenada bajo cualquier criterio, pero también de que no hay modo de abarcar todo. En Zacatecas están trabajando muchos poetas, narradores, dramaturgos y ensayistas de gran nivel (además de otros de al menos gran ímpetu) que merecen mucha más difusión que la hasta ahora obtenida, pero yo he de quedarme con sólo cuatro narradores, a fin de mostrar las oposiciones mentadas desde el comienzo de esta conversación: Alejandro García, Manuel Ramos Montes, Tryno Maldonado y Gonzalo Lizardo. Dejo para otra ocasión el comentario indispensable de ensayistas como Sigifredo Esquivel Marín, Sergio Espinosa Proa y Juan Horacio Garibay, o el de poetas como Veremundo Carrillo, Juan José Macías y Javier Acosta, o el de otros narradores como Juan Gerardo Aguilar, Javier Báez y Maritza Buendía. Dejo sin mencionar aún muchos más. Un detalle importante del aventurado criterio de este comentario es la noción “contemporáneo”, sobre la que quiero insistir: se usa literalmente en este caso; la precisión puede parecer una perogrullada, mas la encuentro necesaria para señalar que no hablo necesariamente de jóvenes nacidos en los ochentas ni de una misma generación, sino de escritores que aún viven y están escribiendo, independientemente de que se lleven más de veinte años de vida, como es el caso entre García y Ramos Montes.

2. ALEJANDRO GARCÍA: EL DILEMA DEL OGRO
Debido a la edad, es justo comenzar con García, autor de los volúmenes de cuentos A usted le estoy hablando y (Perdóneseme la ausencia) y de las novelas La noche del Coecillo, La fiesta del atún y Cris Cris, Cri Cri. El último de estos libros ganó el Premio Nacional de Novela José Rubén Romero, hace apenas tres años debido a su equilibrio entre lo universal y lo íntimo y propio de la provincia mexicana. El fundamento de las siguientes líneas reside en la certeza de que no hay que hacer privilegios, sino acaso sólo unas pocas distinciones, entre lo universal y lo regional, ya que esto forma parte integral de aquello. La generación de García parece estar de acuerdo con ello, según indican sus referentes y sus declaraciones.
En general una de las cosas que no se ha dicho de la generación de García, generación de provincia de los setentas, es que no encuentra sus influencias al interior del país, sino con el fenómeno de los latinoamericanos o europeos o norteamericanos, por ejemplo: es difícil entender a José de Jesús Sampedro en la poesía mexicana, pero es mucho más fácil entenderlo dentro de un contexto de contracultura norteamericana; es difícil entender a David Ojeda en relación con José Agustín, es mucho más fácil entenderlo en relación con Skarmeta.
Sobre el tema del centralismo y la marginación de la provincia mexicana, esta ecuación ofrece ventajas y desventajas: la ventaja es que el escritor logra dar vuelta al problema del protagonismo, porque entiende que está fuera de una tradición netamente nacionalista; la desventaja es que el escritor puede, en efecto, quedar fuera. Cito a García: “por ejemplo, el autor entre comillas más cotizado es Severino Salazar [qepd], pero la visión de Severino es una visión totalmente bucólica de Zacatecas. Puede ser tremenda, puede ser terrible como la visión de Pájaro vuela a tu jaula, pero en el fondo es una visión muy idealizada. En cambio, la visión de Alberto Huerta, es una visión de provincia que no se parece a lo que usualmente manejamos, parecería una ciudad como el Distrito Federal. Creo que una de las ventajas que hemos tenido nosotros es esa mirada con respecto a la provincia que es una mirada a veces implacable, muy contradictoria y que no da espacios para esa idealización arcádica, que a veces se ve en los personajes de Severino”.
