La memoria

[Continuación de]

La memoria, base de la crítica, recrea el objeto criticado. Que los azares de mi memoria especulen y puntualicen, entonces: en el laudatorio prólogo que Borges dedica a Macedonio se lee que éste “hablaba como al margen del diálogo y, sin embargo, era su centro”. Hay en tal descripción de Macedonio un modelo de modestia borgesiana y otra puya contra la summa de conocimiento parodiada en la figura de Carlos Argentino. A continuación otro ejemplo:

“Mi última emoción, en Europa, fue el diálogo con el gran escritor judeo-español Rafael Cansinos Assens, en quien estaban todas las lenguas y todas las literaturas, como si él mismo fuera Europa y todos los ayeres de Europa. En Macedonio hallé otra cosa. Era como si Adán, el primer hombre, pensara y resolviera en el Paraíso los problemas fundamentales. Cansinos era la suma del tiempo; Macedonio, la joven eternidad. La erudición le parecía un modo aparatoso de no pensar”.

A pesar de Lugones, estas palabras garantizaron la inmortalidad de Macedonio. Más que “Cirugía…” o aun la misma Museo de la novela de la Eterna, no porque el prólogo de Borges valga más, por supuesto, sino porque nadie hubiera editado y reeditado como hasta ahora los textos de Macedonio sin la venia por escrito del autor de Ficciones. (Entre paréntesis diré que ésta es también una función de la crítica.) Al prólogo que Borges dedica a Macedonio se debe gran parte de la curiosidad que lleva a leerlo. Borges es Borges, y a ver quién niega la efectividad de esta tautología. Pero, por extraño que parezca, tras una segunda mirada esta elegía en prosa adquiere otro sentido: en mil novecientos veinticinco Borges publicó Inquisiciones. En este libro, que se negó retóricamente a su reedición en las obras completas, hay una emulación cínica—o inocente, diré en descargo—, casi plagio de Macedonio: “La nadería de la personalidad”. Aquí el principio:

“Intencionario, punto y aparte. Quiero abatir la excepcional preeminencia que hoy suele adjudicarse al yo, dos puntos. Empeño a cuya realización me espolea una certidumbre firmísima, coma, y no el capricho de ejecutar una zalagarda ideológica o atolondrada travesura del intelecto, punto y seguido”.

Y así sigue unas diez páginas. Con razón Borges no quiso reeditarlo. Porque ni tiene la gracia de Macedonio, aunque la pretende, ni la autoridad del mejor Borges. Y es que la entrega de Georgie—como él mismo firmaba sus cartas—a la figura, más que paternal, casi sacerdotal de Macedonio, era tan exasperante que los neologismos exóticos, la puntuación caprichosa, la reverberación barroca y hasta el tema son aquí fatalmente macedonianos. Y Borges quería serlo hasta en la intimidad, como consta en la correspondencia. Carta de Macedonio a Borges—mil novecientos treinta y tantos:

“Querido Jorge: Iré esta tarde y me quedaré a cenar si no hay inconveniente y estamos con ganas de trabajar. (Advertirás que las ganas de cenar las tengo aun con inconveniente y sólo falta asegurarme las otras). Tienes que disculparme por no haber ido anoche. Soy tan distraído que iba para allá y en el camino me acuerdo de que me había quedado en casa”.

Compárese con una respuesta de Borges:

“Hace más de diez días que se me ha pegado París a la suela de los zapatos, pero aún no conozco lo bastante bien esta ciudad para determinar con precisión en dónde queda aquí la calle Rivadavia, y por eso va esta carta a visitarte en vez de ir yo personalmente”.

He aquí un Borges interesado en hacerse al margen del diálogo y ser, al tiempo, su centro. Y he aquí que tan halagadora como lapidaria resulta la elegía de Borges dedicada a Macedonio en que se identifica la vitalidad del verbo lúdico con la primera edad del hombre, Adán fundamental, y en la que se afirma además que el Macedonio de mayor valor es el de la expresión ida de las conversaciones y no el de la escritura. No veo por qué el Borges maduro querría enterrar al amigo, aunque es evidente por qué quiso enterrar al joven Borges de Inquisiciones y de las cartas entusiastas, emuladoras del verbo macedoniano. En otras palabras: el comentario de Borges sobre Macedonio debe leerse en la diestra con “El arte de injuriar” en la siniestra.

Aguillón-Mata

[Sigue]

One thought on “La memoria

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