2. Elegías de Federico García Lorca y Emilio Prados

[Continuación de]

Emilio, Federico (Ignacio); circunstancias

Pero antes, por tratarse de dos elegías, encuentro necesario revisar, brevemente, las circunstancias en que fueron escritas, así como recordar la relación que entre los poetas existía. Si bien es cierto que la lectura de un poema, basada sólo en datos biográficos, tiene poco, si algún, interés, también debe aceptarse que la crítica está obligada a ofrecer la lectura más completa que le sea posible, misma que, la mayoría de las veces, se enriquece con el dato, la anécdota o el testimonio. Sobre esto, concuerdo con Carlos Blanco Aguinaga en que “importa entender que en la conformación de la visión coherente del mundo que tienen siempre los buenos poetas, están inevitablemente insertos, directa o indirectamente, los hechos de su vida cotidiana”[1] y que se han de comprender tales hechos para interpretar, si no cabal al menos significativamente, las obras mismas.

Basado en el diario y en las cartas personales de Emilio Prados, Patricio Hernández hace una reseña de la amistad entre el malagueño y García Lorca. Al parecer, los dos poetas se conocieron durante la infancia, en 1912, ya que la familia de Lorca acudía a las playas de Málaga todos los años para descansar. Pero la relación no sería de amistad sino hasta 1919, cuando Federico ingresó en la Residencia de Estudiantes, de la que Emilio ya formaba parte. Guía éste de aquél en la cotidianidad de la residencia, pero guías ambos de la vocación del amigo hasta el punto de manifestar, en sus primeros poemas, elementos similares que, con el tiempo, irían adquiriendo matices diversos, sin desaparecer del todo las coincidencias, al final mínimas, entre ambos poetas, en esta época deben de haber compartido el gusto, si no obsesión, por el potencial lúdico y simbólico de la naturaleza; el agua, el sol, la luna, el aire—Lorca llama a Prados “cazador de nubes”[2]—adornan, y más: conforman los jóvenes versos, enriquecidos con viejo paganismo y poesía oral.[3]

Aun más que compartir versos, Prados y Lorca compartieron confidencias y, seguramente, consejos. Lorca quizá más estable emocionalmente que Prados—quien era un año menor: no es poco tiempo para dos adolescentes—escuchó los conflictos íntimos del malagueño, según este mismo refiere en su diario, para recibir sucesivamente desencuentros: “Tú bien sabes el desengaño que he tenido con Federico. Le abrí mi alma. A él ha sido a la única persona que se la he mostrado tal cual es […] y luego nuestra amistad ha terminado de una manera tan trágica, tan trágica”.[4] Por supuesto, el lamento es exagerado: no terminó ahí la amistad ni terminaría del todo sino hasta la muerte de Lorca. Quizá ni aun entonces, si se considera “Estancia”. Es verdad, no obstante, que a partir de 1921, debido a malentendidos, viajes y la irrupción o el conocimiento de otras personas, Prados y Lorca vivieron su amistad entre desencuentros y reconciliaciones. Aunque el malagueño resuelve, al parecer definitivamente, los conflictos que rigieron su adolescencia durante su estancia en Davos Platz, tales como su orientación sexual y su vocación poética, su personalidad impaciente y afectiva hasta la desmesura, de poeta, sigue sin concederle tranquilidad, entre otras cosas, con respecto a Lorca: “Por esas fechas [primera mitad de 1922] parece que la correspondencia entre Lorca y Prados fue bastante intensa. De ella conservamos tan sólo dos cartas muy significativas […] en las que Prados declara a Lorca la sinceridad de sus sentimientos amorosos hacia él, pidiéndole una justa correspondencia o una declaración explícita que rompa el silencio”.[5] Sin recibir una u otra, al parecer Prados se conforma con la amistad de antes.

Tras varios titubeos respecto a su futuro profesional, Prados consigue que su padre financie una pequeña imprenta, Sur, en la que tiempo después se imprimirá Litoral. Es en esa época, 1926, cuando Prados publica su primer libro, Tiempo, más para animar a sus amigos a publicar sus libros en Sur que por dar a conocer su obra, según opinión de Patricio Hernández. Mezclada con el nuevo ímpetu editorial de Prados está la profunda fascinación que tuvo por el mar y por el agua, y que en esos años se agudizó considerablemente.[6]

Las cartas que en 1926 envió Emilio a Federico dejan ver  la razón de otro malentendido, quizá el mayor que tuvieron, esta vez con respecto a la publicación de algunos poemas de Lorca en Litoral. En postal de noviembre Emilio pide a Lorca que le aclare dudas sobre tres romances manuscritos que, por la ilegible letra del autor, han dado problemas; “Estoy neurasténico de traducirte del chino”, bromea. Pero en carta del día veintinueve, mismo mes y año, cuando la revista ya ha aparecido con erratas, Emilio lamenta: “Pero lloramos contigo, por tu culpa, es verdaderamente triste escribir lo que no se quiere y, hasta más, el olvidar de copiar versos cuando se mandan a la imprenta”.[7] Enseguida solicita una versión mecanuscrita del Romancero Gitano, para evitar problemas de este tipo a la hora de su edición, y ofrece publicar en Litoral una fe de erratas por los versos ya publicados. Entre nuevos malentendidos e insatisfacciones, uno con el trabajo de su editor, otro con lo intratable del poeta, aparece Canciones como suplemento de Litoral, con seis meses de retraso. En esta época se interrumpe el epistolario durante ocho años. La próxima carta que consigna Roger Tinnell es breve y en ella da Emilio la noticia de la muerte de su padre; es 1934.