Por su parte, Alejandro García encuentra también una afiliación directa con Skarmeta, el Skarmeta sobre todo de Desnudo en el tejado y Tiro libre, ya no tanto con el de El cartero. En los primeros cuentos de A usted le estoy hablando está muy presente Skarmeta, pero en el caso de La fiesta del atún, una novela experimental, no. De nuevo, habla Alejandro: “Yo creo que en el caso de La fiesta del atún hay mucho de Styron, está Saramago y está Tournier. En Tournier, pues la figura del ogro, que me sigue mucho, es una constante por la infancia; Saramago a mí me impresionó muchísimo, me enseñó muchas cosas El evangelio según Jesucristo; en el caso de Styron pues es la tradición faulkneriana, lo que pasa es que a veces uno suena pretencioso al decir ‘yo tengo influencia de Faulkner’, pero en realidad Faulkner influye a través de todos, a través de Rulfo y a través de García Márquez; pero hay mucho de Faulkner también, por ejemplo en (Perdóneseme la ausencia) hay muchas cosas que trato de dialogar con Faulkner como un escritor que está aprendiendo a hacer técnicas. A mí me decía Fernando Nieto Cadena, bajo la tutela de quien escribí (Perdóneseme la ausencia), que lo que yo quería demostrar era que sabía, y a lo mejor es cierto”. Faulkner por un lado y Skarmeta por otro: un escritor técnico más un narrador neto; quizá esa mezcla de influencias ha provocado novelas tan francamente contrastantes como La noche del Coecillo y La fiesta del atún. Así como ésta privilegia el experimento sobre el mero acto de contar, aquélla hace exactamente lo contrario mediante un tono nostálgico sobre el barrio y la niñez.
Entre ambas vertientes se encuentra la más reciente novela de García, Cris Cris Cri Cri, misma que nos muestra, desde el título, una configuración dual. En la primera línea una invitación: Ven, papalote, juega conmigo, ya no te hagas del rogar. Pero el juego de Alejandro no se deja, como el de los cometas, al capricho del viento: la estructura de la novela es, como su título, evidentemente simétrica. Sin embargo esa forma sin sorpresa alguna no le resta a la novela porque la intención del autor no es concretar un final fulminante, sino encantarnos con el desarrollo de cada página. Cristina, la mujer que durante todo el tiempo presente de la narración permanece sentada frente a su máquina de coser, es la protagonista de la novela. Buena parte de su vida es lo que se nos cuenta; dese su niñez hasta el momento de la risa y la borrachera encontradas en una fiesta de barrio. Vida difícil, repleta de necesidades, lo que nos recuerda varias novelas hispanas; Cristina pasa los días pensando en su inmediatez. Hay sueños, por supuesto, pero siempre permanecen en ese nivel, el de la fantasía, de lo irrealizable.
Los temas de lo terrible, la tristeza y la miseria dominan durante la mitad del texto. Pero ese dominio va a ceder: mientras Cristina se afana en terminar un vestido, una fiesta de la vecindad va ocupando el primer plano hasta que gobierna todo el panorama. La novela termina en el clímax de la borrachera, de las rencillas motivadas por el alcohol y de la comunión amable entre la barriada. El lector sabe que no durará ese espíritu, pero tampoco interesa: la risa etílica no sólo cambia un panorama gris: crea otro. La autenticidad de los extremos entre lo terrible y lo trágico no se pone en duda: elementos empatados.
Es común encontrar estos polos en las novelas: Milan Kundera afirma que tales son parte integral del género. Sin embargo hay que notar que el tratamiento que le da Alejandro al tema es particular: mientras La despedida mezcla lo trágico con lo cómico en cada capítulo, Cris Cris… permite que cada polo tenga su territorio. Asimismo, los grandes ejemplos hispánicos de esta conjugación temática, como El Quijote o El Lazarillo de Tormes, funden también dichos elementos. Alejandro separa la vida áspera con la comunión festiva justo como en temporadas cortas se invertían los valores en la Europa Medieval, durante el carnaval. Sin duda la participación de Cristina en la fiesta después de tanto rogar es una licencia: tras la fiesta tendrá que vérselas de nuevo con la vida, tendrá que trabajar veinte horas para alimentar a sus hijos, soportar las intrigas y las estafas de la comunidad, tolerar la agresividad de su suegra; la risa es parcial, momentánea, pero legitima la existencia. Al leer la novela entendemos que Cris Cris es la vida amarga, y Cri Cri es el juego, lo lúdico.
