1. Elegías de Federico García Lorca y Emilio Prados

Porque todos, todos,

esperan ser alguna vez llamados por su nombre,

por su propio nombre que nadie conoce; ni ellos…

María Zambrano

Dos Ideas de la Muerte

Era 1937, durante la Guerra Civil Española, cuando Emilio Prados seleccionaba el material poético, hoy conocido como Homenaje a Federico García Lorca, contra su muerte, que Ediciones Españolas se encargaría de publicar. Que la “Estancia en la muerte con Federico García Lorca” ya conociera los honores de la imprenta gracias a la revista Hora de España, desde julio del mismo año, no obstó para que la elegía, de Prados, se incluyera en el libro-homenaje contra uno de los crímenes más sentidos por la cultura hispánica moderna, si no el más, y acaso por la universal. Mas Prados, poeta malagueño, tan sólo un año menor que Lorca, amigo suyo desde la infancia, no replicaba simplemente a un atroz, tanto más por absurdo, asesinato: replicaba, renovándola, a la tradición elegíaca española—y, de nuevo, universal—, a la maestra manifestación lorquiana del mismo género, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías,[1] a la voluble amistad, que por íntima e intensa tuvo que conocer algunos sinsabores, y replicaba, sobre todo, lo sigue haciendo, a la poesía anterior suya, encausándola y llevando la vena del malagueño a lo que sería, años más tarde, durante su larga y definitiva estancia en México, el tema principal del conjunto de su obra. Actualmente, gracias a que el tiempo ha pasado, es posible señalar el recorrido que los versos de Prados siguieron, rumbo a lo inefable y acariciando peligrosamente la oscuridad conceptista y el pensamiento filosófico.[2] La justicia del adverbio reside en el debate que ha suscitado este asunto entre los críticos, y que los lectores de Prados habrán recordado enseguida: algunas de las virtudes de la poesía de Emilio, sobre todo la última, se deben a esta caricia peligrosa, a este conflicto introspectivo e intensísimo que llevaba al poeta a lamentarse por no poder decir su pensamiento, por no haber alcanzado la precisión del lenguaje a que su espíritu lo urgía.[3] Si apresurado, cualquier lector podría acusar a Prados de ignorar que, parafraseando a Octavio Paz, la poesía no quiere decir más de lo que dice; en efecto, esa búsqueda vital de un lenguaje no inventado que habría de revelar lo trascendente, la totalidad, y que tanto desvelaba a Prados es lo que su poesía dice. Búsqueda; jamás encuentro.

Pero esto vale para el Prados posterior al que me ocupa, el que está condenado a esculcar entre las posibilidades del lenguaje en pos de una expresión que, al concretarse felizmente, felizmente se deshace—lo que también recuerda a Paz. En “Estancia”, en cambio, hay búsqueda del amigo asesinado, encuentro y permanencia—de lo que me ocuparé detalladamente líneas abajo—a diferencia de la reinvención lúgubre que, por su parte, hace Lorca en Llanto, obra última y magnífica, tenida en cuenta por Prados al escribir su propia elegía. Sobre el poema de Lorca, la crítica ha dicho, sin desperdiciar la certeza que el pasar del tiempo nos ha conferido, que cierra con absoluta coherencia la escritura de un poeta dedicado casi por entero a la muerte. Hoy es difícil poner esto en duda. Sin embargo, en vida de Lorca y aun poco después de muerto, quienes lo conocían destacaron una y otra vez la alegría de su carácter, contrastante con la gravedad de la muerte como tema. Sólo sus más cercanos amigos y sus mejores lectores veían en la franca sonrisa y en la espontánea carcajada la careta del dolor, tan bien conocido por Lorca, dolor que halló en vida mil manifestaciones y en literatura causas y efectos. Dámaso Alonso, Luis Cernuda y Emilio Prados fueron unos de los pocos amigos y lectores de Federico que comprendieron temprano éste, su lado oculto. Un testimonio de Alonso:

Algo que profundiza en el conocimiento de sus gracias: el temor al «trece»: por una parte, es cosa de por sí graciosa; de otra parte, lo sentimos aproximarse a algo que junto a las gracias o por debajo de ellas, o a veces mezclado con ellas existía: profundos miedos y a veces terrores. […] El jovial, el graciosísimo humorista, tenía una vetas ocultas de espanto, de terror, de presentimiento y presagio. Estas vetas estaban ocultas, pero se dejaban ver algunas veces en su vida y muchas más en su poesía.[4]

Por su parte, Cernuda: “El público no sabía que Federico García Lorca, aunque pareciera destinado a la alegría por su nacimiento, conociera tan bien el dolor […] Ahora no sorprende hasta que punto la muerte fue tema casi único en la poesía de Federico”.[5] “Ahora”, dice Cernuda, que Federico ha muerto y que su obra puede verse, en cierto modo, completa. Es justo esta apreciación la que ha llevado a Ángel del Río a señalar sobre Lorca que “Si todo su teatro se dirigía hacia la tragedia, y en ella se logró con mayor plenitud, toda su poesía venía a convergir en lo elegíaco”.[6] Tragedia y elegía: dos géneros del dolor y de la muerte. Mas de inmediato hay que precisar: dolor y muerte, en poetas como Lorca y Prados, no excluyen sus opuestos: gozo, vida. El lenguaje del poeta, del buen poeta, desprecia lo unívoco y en las dos elegías que me ocupan, particular pero no exclusivamente, la equivocidad se consigue ya con un lenguaje antiquísimo, de claras implicaciones míticas, ya con la intención de sumar la totalidad del tiempo en un instante, las conciencias en una sola, las vidas en la vida—y la muerte—, como hasta ahora ha señalado la incansable y minuciosa crítica literaria. En el caso del Llanto, la luna, protagonista en no pocos momentos lorquianos, el mar, la vida y la muerte recuerdan su naturaleza cíclica, así como su jerarquía en toda empresa humana. La tragedia de un Perlimplín, por ejemplo, implica la manifestación del amor y, acaso, la redención de Belisa; la muerte de Adela, en La casa de Bernarda alba, es al mismo tiempo su afirmación urgente; del mismo modo, en Llanto: “Por las gradas sube Ignacio/ con toda su muerte a cuestas”, y más adelante: “No te conoce nadie. No. Pero yo te canto./ Yo canto para luego tu perfil y tu gracia”: es decir: la muerte del torero no tendrá remedio, no hay encuentro ni permanencia, como en el poema de Prados, mas propicia el canto, más duradero—“para luego”—del poeta. “The lament has become a song, and once again we experience the mystery of the elegy, the transmutation of pain of loss into wisdom and beauty”,[7] según la opinión de Calvin Cannon.