Ese mismo año Ignacio Sánchez Mejías, con 43 años de edad, decide torear de nuevo. Se había retirado en 1927, tras una carrera en la que había ganado fama como uno de los más valientes toreros sevillanos; según Francisco García Lorca: “No tuvo nunca la gracia inspiradora y casi alada de su cuñado Joselito, ni el casi angustioso dramatismo estatuario de Belmonte, las dos estrellas incomparables que iluminaban el cielo taurino de entonces. Enjuto y vigoroso, daba más bien Ignacio la nota de gladiador”.[8] Fuera de práctica y con los años en contra, es natural que sus amigos se preocuparan con la decisión de Ignacio. El sábado once de agosto sustituyó a Domingo Ortega en la plaza Manzanares; fue un toro que no le correspondía, tras un retorno imprudente a las corridas, el que cornó a Ignacio, provocándole una hemorragia incontenible y, dos días más tarde, la gangrena que lo llevaría a la tumba. Álvaro Álvarez aporta dos detalles importantes para el poema de Lorca:

El día 14, en el periódico se anuncia la hora de la procesión funeraria que lo trasladaría del hospital a la estación de Atocha: las cinco de la tarde. Con anterioridad, Ignacio había expresado el deseo de que su cuerpo fuera cubierto por una mortaja; su petición iba en contra de la costumbre según la cual, un torero muerto en la plaza habría de ir con el rostro descubierto durante la procesión.[9]

Sánchez Mejías no sólo era un torero célebre y amigo de Lorca; estaba relacionado con la literatura y con la llamada generación del veintisiete. Dámaso alonso recuerda que “Es bien conocido nuestro viaje a Sevilla en diciembre de 1927. […] los del grupo fuimos a Sevilla invitados por el Ateneo de aquella ciudad. Intervino en la invitación Ignacio Sánchez Mejías. […] Estábamos muy contentos, lo pasábamos muy bien, casi no vimos Sevilla más que por la noche: nos acompañaba e invitaba a veces Sánchez Mejías”.[10] Escribió un elogio de la fiesta taurina titulado De toros: la crítica y el arte, publicado con el seudónimo Juan José, y tres obras de teatro: Saya, Sinrazón y Ni más ni menos. Influenció a más de un joven escritor y estuvo muy cerca de Lorca a finales de los veintes. Ocho meses después de la muerte de Ignacio, Lorca publicó Llanto en la colección Ediciones de Árbol de la revista Cruz y Raya; la misma premura urgió a Prados, en su oportunidad, para publicar “Estancia” en julio de 1937, casi un año después de la muerte de Lorca, acaecida el diecinueve de agosto de 1937, en el barranco de Víznar, en Granada, como acertó en subrayar Antonio Machado.

Aguillón-Mata

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[Sigue]

[1] Ibidem, p. 163.

[2] La anécdota completa en Patricio Hernández, “Presentación”, p. 13.

[3] Pero esta expresión, “poesía oral”, sería para Lorca un pleonasmo: se sabe que el autor de Llanto organizaba lecturas, públicas y privadas, de sus versos justo porque creía que era en el aire, manifestándose como música, donde la verdadera poesía vivía. No dejaba, sin embargo, de ser un poeta culto y moderno; esto es, no se entregó a la idea romántica de sólo recitar espontáneamente su obra aquí y allá, no se negó a imprimir, sino al contrario. Era tan susceptible con la edición de su trabajo como el que más, incluso tuvo problemas con Prados por la impresión de algunos romances en Litoral. Debido a esta actitud la edición crítica de sus obras ofrece un sinnúmero de problemas, particularmente en el caso de Poeta en Nueva York. Sobre esto, véase “Dificultades de tipo textual”, en Jenaro Talens, El discurso poético lorquiano: medievalismo y teatralidad, Curso de Estudios Hispánicos, Universidad, Granada, 1983, pp. 9-29.

[4] Hernández, “Presentación”, p. 13.

[5] Ibidem, p. 15.

[6] Patricio Hernández: “En los primeros libros que escribe nuestro poeta surge como constante el tránsito crepuscular que tiene lugar en un escenario marino. Con frecuencia Prados nos invita a que asistamos […] a un nuevo nacimiento en el preciso instante en el que hace su aparición el crepúsculo y el sol se ahoga en el horizonte. Este nacimiento de los elementos de la naturaleza no deja de ser trasunto de otro nacimiento que experimentan los personajes o el propio poeta, y que les permite observar indirectamente la imagen de su nuevo ser multiplicada en reflejos”. “Juventud de Prados”, p. 107. De esta conciencia del ciclo solar en la que el poeta ve reflejados sus propios ciclos internos, de este renacimiento constante y muerte en equilibrio viene, por supuesto, El misterio del agua. Y más: viene la identificación plena que Prados sentiría, a la larga, con el todo unitario, mismo que permite el planteamiento de “Estancia”, y que expresaría incluso, mas con variaciones, en su poesía última.

[7] Roger Tinnell, “Epistolario de Emilio Prados a Federico García Lorca”, pp. 57 y 59.

[8] “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, p. 203.

[9] “Introducción”, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, edición crítica inédita, p. iv. De acuerdo con Álvarez, las cinco de la tarde era también la hora tradicional de las corridas en la España de los años treintas. Francisco García Lorca apunta, por su parte, que “Es verosímil pensar que la noticia que transmitió la muerte de Ignacio, acaso un telegrama, comenzaba así: ‘Hoy, a las cinco de la tarde, en la plaza de Manzanares, Ignacio Sánchez Mejías fue gravemente cogido por un toro de la ganadería de Ayala, de nombre ‘Granadino’’” (“Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, p. 205); no carece de encanto cómo el hermano del poeta esgrime una suposición con rostro de argumento verosímil, y más: verídico.

[10] “Federico en mi recuerdo”, en Lorca, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, edición facsímil del manuscrito autógrafo, pp. 8-9.

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