Frente al pesimismo de Cristina, frente a sus temores fundamentados; frente al espanto del escritor por la tendencia a novelar cualquier cosa por cualquier pretexto, frente a la duda sobre si morirá la novela como arte más allá de la modernidad debido al ahogo en su propia mierda, Alejandro García ríe. Porque tal es la única forma que tenemos para perpetuar nuestra tradición y, por lo tanto, perpetuarnos. Si el arte como lo conocemos se termina, si los géneros literarios se trastocan de tal suerte que ya no los podamos reconocer en el futuro, si la tragedia domina, por un instante, el panorama, siempre existe la posibilidad de echar a reír leyendo novelas como Cris Cris…, reír y comprender a la vez. Ceder, como en la estructura aludida, el paso al juego. Y para eso hay que aspirar a lo más alto: dejar de lado los sueños de fama y fortuna y pensar en inscribirse en tradiciones que superen la siempre acrítica moda editorial. Mucho le falta a mi generación para dominar esas ansias pueriles; sin embargo encontramos en la más reciente obra de Alejandro García un buen ejemplo. Sobre esto, García opina: “primero veo que el nivel del pleito ha subido [con los escritores jóvenes]. No es con un pasado lejanísimo con quien se está peleando en cuanto a las prácticas literarias. Yo veo calidad en lo que hay. A veces no lo menciono porque luego nada más entresacan lo que quieren que se entresaque, entonces también acuérdate que no mencionar es importante en esto. Pero yo veo un buen nivel […] ¿Qué ha generado eso? No lo sé. El asunto es, hasta qué punto vamos a seguir jugando con los poderes y hasta qué punto vamos a seguir jugando con los protagonismos o con las acusaciones o ese tipo de cosas; entonces, si pudiera haber una especie de acompañamiento en el sentido de romper ciertos topes y acompañarnos para llegar a otro nivel, pues sería lo ideal. […] Y eso es lo que me parece importante: hablar de una literatura en Zacatecas donde por lo menos pueda estar Sampedro, Severino, Salmón, Víctor Hugo Rodríguez Bécquer, Uriel Martínez, toda esta generación […] yo creo que lo ideal es que salgamos todos, el otro día le decía eso a Maritza [Buendía] en un e-mail: “yo preferiría pensar en un Siglo de Oro que en un Cervantes nada más”, entonces como que trabajamos más para que haya un Cervantes –y al final de cuentas no lo hay– que para que haya toda una generación. O sea, si tú ves el Siglo de Oro español, cuántos escritores hay y de qué nivel; y se odiaban pero eran de un nivelazo. Pero acá nos peleamos por las migajas. Creo que eso es lo fundamental: un espacio en donde nos podamos pelear, rayarnos la madre, dejarnos de hablar, pero al final de cuentas seguir construyendo y no un espacio en donde seamos totalmente supeditados a esto.
Narración y experimentación, centro y margen del país, pluralidad y ambiciones personales; tales son las preocupaciones primeras de Alejandro García, un escritor que ha hecho mucha escuela en Zacatecas. Es lo que llamo el dilema del ogro.

3. MANUEL RAMOS MONTES: EL DILEMA DE LA ORIGINALIDAD
La mesura acusada en García hace falta en otros narradores zacatecanos. Para ejemplificar mi aserto pretendo comentar, quizá con excesiva brevedad, la obra de tres de nuestros mejores narradores. Manuel Ramos montes, el más joven de los tres y autor de El inconcluso decaedro y otros relatos, se opone deliberada y radicalmente a la pretendida estética de García. De nuestra correspondencia se desprende una prisa descomunal por hallar la frase perfecta, trascendente y, sobre todo, original, signo de la más enfebrecida vocación literaria. Tal prisa es, según mi parecer, una virtud envidiable, pero una que puede trocar en grandes defectos. De acuerdo con su generación (Manuel cuenta apenas 25 años), y de acuerdo con la aceleración que el mundo editorial le ha impreso al literario, tanto él como Tryno Maldonado y Gonzalo Lizardo evitan referencias explícitas a Zacatecas –unos más que otros–, en afán de universalidad. Proceso inverso al de los poetas en nuestra provincia, pero también al de Rulfo o Chéjov en el mundo. Para mí es claro que tanto Ramos Montes como Maldonado y Lizardo han tomado ese camino influenciados además por el irreprochable Borges (Quizá Lizardo más por Macedonio Fernández y Salvador Elizondo). Pero Borges, como sabemos, no evita su “Buenos Aires de sueños”, no lo hace ni cuando habla de ingleses, escandinavos o árabes: basta para comprobarlo releer el prólogo que el argentino escribió al conjunto “Artificios”, parte del libro Ficciones.