Algo similar hay que decir de Prados. Cuando niño, normalmente se mostraba alegre y propositivo, organizaba los juegos entre amigos y no dudaba en protegerlos de otros ni en ofrecer a los demás lo que hiciera falta, aun a costa de su propio bienestar, según refiere su amigo de la infancia y condiscípulo del colegio Vicente Aleixandre.[8] Sin embargo, este carácter festivo y generoso se complementaba, como en el caso de Lorca, con una aguda percepción de la muerte y del dolor: “Entre los recuerdos de su primera infancia, cuando contaba cuatro o cinco años de edad, siempre aparecerá el extraño temor de estar a punto de morirse”, dice Patricio Hernández, y agrega:

Así, entre atenciones y cuidados de toda su familia [pues era un niño enfermizo], transcurre su infancia desamparada y habitada por terrores nocturnos. Pero lo más significativo de aquella experiencia es el hecho de que Prados la considerara como la raíz de su propia poesía. José Sanchis-Banús, destinatario de tal confesión epistolar, valoró aquellos terrores como la percepción fugaz del sentimiento de su propia existencia.[9]

Quizá por ello Lorca y Prados creyeron encontrar, al amistarse durante su estancia en la Residencia de Estudiantes, sus respectivas almas gemelas, lo cual consta, con mayor contundencia en el caso del segundo, en la correspondencia que intercambiaron y en el diario del poeta malagueño. Sin embargo, el tema de la muerte en Prados no habría de ser trágico, sino complemento de una visión de mundo armónica y equilibrada: “En la observación de los ciclos naturales comprueba que la oposición vida y muerte es sólo aparente, al igual que lo era la del sueño y vigilia de su primera infancia. La naturaleza le enseña que todo está sometido a continua transformación, a variaciones de forma”.[10] Tampoco la lírica suya habrá de hallar en la elegía su cumbre, como se ha dicho que sucede en Lorca, sino apenas un momento, aunque imprescindible, en el viaje rumbo a lo inefable. Y aunque, como he dicho, en la poesía y en el teatro lorquiano tampoco se ignoran los ciclos vitales, el resultado en su caso es sin duda mucho más oscuro, como si el poeta comprendiera el ciclo pero no hallara en éste consuelo; no por nada los poetas eligen las palabras “llanto” y “estancia” para titular sus elegías: Lorca padece la muerte—le fascina, pero la teme y llora—; Prados, la observa. Ambos poetas comparten, como se ve, rasgos temáticos esenciales; ambos se alimentaron con la poesía popular tanto como con la alta educación recibida en la Residencia de Estudiantes; ambos aprovecharon su privilegiada situación socio-económica, con ciertas reservas y aun cierta vergüenza. Al mismo tiempo, mantienen diferencias de base que explican las particularidades de la poesía de uno en relación con la del otro. De acuerdo con lo anterior, hay razones de sobra para releer Llanto, de Lorca, y “Estancia”, de Prados, consignando y valorando las relaciones que entre ambos poemas existen, de modo que la lectura crítica se enriquezca.

Aguillón-Mata

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[Sigue]

[1] De aquí en adelante me referiré a este poema de Lorca como Llanto; asimismo, al hablar de la elegía de Prados, me limitaré a llamarla “Estancia”.

[2] Para abundar sobre la formación filosófica de Prados, véase Antonio Carreira, “La etapa mexicana de Emilio Prados”, passim, Carlos Blanco Aguinaga, “Al final del exilio, cara a la muerte”, en Ensayos sobre Literatura del Exilio Español, pp. 165-182, así como los poemarios tardíos del autor.

[3] Emilio Prados en carta a José Sanchis-Banús, citada por Blanco Aguinaga: “Es inútil, veo lo que quiero, lo toco, pero aún no hay lenguaje para ello en mí”, Ensayos sobre Literatura del Exilio Español, p. 171.

[4] “Federico en mi recuerdo”, en Lorca, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, edición facsímil del manuscrito autógrafo, pp. 8 y 11.

[5] Hora de España, xviii, julio de 1938, apud Antonio Jiménez Millán, “Un poema de Emilio Prados”, p. 74.

[6] Mario Hernández, “Nota Introductoria”, en Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, p. 102.

[7] “Lorca´s Llanto por Ignacio Sánchez Mejías and the elegiac tradition”, p. 235.

[8] En Historia del corazón, Espasa calpe, Madrid, 1954, apud Patricio Hernández, “Juventud de Prados”, Emilio Prados, 1899-1962, p. 91.

[9] Loc. cit.

[10] Ibidem, p. 92.

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