Ramón López Velarde: Tiempo Moderno en los primeros y últimos poemas

Foto: © Carlos Enrique López - Fuente: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

1.1. Poeta católico, poeta erótico, poeta de la provincia. Qué significan estas etiquetas. Poeta moderno. Si la modernidad es el nombre de un pedazo de historia que nació, como opina Octavio Paz, en el siglo dieciocho, y que no se decide a morir, decir poeta moderno es decir casi nada. Poeta nacional. Ramón López Velarde ha sido nombrado sin cesar con estos silencios. Si él fuera lo uno o lo otro, si los motes invocados lo definieran, su obra valdría muy poco. Sería pastiche de un regionalismo, de una religión, de una modernidad previas a ella misma; sería una glosa de otros discursos. No es así, como se sabe; agregar adjetivos a la obra de López Velarde, muchos de ellos contradictorios, es en realidad manifestar la natural imposibilidad de asirla. La poesía no se puede definir, por eso vale. La crítica, que es la lectura más profunda pero también la más lábil, requiere ciertas definiciones y calibra su probable impertinencia. Un ejemplo: en 1924 Xavier Villaurrutia contribuyó, sin querer, al malentendido generalizado de la obra lopezvelardeana por agregar etiquetas sin mayor introspección: “su complejidad espiritual resulta sólo aparente. La forma de su poesía, su adjetivación al acaso, su dicción extraña, constituyen, a la vez que una buena parte de sus méritos, su complejidad real” [1]. En la misma conferencia, el autor de Nostalgia de la muerte tocó, sin embargo, la idea que más tarde habría de desarrollar, en su ensayo “Ramón López Velarde”, sobre el peso del poeta en la historia reciente de la poesía mexicana: hizo de Ramón padre de la poesía joven, Adán que, con su pecado, ampliaría las posibilidades líricas. Aun a pesar de la corrección posterior, Villaurrutia ya había contribuido a que la poesía del jerezano se considerara, como él mismo dirá, “una bola de nieve al rodar del tiempo, tomando una forma que le es ajena, demasiado esférica y precisa, demasiado simple si pensamos que se trata de una poesía poliédrica, irregular y compleja” [2]. De algún modo, el daño estaba hecho. Cuando Octavio Paz publicó Cuadrivio, la simplificación de la obra lopezvelardeana, iniciada en el veinticuatro por Villaurrutia, llegó al límite de lo razonable: “Poeta escaso, concentrado y complejo. A estos tres adjetivos hay que agregar otro: limitado. […] En suma, es ajeno a casi todo lo que nos agita. El secreto de esta paradoja está en su lenguaje, creación inimitable, fusión rara de la conversación y de la imagen insólita. Con ese lenguaje descubre que la vida cotidiana es enigmática” [3]. Paz cierra su ensayo con otra etiqueta para López Velarde que todavía pesa y desconcierta: “gran poeta menor”; sin que se considere la labor del crítico ensalzamiento ni denuesto, o acaso justamente porque no debe ser así, hay que observar que estas calificaciones no ayudan mucho a la comprensión de una obra poética. En realidad tanto Villaurrutia como Paz lo supieron y decidieron al respecto; el primero corrigió: “Ramón López Velarde” es un ensayo que atiende lo olvidado en la apurada conferencia “La poesía de los jóvenes de México”; en el postrero trabajo de Villaurrutia, Ramón deja de ser el poeta católico, erótico, nacional, y se convierte en esa superficie poliédrica e irregular, en esa pugna, en esa oscilación y movimiento que hoy se reconoce. Por su parte, Paz colocó, al lado de su impetuosidad, una lectura apasionada que en buena medida contradice su pretendido congelamiento de López Velarde [4]. Imprescindibles ambos, Villaurrutia y Paz han determinado muchas lecturas sobre el jerezano, para conocimiento, y no, de su obra [5] .

