5. Elegías de Federico García Lorca y Emilio Prados

[Continuación de]

Sobre El Poeta y El Filósofo

[Dibujo de Federico García Lorca]

Dice Federico García Lorca en su “Teoría y juego del duende”: “En todos los países la muerte es un fin. Llega y se corren las cortinas. En España, no. En España se levantan. […] Un muerto en España está más vivo como muerto que en ningún sitio del mundo […] solamente Méjico puede cogerse de la mano con mi país”.[1] A diferencia del ángel y de la musa, el duende para Lorca no huye a la muerte, sino al contrario: sólo si hay muerte alrededor se manifiesta. La elegía es arte de ángel y de musa. Por eso pide el poeta que se descubra la cara de Sánchez Mejías; dice: “No quiero que le tapen la cara con pañuelos/ para que se acostumbre con la muerte que lleva”. ¿No quiere que, con el fin de que se acostumbre a su muerte, le tapen la cara, o por el contrario: quiere a Ignacio descubierto para que pueda acostumbrarse a su muerte? Aunque me parece que la ambigüedad es deliberada, me inclino a favorecer la segunda interpretación: Lorca llora la muerte de su amigo, sí, pero al mismo tiempo sabe que esa muerte es necesaria para la siguiente vida de Ignacio, dentro del poema, a coro con el duende. Por eso no hay en el Llanto consuelo ni posterior regocijo, como señaló extrañadísimo Calvin Cannon, por eso no hay enseñanza ni pasa el otoño. El poeta quiere la sangre abierta de Ignacio y así la mantiene, el poeta deja a Ignacio muriendo, como el mar, viviendo por tanto: ha congelado el tiempo desde el primer verso del Llanto. En cambio Emilio Prados ve a Lorca como alguien que, por su condición de muerto, ha alcanzado una plenitud que a él se le presenta sólo en epifanías o en breves destellos poéticos. Siente cargar un lastre que no tiene más su amigo, el cuerpo que no pidió ni eligió, e intenta desprenderse del mismo cerrando los ojos; sólo así alcanzará a Lorca: desentendiéndose del mundo, y de la vida, desentendiéndose también de la vista que representa su modo humano de percibir el mundo. A Prados el género le interesa menos, y si se vale de la careta de elegía es quizá sólo para responder directamente al poema de Lorca, como se infiere por las semejanzas estructurales entre los poemas y por las alusiones que el malagueño hace a Llanto ya señaladas; Lorca quiso subrayar las diferencias entre la elegía del ángel y la elegía del duende mientras Prados homenajeó el trabajo de su amigo, expresando al tiempo su dilema lírico.

“Un muerto es más muerto en España que en cualquier otra parte del mundo”, dice Lorca en conferencia sobre las canciones de cuna.[2] Esta afirmación caprichosa ilustra un poco la razón por la que la crítica se ha concentrado tanto en la muerte como tema lorquiano, una muerte plena de simbolismo antiguo. Ya Álvarez de Miranda, en un luminoso trabajo,[3] explicó que la mujer es uno de los símbolos más comunes de la vida en la cosmovisión de Lorca, la mujer o sólo sus senos, el vientre; el hombre, en contraparte, debe de representar la muerte, y el más hombre, de acuerdo con las conferencias, es el muerto. Más muerto si es español, más si ha caído en pleno ejercicio de “héroe puro”. Ignacio Sánchez Mejías, el torero que “daba la nota de gladiador”, derrotado por el toro, símbolo del brío y de la fuerza vital bruta, deja de ser el amigo íntimo para convertirse en el hombre por excelencia, en piedra. Para justificar esta interpretación basta recordar que Lorca no era un gran aficionado a la fiesta brava, por lo que usó este escenario, dominando la circunstancia, por sus implicaciones simbólicas.[4] Y qué decir de la obsesión por el todo abstracto de Prados, obsesión de filósofo. No puede decirse, como se diría del místico, que Prados se conforma con el encuentro presumido en “Estancia”; antes al contrario, se muestra impaciente e inconforme. No es la repuesta lo que busca, no es el hallazgo del poeta, dice María Zambrano, sino la pregunta, el ejercicio del pensamiento, del lenguaje, propio del filósofo. Prados busca, aun habiendo encontrado.

Ni Lorca ni Prados esquivan la muerte, en ningún caso sus versos son consuelo ni retórica para eludir la inminencia del fin. El poderoso símbolo creado por Lorca en Llanto y la búsqueda de totalidad de Prados no disminuyen el hecho de que Ignacio, el individuo, se ha ido y será olvidado “como un montón de perros apagados” ni de que acceder a la totalidad equivale a dejar de ser, pues “el hombre en las cenizas del mundo se deshace”. Al contrario, los dos poemas subrayan la muerte, aunque uno con mayor pesimismo, oscuridad y drama que el otro. Ya se ha dicho, de acuerdo con las categorías lorquianas, que Prados tiende más al ángel, en este caso, que al duende.

Zambrano opina que los filósofos y los poetas se distinguen porque éstos quieren todas las cosas concretas y aquéllos un solo todo abstracto; el filósofo, además, ha de ser quien busque ese todo por sus propios medios, negando toda fuerza que no sea su propio intelecto; el poeta, al contrario, movido por el amor a todas las cosas, querría obtenerlas por gracia divina, sin esfuerzo, como hijo pródigo. No por pereza, por humildad. Qué de esta idea de Zambrano puede recogerse en los poemas releídos. Lorca llora el hecho de no poder tener todas las cosas, la piedra de Ignacio y la persona de Ignacio a la vez; se sienta, describe y llora. Prados busca, cuenta su proceso al lector, finalmente encuentra y toma así conciencia de su ser. Lorca parece responder, en su Llanto, a las características que Zambrano quiere para el poeta; Prados, en contraste, se nos presenta con su “Estancia” –pero también con el resto de su obra; sobre todo, ya se ha dicho, con los últimos libros– más como el filósofo. Al mismo tiempo, ya que Prados renueva con más violencia la tradición elegíaca y lo hace, según he escrito, en soledad, su poema puede parecer más lírico, por lo que las diferencias a la larga se disipan. No se entienda aquí que Llantono es lírico; considérese, simplemente, que Lorca se vale del “dramatic frame” de la elegía tradicional, con lo cual subraya, por contraste, el desesperado lirismo de Prados. A lo largo de las presentes líneas se ha observado cómo ambos poetas (ante todo: poetas; la idea de Zambrano sólo encuentra en Lorca y Prados unas coincidencias) se mantuvieron en contacto en vida y más allá de la vida, en sus obras. Este contacto determinó pequeños rasgos de la obra de cada uno, pero no sujetó a ninguno de ellos a visiones ajenas.

Aguillón-Mata


[1] Obras completas, pp. 42 y 44.

[2] “Las nanas infantiles”, en Obras completas, p. 53.

[3] “Poesía y religión”, en Obras, passim.

[4] Remito a los trabajos sobre el simbolismo que están en la bibliografía y a las cartas de Lorca a José María de Cossío, donde se ve la distancia entre Lorca y la fiesta.

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