Sobre “Eva”, de Ramón López Velarde

La mujer, a lo largo de la obra de Ramón López Velarde, es equívoca protagonista. O quizá valga precisar: múltiples y aun opuestas ideas sobre la mujer son escurridizos y confusos motores de la poesía lopezvelardeana. La mujer cotidiana que satura el ambiente, o mejor: las mujeres cotidianas, cada una demasiado tema para Ramón; virgen de provincia y citadina sibila de la masculinidad del poeta. Tan abundantes son las figuras femeninas como lo son las expresiones que les dedica el jerezano, y los sentidos de éstas. Ya en “Lo soez” Ramón López Velarde se disculpa: “Pero es que nada puedo entender ni sentir sino a través de la mujer”. Esta frase, digna de camaradería y aplausos en el ambiente de cantina mexicana –significativo siempre, pero en este caso fatalmente simplista–, adquiere su cabal dimensión poética y vital con su complemento, que López Velarde apura enseguida: “Por ella [la mujer], acatando la rima de Gustavo Adolfo, he creído en Dios; sólo por ella he conocido el puñal de hielo del ateísmo”. Otro de los elementos capitales en la poesía del jerezano: la religión; y sobre todo, en relación con la mujer.

A esto se debe, de seguro, el casi retrato del último López Velarde que debemos a Alí Chumacero: “Enemigo de dudas religiosas, pero amigo de tinieblas terrenales”. En efecto, parece que el poeta de Jerez había fortalecido, tras una larga serie de dudas y certezas, idas y vueltas, su convicción religiosa y había terminado por dar a su fe el lugar que le corresponde: uno paralelo al otrora también conflictivo hedonismo –exagero un poco– terrenal. Si antes una, la religiosidad, se oponía a lo otro, lo terrenal, al final de la vida de Ramón estas oposiciones parecen, como puede deducirse gracias al testimonio de sus cercanos y al que podemos extraer de la riqueza ideológica de Zozobra, El son del corazón y El minutero, pese a cierto dinamismo, estar en paz. Pero este es un estar en paz, ya se dijo, dinámico, que dota a la poesía de mayor gravedad y relieve. El hombre ya no piensa que debe renunciar a su religiosidad para acceder a los placeres de esta vida, ni al revés, pero es esta franca distinción, cuando no oposición de los mundos material y espiritual, lo que hace del poeta uno mayor y, como lo llamó Xavier Villaurrutia, poliédrico.

Otro rasgo conocido de López Velarde es su soledad, “única compañía inseparable” suya, según Chumacero, quien juzga que “cuando evoca la figura femenina, elogia algo que apenas podría manejar entre sus manos, habla casi siempre de una posibilidad, de una materia abatible por sus sentidos” (loc. cit.). De este modo López Velarde se aleja del mundo al describirlo: su cotidianidad, su llamado a los objetos y sentimientos de la vida diaria, ordinarios, tiemblan hasta parecer al lector desconocidos por su inesperada –aunque tan precisa– adjetivación. Así con el conflicto entre lo terrenal y lo trascendental, que en López Velarde no puede sino ser católico. Entre las manos del poeta, este conflicto se relativiza hasta el punto en que encuentra su origen en las mismas figuras femeninas.

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“Eva”, texto que cierra El minutero, confirma las anteriores especulaciones y muestra al lector un ejemplo del López Velarde más maduro, conciliador de contrarios. Desde el título, el jerezano indica que, en las diecisiete líneas siguientes, el tema será uno y múltiple: Eva alude al mundo cristiano y, tratándose de López Velarde, al católico; Eva es también la primera mujer y al mismo tiempo la primera pecadora; es la madre de todos, pero también representa una, la primera y por tanto esencial, figura erótica. Ninguna de estas facetas se desaprovecha en ese poema en prosa.

El texto abre con una declaración de amor a Eva, llamada Madre de las víctimas por ser ella, como se ha dicho, la primera pecadora y primera víctima de la ira divina. Pero se trata de una declaración que se permite cierta ambigüedad: la sintaxis no impide que la cláusula “creciente cada año” se refiera a “mi amor” tanto como a “el horror de la tierra”, con lo que la anterior no sería sino una llamada a Eva en vocativo, tal como lo es “Madre de las víctimas”. En tal caso, el texto diría –un poco forzado, es cierto–: “Porque tu pecado sirve a maravilla para explicarlo, el horror de la tierra, creciente cada día, se desboca hacia ti, mi amor, Madre de las víctimas”. Si bien es cierto que esta construcción es algo torpe por poco económica, ya que cuenta dos vocativos, también hay que notar que Eva merece el amor creciente del poeta tanto como la carga del horror de la tierra, por ser ella, aunque apenas simbólicamente, la causa del mismo horror. Obsérvese que esta posible lectura, que indudablemente es secundaria, no se incomoda con el corazón cada vez más desenfrenado ante la ira de Jehová, ni con el resto del texto.