1.2. Sísifo, el más ladino de los hombres, encontró por esta equívoca virtud un castigo de significación igualmente equívoca: en el Hades, fue condenado a empujar una enorme roca hasta la punta de una montaña, con la particularidad de que, al llegar al objetivo, la roca y él mismo retornarían inmediatamente al pie, para volver a empezar. Esto, eternamente. La condena de Sísifo no es gerundial, no está pasando, o por lo menos no siempre en el mismo grado, como podría decirse de una pena por entero continua. Sísifo comienza su trabajo, humillado, y se estimula con el lento avance; triunfa al fin, en algún momento –que termina siendo infinitos momentos–, y vuelve a empezar. Es, como el constante arribo del día y la noche, una metáfora del ir y venir inalterable de los hechos. Es un símbolo entre muchos de la concepción cíclica del tiempo. Octavio Paz ha hecho énfasis en este aspecto de los antiguos. Bajtín recuerda que la representación carnavalesca no es sino una rememoración de las creencias paganas y antiquísimas de pueblos europeos. Uno de los aspectos principales de estas creencias es el interés de los ciclos de la vida, que encuentran su dimensión mítica en las fantasías de reencarnación. Con esto no pudo –quizá no quiso– el cristianismo, por lo que se avocó a prometer la otra vida. Pero esa otra vida, a diferencia del sino de Sísifo, no transcurre, no sucede; es.

Octavio Paz, en Los hijos del limo, afirma que el cristianismo revoluciona, con este aparente detalle, la cosmovisión de Occidente. No se trata ya de repetir incansablemente las penurias, no de volver a pasar por una Edad de Oro y regresar inevitablemente a la de barro. Y aún más: no se trata ya de pertenecer, por la fatalidad, a esa Edad de Barro, ni de que otros nos señalen con desdén desde su presencia pasada, mítica y dorada. El cristianismo agrega: en la otra vida prometida, al lado de Dios, cada uno conservará su ser, que con el nombre alma se revela inmutable. Linealidad, vida eterna, ésta sí gerundial, e individualidad son los regalos del cristianismo al hombre de Occidente.

Según Paz, la modernidad se define en función de la concepción occidental del tiempo y de su autocrítica. No hay Occidente sin cristianismo; la modernidad sería engendrada, para Paz, por la crítica contra la promesa eclesiástica: la eternidad; una crítica que no ataca el futuro como “objetivo” ni como ideal, sino que se limita a señalar la bienaventuranza futura aquí, en el mundo, y no ya en un paraíso que en su eterna existencia difuminaría el tiempo. La modernidad, de acuerdo con Paz, radicaliza los dejos de pragmatismo que se aprecian en el tiempo lineal del cristianismo y en su confirmación del individuo. Con la muerte de Dios desaparece la promesa de vida eterna, y más: desaparece la reglamentación divina. Ésta recae ahora en el individuo mientras la promesa, que no ha de faltar en cosmovisión alguna –pues en buena medida funge como el fundamento de la existencia del hombre–, se hace para esta vida, en este mundo. Las expectativas del occidental no pueden ser un regreso al pasado por su vanidad y orgullo debido a los “adelantos” técnicos y científicos –y aun ideológicos, morales: los derechos humanos, por ejemplo– de los últimos siglos. Tampoco pueden ser un regreso de tipo cíclico, pues esa promesa es también condena. El conocimiento de la historia y de los “adelantos” mencionados engendran uno de los fundamentos de la modernidad: la idea de progreso. Con ella, el hombre voltea hacia el futuro, con la absoluta convicción de que éste será mejor que cualquier época previa, y con la triste resignación de ser apenas base de lo por venir.