Pero iré por partes: Carlos Hinojosa, quien prologó la primera obra de Ramos Montes, apunta con gran acierto dos cuestiones capitales en los cuentos del joven zacatecano: la crítica del tiempo y el rechazo de lo ordinario, entendido como lo inmediato, y por alguna distracción, entendido también como lo naturalista y aun acaso como lo mexicano. ¿Deduciremos que un escritor zacatecano debe olvidar o eludir las dos condiciones que lo definen? Tratemos de comprender este titubeo mediante una cita: “El problema es que, desde hace bastante tiempo, no ha habido ninguna sorpresa en los ‘predecesores’ de los narradores mexicanos: Rulfo, Borges, Cortázar, García Márquez […] en vez de realizar una propuesta para el futuro de la narrativa, la gran mayoría de autores nacionales siguen anclados en el pasado”. La confusión es muy clara: la literatura, y éste es un mal generalizado, está sufriendo el embate de la moda. La cita, muy de su tiempo, ejerce una crítica literaria excesivamente moderna y poco pertinente. Si no, ¿qué querrá decir eso de “propuesta para el futuro de la literatura”?, ¿qué aquello de “anclados en el pasado”? Aquí se olvida que la literatura es el conjunto de obras literarias, y no otra cosa. Ese conjunto es el pasado, es la tradición; más que estar anclados en él, se podría decir que nos debemos a él, que en él está ya, potencialmente, lo que vendrá. Nuestra época ha sido tan soberbia que, gracias a la concepción del tiempo lineal, ha creado el mito de la originalidad, y el de la jerarquización en función de épocas, por el cual se cree que lo más reciente es lo mejor, tanto más si es “original”, originario de sí mismo.
Cómo se fundamenta esta idea en el prólogo de El inconcluso decaedro y otros relatos: alabando las referencias implícitas a Henry James, Lovecraft y Rubén Darío que contiene el libro de Ramos Montes. Es decir: alabando los asomos del autor hacia el pasado. Pero, ¿acaso es más valioso o trascendente, más válido o necesario el pasado de Joyce que el de Revueltas? No, seguramente, porque jerarquizar la literatura en función de la nacionalidad o de la lengua ha sido siempre un acto reconocido por su inconsistencia y necedad. Hinojosa acierta al señalar las líneas principales de los cuentos de Ramos Montes: es el cuentista quien sí ejerce una crítica inteligente y necesaria al tiempo lineal, quien ayuda a comprender las atrocidades de la historia reciente, quien altera y por ello revitaliza las mitologías universales, quien invalida toda respuesta directa y univoca para, sí, combatir la desmemoria, mas también la inconsistencia. Manuel Ramos no es quien convierte en desdén la distancia temática y formal entre su trabajo y el de clásicos mexicanos. Sus aciertos residen, más que en la pretendida e ilusoria originalidad, en la honestidad de su prosa, en su urgencia por contar historias, en su premura escritural. La narrativa de Manuel parece ir aprisa; colma la página con léxico, más que amplio, extravagante y no deja un solo hueco potencial para adjetivo alguno. Quizá ese ímpetu lo hace tropezar, alterar la limpieza de la idea, pero a cambio ofrece gravedad bien sostenida mediante la negación del conocimiento unívoco. Juzgo que es tal el objetivo de El inconcluso decaedro y otros relatos, que ya desde el título acusa lagunas intelectuales, geométricas, científicas, metafísicas o discursivas. La obra de Manuel Ramos Montes nos dice dónde y por qué hay un vacío, una alteración del orden, un trastrocamiento. No me parece poca cosa.