Enseguida sobresale el juicio, no exento de ambigüedad, que López Velarde arroja sobre uno de los posibles elementos de lo que ya ha llamado el horror de la tierra: aquel que ha hecho de Caín –a quien no por nada evita nombrar el poeta– “símbolo de la  energía y de la perseverancia”. Reconciliado con su fe, López Velarde no puede aceptar el encumbramiento del primer asesino, mismo que tiene lugar en un mundo que antepone el bienestar propio al colectivo. Otra forma de hablar del pecado, en términos católicos, y del mal, en términos generales. Pero se ha dicho que “Eva” es un poema en prosa, y no un ensayo ni, mucho menos, un panfleto, además de ser López Velarde un poeta muy poco interesado en aleccionar al mudo. Cuando el autor se refiere al “laicismo pedestre” de quien elogia a Caín, bien puede entenderse la expresión contra la entonces incipiente modernidad, cuyo pragmatismo la ha inclinado a ser tan relativa en cuanto a la elección de sus figuras míticas. O no es imposible que la puya se dirija contra los valores románticos, que han visto en Caín, así como en tantos otros personajes abyectos, esa fortaleza acusada por el poeta zacatecano. El negado encumbramiento de Caín se debería, en tal caso, a razones estéticas.

Enseguida López Velarde se identifica con Abel, víctima bañada en sangre, y por tanto admite su relación de ascendencia con Eva, a quien pide cobijo. Abel parece en esta escena héroe romántico –ya no su hermano– y Ramón subraya su condición melancólica del desprotegido y solitario ya señalado por Chumacero. Pero cómo podría entonces el corazón del poeta vestir –esto es: proteger– a la propia Eva, madre suya. A través de los siglos, Eva justifica y por tanto protege a los hombres, quienes, por su parte, le dan sentido. Eva y su descendencia, los hombres, mantienen, según el poeta, una relación de interdependencia basada en el amor y en la protección. De nuevo, Eva es la mujer, Eva es la madre.

Pero ante todo, la mujer. Lo que espera el poeta de Eva es, ya se dijo, protección, pero ésta no necesariamente ha de ser la de la madre: el hombre cuya “única compañía inseparable” es la soledad encuentra en la pareja ideal, símbolo mayor de todas las equívocas mujeres, el cobijo –ideal también; esto es: imposible– de una mujer sexuada. Y ya que el poeta, como todos los hombres, ha llevado la pena de Eva en la misma medida, merece compartir el destierro con ella, de igual a igual (de nuevo: como todos los hombres). Merece la anulación, imposible, de su soledad. Por esta razón López Velarde pide a Eva “que vengas, desde la intemperie de la expulsión, a agasajar la inocencia de mis ojos con el arquetipo de tu carne”.

Si bien la obra madura de López Velarde está colmada por la tensión entre los temas señalados al principio, a saber: la mujer, la soledad y la religión (o de modo más abstracto: lo terrenal, lo lírico y lo trascendental), es en el ejemplo magnífico de El minutero donde el lector tiene la perfecta conjunción de estos temas al inicio y final del libro. “Obra maestra” y “Eva” son dos expresiones, ya apologéticas ya dolorosas, de la soledad del poeta. Imaginan ambos textos –y aun otras prosas del mismo libro– las intrusiones y los complementos que inevitablemente ofrecen los otros en la vida íntima. En vida, debido un poco al pronto deceso del poeta, Ramón se resolvió por la soledad. En su poesía, la expresión más sincera suya, esa decisión nunca fue tomada.

Como puede verse, el texto de López Velarde concede a la imagen de Eva todas sus cualidades tradicionales; al mismo tiempo, la dota con las obsesiones del poeta sobre lo femenino, ya confesadas en esas dos líneas magistrales de “Lo soez”. Permeado todo esto con la figura del bardo solitario que vive impresionado por el mundo cotidiano, “Eva” se nos ofrece, como quiere para sí a su primera madre el poeta, bajo el resguardo de lo conocido y con los peligros de lo ignoto.

Aguillón-Mata, enero de 2007

Eva

Porque tu pecado sirve a maravilla para explicar el horror de la Tierra, mi amor, creciente cada año, se desboca hacia ti, Madre de las víctimas. Tu corazón, consanguíneo del de la pantera y de el del ruiseñor, enloqueciéndose ante la ira de Jehová, que te produjo falible y condenable, se desenfrenó con la congoja sumada de los siglos. La espada flamígera te impidió mirar el laicismo pedestre que habría de convertir al verdugo de Abel en símbolo de la energía y de la perseverancia. Pon mi desnudez al amparo de la tuya, con el candor aciago con que ceñiste el filial cadáver cruento. Mi amor te circuye con tal estilo, que cuando te sentiste desnuda, en vez de apelar al follaje de la vida, pudieras haber curvado tu brazo por encima de los milenios para pescar mi corazón. Yo te conjuro a fin de que vengas, desde la intemperie de la expulsión, a agasajar la inocencia de mis ojos con el arquetipo de tu carne. Puedo merecerlo, por haber llevado la vergüenza alícuota que me viene de ti, con la ufanía de los pigmeos que, en la fábula de nieve, conducen el cadáver cuyas blancas encías envenenó la fruta falaz.

Ramón López Velarde

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