Infierno es tiempo (eternidad); paraíso, espacio (infinito), según Salvador Elizondo [6]. De acuerdo con esta idea, la modernidad apunta al infierno, no más al paraíso. Porque la modernidad adora el tiempo, el tiempo lineal, el tiempo futuro; todo se juzga en relación con lo que se espera. Se trata de una persecución fracasada a priori, la persecución del futuro, que siempre estará más allá. Ni para Elizondo ni para sus contemporáneos la eternidad es la anulación del tiempo, como lo era para los premodernos. Al contrario, la modernidad se hace consciente en el siglo veinte. Como otras, como todas, esta palabra, “eternidad”, deja de usarse a la ligera. ¿Implica esto una crítica de la eternidad cristiana? Sí, pero se trata aquí de una crítica que no refuta ni anula. Sólo –y este “sólo” parece mofa– ensaya, ficcionaliza, poetiza. Comprende. La eternidad se revela exasperante –¿acaso hay que recordar todas esas historias modernas de malditos cuyo castigo es la inmortalidad?– y dolorosa. La eternidad, aun en el paraíso, se padece.

La esencia de la modernidad reside en la comprensión aludida: entre Dios y el diablo, el hombre; entre el mito y la historia, la crítica. Crítica es, para Paz, la palabra clave de la modernidad. Ninguna otra época ha sido consciente de su lugar en la historia y, por tanto, ninguna ha ejercido tanta crítica sobre sí para definirse –que el pensamiento piense al pensamiento, que el lenguaje hable del lenguaje–. Ítalo Calvino ha dicho que los lectores saben más que los escritores porque son posteriores, son hombres del futuro. Esto habla de la modernidad de Calvino –entendida como Paz–, a quien se le ha escapado en esta idea su devoción por el porvenir. Sin embargo, hay que apuntar que los beneficios de la historia y de la crítica, que desembocan en la autoconciencia moderna, no muestran al hombre todas las cartas. Nos llamamos modernos, pero no sabemos realmente si lo somos.

2. La poesía de Ramón López Velarde se suma a la crítica moderna del tiempo con silencios. Su obra toca no pocas veces el tema del tiempo, ya con nostálgica –o abyecta, al menos confundida– rememoración –“El retorno maléfico”–, ya congelándolo –“Tierra mojada”–. Pero las dos grandes ausencias, en lo tocante al tiempo, al interior de la poesía lopezvelardeana, son las reflexiones propias de un católico y de un moderno –ambas etiquetas levemente paradójicas en Ramón López Velarde; ambas irrefutables–: la eternidad postrera, la salvación, y el futuro inalcanzable.

En los primeros poemas de López Velarde, los más ingenuos y quizá por ello los menos críticos de sus sentimientos, de su devoción y de su conducta –los menos críticos, también, de su lenguaje: “sin Baudelaire, sin rima y sin olfato”–, se encuentran las más importantes alusiones al tiempo cristiano y a la promesa de salvación eterna. El primer ejemplo es “A una pálida”, poema desconcertante, a pesar de la falta de contundencia estilística que se le verá después a Ramón, por cantar el amor a una mujer que el poeta quiere virgen y resultar, al mismo tiempo, de una lobreguez quizá accidental que llama temprano al tema de la necrofilia lopezvelardeana. La cuarta estrofa dice: “Únjame la caricia de tu mano / y tus ojos que buscan el arcano / báñenme con tu luz, mientras me abismo / en sueños de inefable misticismo” [7]. Es verdad que no hay aquí una clara mención del tiempo cristiano, pero es también que el éxtasis místico, esencial, semeja en vida la comunión de las almas con la divinidad cristiana. Más claros, en el sentido que me interesa, son los versos: “…las almas enfermas / cuando ya la existencia tramonta / y la noche eterna / de las decepciones / su abanico de sombras despliega” (p. 11), del poema “Promesa”, que sigue en el tema de la mujer inmaculada y el amor religioso a una mujer que, luego observará López Velarde, es de carne. “A mi padre”, único poema en el que se toca el tema, el autor respeta las exigencias convencionales de un panegírico; aquí el poeta lamenta la muerte de su padre sin ninguna audacia y, fiel a Manrique –aunque menos grave–, toca el tema de la eternidad, haciendo énfasis en la salvación católica y en la vida después de la muerte: “…Mas confío / que te he de ver, ¡oh Padre!, para siempre / con mis pupilas de resucitado” (pp. 25-26). Otro caso de poema convencional, casi diría, sin poesía, es “Del seminario”, que tiene rostro de lograda composición escolar; de este texto me interesa, más que la eternidad, la dócil convicción de un Ramón que no duró: “¿Amor a las mujeres? Apenas rememoro / que tuve no sé cuáles sensaciones arcanas / en las misas solemnes, cuando brillaba oro…” (p. 28). Aquí la mujer parece olvidarse en favor de la educación religiosa, lo cual resulta irónico si se considera, aún –y aun– dentro de estos poemas juveniles, “Eucarística”, que funciona exactamente al revés; es decir, subordinando el tema religioso a un interés erótico: “Pero tú te resistes, hostia ingrata, / a venir al enfermo peregrino, / y aunque tu enferma negación me mata / aguardo humildemente, amada mía, / de rodillas al borde del camino / la luz de mi radiosa eucaristía” (p. 15). Hostia ingrata, radiosa eucaristía; ya se reconoce en estas audacias al Ramón por venir.