4. TRYNO MALDONADO: EL DILEMA DE LA UTILIDAD
Como él, Tryno Maldonado es un caso particularmente caro para la literatura de Zacatecas. Su primer libro, Temas y variaciones, comparte con el de Ramos Montes la prisa y el afán de tragarse el mundo de un mordisco. Comparte también la ambición y la gravedad de los temas; el primer libro de Maldonado me parece bastante limpio y atractivo, profundo y calibrado. Según mi juicio, uno sólo es el defecto: las referencias del autor son demasiado obvias, los cánones que persigue y los escritores que admira no sólo están implícitos, como es natural, sino en la superficie, ocultando lo que podría intuirse que es la voz del autor. Si he escrito ya que mirar el pasado no sólo es necesario sino inevitable, también debo agregar que esa mirada no debe estar entregada sin condiciones. Maldonado no tendría por qué querer ser Borges, igual que, al personaje del argentino, “Ser, de alguna manera, Cervantes y llegar al Quijote le pareció menos arduo […] que seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote” Independientemente de lo anterior, el primer libro de Maldonado ha sido celebrado como es justo y ha abierto expectativas sobre sus próximos trabajos.
Hemos recibido ya uno de tales próximos. Viena roja, la primera novela de Maldonado, apareció este año con una distribución envidiable. Visto desde tal perspectiva, Viena roja es un gran logro de Maldonado que vale la pena tener en cuenta; desde un punto de vista estrictamente literario, sin embargo, cabe comentar dos cuestiones, la de la necesidad de la literatura y la de su utilidad.
El prólogo de Temas y variaciones, escrito por Alberto Chimal, comienza con una afirmación bastante discutible: “En estos días una enorme porción de los escritores más jóvenes de México parece empeñada en demostrar que la literatura es innecesaria”. No por lo dicho, sino por el juicio de valor implícito, es que me parece la anterior cita confusa o confundida. A ello hay que sumar la secuencia lógica de Chimal: “Por esa razón buscan [los escritores más jóvenes de México] la contundencia y la simplicidad a costa de cualquier otro mérito”. Cómo llegó el prologuista a ligar la primera idea con la segunda sigue siendo un misterio, aunque tampoco parece muy importante. De otro orden es la confusión derivada de lo que Chimal siente necesario. Porque—lo he dicho ya antes—la literatura es innecesaria y en ello radica parte de su naturaleza, de su valor y de su goce. Me parece que excusar la literatura con una supuesta necesidad es tanto como querer emparentarla con las ciencias para volverla útil o, al menos, demostrable. Todas esas intenciones, aunque positivas, pecan de inocentes y poco comprensivas del fenómeno literario. Recién escuché de una profesora que la literatura sirve acaso para desasnar, pero eso no quiere decir que comprometamos nuestras líneas con una labor pedagógica, sino que al leer uno u otro texto bien hecho—todos prescindibles por separado—conocemos aspectos de la condición humana.
Pero estamos hablando de Maldonado. La razón por la que refuto aquí a Chimal se halla en Viena roja, una novela que ha confundido su posibilidad de ser escrita con una falsa necesidad de ser escrita. La novela narra episodios capitales de la vida de Friedl Aichinger durante el principio del siglo XX. De nuevo nos encontramos con la fuga deliberada de México y su contexto actual, algo que no es reprochable en sí mismo, sino cuando esa fuga parece ser un fin y no un medio—lo mismo podría decirse de una literatura contaminada por nacionalismo ciego. Los problemas de la novela, sin embargo, son otros: La voz de Viena roja no es personal, no es individual—fuera de las objeciones de Bajtín o Paz a la posibilidad de que cualquier voz sea individual—; esa voz es más bien un eco, una repetición de algo que no sabemos precisar dónde hemos escuchado precisamente porque hemos escuchado demasiadas veces en demasiados lugares. No me refiero exactamente al “lenguaje calibrado” que el mismo Maldonado me ha subrayado en correspondencia personal, sino a la intención y al sentido del mismo. Me refiero a lo universalmente conocido como lugar común que, por lo que se espera de un autor serio, es inadmisible. Estamos de nuevo ante el tema de la utilidad de la literatura: Maldonado se ha esforzado demasiado en plasmar mensajes, sobre todo morales, en su novela en detrimento de la misma. Ha sido muy claro y ese es el principal defecto del libro. Y además lo ha hecho sin considerar contextos, dañando con ello la tan mentada verosimilitud. La sicología de Friedl es chocante. Pero no sólo quiero decir con esto que el personaje caiga mal, sino que casi nunca tiene una causa ni un efecto profundo; es una mujer caprichosa con estandartes que la rebasan medio siglo; está parada en un pedestal de moral injustificado desde el cual señala a todo mundo y eso, más allá de la discusión alrededor de la literatura comprometida, acentúa las lagunas y huecos de lo que—injustificadamente acaso—quiero reconocer como la pulpa de la novela: cómo reacciona el ser humano ante una adversidad límite y sostenida, uno de los grandes incisos de lo que llamamos la condición humana.
