3. Sobre una idea de “Verdad” de Macedonio Fernández

[Continuación de]

El ejemplo de “Cirugía psíquica de extirpación”

3. Macedonio Fernández legó a la crítica un arma de doble filo: su teoría del arte, y en específico, de la novela: una pretendida sistematización extratextual de su obra. Resumirla aquí punto por punto sería arduo y enfadoso; me limitaré por tanto a comentar los puntos que interesan al tema que me he propuesto. Para ello, de inicio es necesario apuntar que la teoría artística de Macedonio no agrega mucho a lo que los mismo textos se encargan de afirmar de sí mismos, ya que son autorreferenciales.[1] Por otro lado, vale la pena considerar que las teorías pueden conducir al crítico a una generalización inconveniente. Considerando ambos factores, el trabajo de Geney Beltrán contribuye: “Toda obra literaria de Macedonio tiene como justificación postular un idealismo absoluto. Y de aquí nace su dificultad mayor. Sólo con el conocimiento de sus ideas metafísicas se ilumina ventajosamente la comprensión de sus ideas estéticas y de su exigente literatura”.[2] Si damos a la primera afirmación el peso que merece, la última se revela útil: Macedonio rechaza tajantemente, como se ha dicho, el realismo y el modo de pensar, narrar y poetizar secuencial; rechaza los valores tradicionales de verosimilitud, causalidad y mímesis, aun en el caso de la llamada literatura fantástica. ¿Por sus ideas metafísicas, por su “idealismo absoluto”? Sí. Macedonio parece obsesionado con la figura muerta de Elena de Obieta, su esposa, fallecida en 1921. No quiere admitir su partida, no quiere dejarla ir. Pero esa no sería la exposición de Macedonio: según él, Elena no se ha ido. Entonces, para Macedonio, “el rechazo de la literatura-espejo es el rechazo de una ‘realidad’ en cuyo espejo puede verse el boquete dejado por el objeto muerto”.[3] Si la realidad insiste en que ella ha muerto, la verdad de Macedonio dirá, mediante escritura, que es Eterna: “el humorismo de Macedonio niega el yo y sus instituciones: la causalidad, el mundo material, el tiempo, el espacio. Niega lo que niega la presencia de la ausente. La negación –escrita– es simultáneamente afirmación de la presencia del trazo de la palabra E-l-e-n-a”.[4] Esta negación, que es afirmación de la Eterna, se sustenta en la voluntad y en la pasión, como motores humanos; más importante para estas líneas son los motores literarios, las herramientas verificables: una conciencia de que el lenguaje tiene su propio reino, uno que rivaliza y acaso domina la realidad, y un abanico de agentes subordinados a tal conciencia, reducido aquí a dos puntos: 1) la anulación de la causalidad como anulación de lo real y 2) el potencial creador de las palabras, es decir, su capacidad de engendrar seres, personajes, que respiren las leyes de una gramática enriquecida, de una poética.[5] Son estos los engranes que reviso en las siguientes líneas, en relación con “Cirugía”.

A estas alturas es imprescindible aclarar qué es lo que, por verdad, ha de entenderse en adelante. La “verdad real” tiene sus reglas, que son las de la ciencia y la razón; otra verdad, sin embargo, no menos legítima, se erige en el discurso de Macedonio: la “verdad textual”, que al oponerse a la realidad tiene su propio dominio y su propia lógica interna. A ésta sirve la obra de Macedonio, o al menos a ésta procura, razón por la cual el autor insiste en evitar cualquier posible confusión entre la realidad y la obra. En palabras de Germán García: “la estética de Macedonio es un efecto de su metafísica que es, a su vez, un efecto de la negación de la ‘física’. El significante cero que organiza las acciones de su escritura será la eternidad. La eternidad es trascendente a toda verificación, percepción o intelección. La nada y la Pasión dependen de la eternidad: nunca hubo un no haber nada. La pasión está más allá de la percepción, al margen del yo y de la realidad. La escritura será el objeto de esa Pasión, porque los efectos de la escritura son la vida del objeto apasionado”.[6] La distinción que propongo, para leer al menos “Cirugía”, es entre realidad –dominio de la ciencia– y verdad –dominio del arte–; ésta se debe a una visión idealista que, no en el campo de la realidad, que poco interesa a Macedonio,[7] sino en el de la verdad, niega el tiempo, el espacio, el yo, la materia, y afirma: el ser es lo autoexistente eternamente; es decir –y sin contradicción–, lo que debe su existencia a sí mismo en un tiempo presente y fijo mediante escritura. Ser y presente son una sola noción. Si lo que acontece sin ser percibido no acontece verdaderamente y lo que cree percibirse es verdadero acontecer, el recuerdo hace verdadera la presencia de la ausente; si ese ser verdadero está emparentado fatalmente al presente, que es eternidad, ese ser es eterno: tal es la fórmula para concebir –o percibir, comprender– a la Eterna. Y aún más: la misma ecuación permite a cualquier objeto ser eterno, pero la Eterna lo es más contundentemente por ser el mayor objeto de la pasión, que es fundamento de la metafísica y de la poética de Macedonio.

Aguillón-Mata

[Sigue]

[1] Es el caso, al menos, de “Cirugía psíquica de extirpación”, el texto que aquí comento, y de Museo de la Novela de la Eterna, el libro más célebre e importante de Macedonio.

[2] Beltrán, obra citada, p. 14, el subrayado es mío; pretende dar cuenta de dos palabras quizá excesivas.

[3] García, obra citada, p. 118.

[4] Loc. cit.

[5] Son, no obstante, muchos más los recursos de Macedonio. En textos tan complejos como “Cirugía” es difícil agotar los recursos. No es mi intención, como, entiendo, no debería ser la de ningún crítico. Considérense, como complemento, los trabajos de Borinsky, Beltrán, Jitrik o Flores, consignados en la bibliografía; respectivamente, se enfocan en el humorismo, la ausencia del yo, el proyecto de novela futura y los temas miedo y dolor, en distintos textos de Macedonio, pero ante todo en Museo y “Cirugía”.

[6] Loc. cit.

[7] Pero esto no puede saberse. De cualquier forma, no interesa. Germán García reniega de la sentencia de Borges que afirma de la conversación de Macedonio que superaba su escritura. El argumento: es esa escritura la que resta, la que ha bastado para interesarnos en la magnífica obra de Fernández. Siguiendo esa lógica, y siendo fiel a la naturaleza hallada en “Cirugía”, me permito pensar que lo procurado por Macedonio, la persona, no tiene interés –pertenece al desdeñado terreno de lo real– frente a las especulaciones literarias –pertenecientes al terreno del arte–.

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