Frente a la poca atención que el poeta presta al tema de la salvación cristiana y a la concepción del tiempo de esta doctrina, destaca el temprano gobierno del tiempo presente en la obra de López Velarde. Los textos “Promesa”, “La canción del hastío” y la última estrofa de “Elogio a Fuensanta” ofrecen material a este respecto; el primero dice, al final: “No desmayes: espera y confía: / que buscando la dicha perpetua / de hospedar mi ternura en tu casa / me verás, apoyado en la reja…” (p. 11). Esta es, como toda promesa, una mención del futuro; sin embargo el poema habla todo el tiempo del presente, en la medida que define un sentimiento orgulloso en favor del amor casto que, se sabe, no durará en Ramón, aunque en el poema se eternice. En “La canción del hastío” el poeta lamenta el típico noviazgo provinciano, mediado por la ventana y por la fórmula sin sentido –y no es difícil adivinar: sin pasión– que asegura amor con monotonía; aquí la permanencia del presente es distinta de “Promesa”, pues el hastío radica en lo que el otro poema venera. Estas oposiciones son frecuentes en López Velarde desde muy temprano y definirán, a lo largo de toda su obra, la imagen que de sí mismo tiene el poeta. La estrofa: “¡Quién me otorgara en mi retiro yermo / tener, Fuensanta, la condescendencia / de tus bondades a mi amor enfermo / como plenaria y última indulgencia!” (p. 24), de “Elogio a Fuensanta” canta no sólo al futuro, sino a uno terrenal e irrealizable, inalcanzable como el moderno descrito por Paz. Pero cuál es el momento clímax de estas breve historias en verso; el futuro no, por cierto, a pesar de su mención, sino el presente implícito o explícito; es la soledad presente del poeta la que lo lleva a suspirar por una Fuensanta futura que no vendrá, la soledad presente lleva a fantasear sobre la realización, casta –en la vejez–, de “Promesa”, la misma soledad presente –aunque compartida– con la novia de “La canción del hastío”. Tan abundantes e intensas son estas menciones del presente moderno y sus derivados, o más, que las tocantes al futuro cristiano, post mortem. De esta idea, el corolario perfecto es “Fragmento”, donde el presente, por primera vez, se eterniza: “Lluvia eterna / ¡cómo azotas / el cristal de mi ventana! / Si parece / que tus gotas / son el llanto / de una pena sobrehumana” (p. 22).