Pero lo importante no es señalar posibles defectos de una obra literaria, sino localizar las causas de los mismos para ofrecer una propuesta de solución. Por eso he mencionado el prólogo de Chimal, ya que es precisamente la idea de necesidad de la literatura, una necesidad que puede seguir siendo discutida, la que nos conduce al oficio pedagógico dentro de una novela. Si Viena roja no se sostiene en ocasiones es precisamente porque es una novela interesada en educar a los lectores desde una moral bastante ordinaria, simplista y anacrónica. Y temo que ese afán, que no existe en el sano Temas y variaciones, se deba a una mala lectura del prólogo de Chimal, y a algunas otras.

5. GONZALO LIZARDO: DESPUÉS DEL OGRO
Este punto lo entiende bien Gonzalo Lizardo, uno de los narradores más maduros del Zacatecas actual. Lizardo tiene una formación bastante sólida que va desde las ciencias hasta la filosofía, la pintura, la música y la historia del arte; esa característica lo ha convertido en un autor arduo y poco amable con el lector, por lo que recientemente se le reprochó su inteligencia bajo el entendido de que ésta debe ocultarse. Sin embargo, considero extraño que a alguien se le acuse de ser inteligente, de calibrar cada elemento de la trama o de tratar de confundir al lector mediante elaborados artificios. Recordemos que México es un país que nunca abandonó el barroco del todo. Lizardo ha publicado los libros de ficción Azul venéreo, Malsania, El libro de los cadáveres exquisitos y, recientemente, Jaque perpetuo. Dista mucho de ser el apresurado joven de veintitantos años, lo que lo lleva a organizar proyectos unificados y de enorme densidad filosófica.
A menudo el mundo de las letras ofrece pretexto para dejar de llamarse «mundo» y, con más frecuencia, «de las letras». Según nuestras acertadas frases hechas, aquél no es «el mundo» porque no están todos los que son, ni es «de las letras» porque no son todos los que están. Con frecuencia los diletantes o los genios incomprendidos obtienen por algún motivo una publicación aquí o allá y los verdaderos escritores esperan el momento adecuado, el de la tan procurada buena factura, el del relieve y brillo, el de la eufonía y la diversidad de sentidos para salir a la luz tras largas jornadas de trabajo. (Un paréntesis: entiendo aquí que los «verdaderos escritores» son quienes conocen tradición y oficio, y entablan diálogos cifrados, inteligentes e inspiradores, con ambos—tradición del oficio, oficio de la tradición.) Ejemplos de tales excesos y carencias sobran en la escena nacional, sobre todo en esta época—sana por demás—en la que un autor medianamente célebre publica un libro por año, promedio. Pero que todos nosotros—y aquí la ambigüedad es forzosa—estemos publicando nuestros ejercicios, divertimentos y caprichos para orgullo nuestro y de nuestros más allegados no impide celebrar la publicación de un libro inspirador.
Jaque perpetuo es buen ejemplo de lo anterior. Se trata de una novela dividida en siete relatos que, al igual que Ramos Montes en “Estrellas de lluvia” y Maldonado en “Variación sobre temas de Murakami y Tsao Hsue-Kin”, ataca lo cognoscible y lo temporal. La ambición de esta clase de temas es enorme: se trata de los dos conocimientos milenarios de Occidente y Oriente, según Octavio Paz: la crítica de la realidad y la crítica del tiempo. Jaque perpetuo desarrolla tres personajes principales que se reencuentran en diferentes tiempos y espacios, parafraseando las posibilidades del eterno retorno nietzscheano. El resultado es la alternancia de roles entre los protagonistas que pasan de víctimas a victimarios, de sueños a soñadores, de portavoces del destino a personajes trágicos.
Aun a pesar de lo dicho, la novela ha causado extrañeza porque rechaza deliberadamente algunas condiciones casi obligadas de la narrativa de taller: en Jaque perpetuo los personajes, yupis adolescentes o clasemedieros trabajadores o mineros coloniales, hablan como poseídos, se obsesionan con perversiones exageradas y no vacilan en dibujar, de buenas a primeras, esquemas de su concepción del universo. Esas actitudes, por supuesto, atacan directamente la premisa aristotélica de la verosimilitud. Mas no la atacan por error o distracción, sino deliberadamente; Gonzalo Lizardo está interesado en rechazar con violencia el mundo de la realidad bajo el argumento de que sus construcciones, aunque improbables, obedecen a sus propios órdenes internos, órdenes suficientes para vislumbrar nuevos mundos, nuevas leyes irrefutables que destruir.
Bajo ese atípico método, Gonzalo muestra también nuestras pulsiones ordinarias, señala con pasmosa naturalidad nuestra vocación para la traición, para la mentira y para imponer nuestra persona sobre los otros. La naturaleza destructiva del ser humano y su fascinación por lo maldito nos llevan a la conclusión de que el amor y las mejores intenciones, como en el caso de Edipo, no florecerán más que en forma de muerte trágica, en el mejor de los casos. Frente a esa terrible posibilidad, la esperanza no puede ofrecer más que un reconocimiento del espíritu y una exploración mesurada de cada instante, por separado, de ahí la sugerente concepción del tiempo que Gonzalo maneja, en la cual es posible repetir todo, y conjugarlo para comprender, al menos, que el fundamento teleológico de la vida no es otro que la misma muerte. Es como detener el río heraclíteo, analizarlo y manipularlo bajo esa condición. Por eso Rael Leary se arroja a las llamas del Paricutín con sus partituras en la mano, porque la experiencia artística ha sido tan plena, que tras ella no ha de quedar más que la muerte: el principio y el fin, el todo y la nada, el eterno retorno y la suspensión incesante del universo, o, lo que es igual, del alma.

No he comentado más que algunos aspectos de algunos autores zacatecanos. No hay manera de ir más allá en este momento. Sin embargo estoy interesado en subrayar una cuestión capital: que todas las voces parcialmente comentadas se conocen entre sí y han entablado una comunicación franca o indirecta; en Zacatecas la narrativa—y la poesía, y el teatro, y el ensayo—goza de una salud que en algo semeja la nostalgia de Alejandro García por el Siglo de Oro español: las distancias, hay que decirlo, permanecen inabarcables, pero la autenticidad, la pasión y la vocación con la que trabajan los escritores, con la que se enfrentan, es igual de auténtica, igual de vital. Muchas son las propuestas y muy diferentes entre sí. Y, hasta donde entiendo, eso es digno de encomio.

AGUILLÓN-MATA
Octubre de 2005

2 thoughts on “Notas Sobre Literatura Zacatecana Actual

  1. Hola. Sólo por si llega a servir de algo, diré que esa porción del prólogo a la que te refieres no implica un juicio de valor. Sería más simple y exacto decir que es un error: no fue la primera vez que cometí uno y ese texto es, en general, uno del que me arrepiento, aunque más por otras razones.

  2. Hola, Alberto. Gracias por tu comentario. Ahora mismo estamos recordando textos ya muy viejos: es normal que nuestras perspectivas hayan cambiado, mucho o poco. La intención de este blog-archivo es recordar cómo eran aquellas discusiones entonces. Al mismo tiempo, sí sirve de mucho saber tu opinión actual al respecto. Saludos.

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