El son del corazón, el libro póstumo de López Velarde, muestra al más logrado poeta, junto con Zozobra. Si no puede reducirse Ramón a esta última temporada de su vida, la más madura e inmortal, sí se puede afirmar que es éste el poeta que más se considera y el que con mayor seguridad quedará para el futuro –aquí sí, moderno–. Es éste el más conflictivo, el más colorido, el más engañoso. Por esa razón Genaro Fernández Mc Gregor lo retrata, en el prólogo a El son del corazón, como un poeta “digno de ser incluido por Verlaine en su galería de poetas malditos” (p. 197) y, más delante: “Es, en suma, un neorromántico, un descendiente de René y de Obermann. Ellos experimentaron todas las ansias y todas las inquietudes; quisieron cubrir a la creación en un gigantesco abrazo y, al verse muy pequeños para darlo, se rebelaron” (p. 198). En efecto, rebeldía e inconformidad son dos adjetivos propios de cualquier poeta moderno; calzan a López Velarde a la perfección. Justo por ese malestar del espíritu, de Ramón puede decirse que “le interesa todo lo que no tiene fin preciso, los despilfarros de fuerza y de pasión, lo fútil, lo que nadie mira, lo sencillo y lo suave, la debilidad, el pecado y la tristeza” (loc. cit.). En efecto, el jerezano observa lo pequeño, pero cabe preguntarse qué busca en ello. Un poeta tan apesadumbrado hablando de hormigas y rebozos, cómo es posible. Se ha dicho bastante que Ramón desnuda las cosas pequeñas, y que muestra su esencia; yo creo, por el contrario, que las viste con su lirismo. Habla de lo fútil, pero lo hace como medio: no son las hormigas ni los rebozos el fin de su poesía, no el pozo ni los guantes negros. Si esos objetos nos estremecen al pensarlos en relación con López Velarde no es por lo que tienen de sentido, sino por lo que él les ha dado de sentido. Ramón López Velarde agrega, es un poeta que transforma, con su rebeldía e inconformidad, con su crítica y su pasión, las pequeñas cosas. Pero estos sentimientos que ocultan el mundo para poner en primer plano al poeta viven en la plenitud del instante: “El poeta quiere detener, con un gesto de amante en desespero, el instante fugaz, y así lo clava como una mariposa en un cartón de entomologista, con el agudo alfiler de su propia inquietud. Quiere que su creación sea un resumen de su conciencia total del momento” (loc. cit., el subrayado es mío). También en El son del corazón este gobierno del presente permanece: “¿Oyes el diapasón del corazón? / Oye en su nota múltiple el estrépito / de los que fueron y de los que son” (p. 200). En contraste, en “Si soltera agonizas…” podría aparecer la eternidad cristiana, puesto que se trata de un poema en que el poeta muere y, de algún modo, permanece. Pero esta permanencia no es la esencial y eterna al lado de un dios que promete la iglesia, es una permanencia literaria, de papel y tinta. Tras la muerte, el poeta seguirá en la tierra, con los suyos. Pero esta “vida en la tierra” no tiene nada que ver con la concepción moderna del futuro. Se trata sólo de la permanencia de la poesía. El tiempo cristiano ha desaparecido de los intereses de López Velarde por completo; el futuro moderno y su derivado, la idea del progreso, jamás estuvieron.

3. Octavio Paz distingue la modernidad en función de la concepción colectiva del tiempo (entre otros elementos). El cristianismo promete un tiempo lineal que desemboca en la salvación eterna del alma, en oposición al tiempo cíclico de los antiguos. La modernidad, en respuesta, contradice la salvación eterna del alma –Dios ha muerto– pero sigue aspirando al futuro, un futuro que debe ser mejor que el pasado y el presente porque gobierna la idea de progreso. No hay estas concepciones del futuro en la poesía lopezvelardeana, poeta católico, poeta moderno; hay un protagonismo del presente. ¿Contradice esto la modernidad de López Velarde, de acuerdo con la idea de Paz sobre el tiempo? No: ya que “crítica” es, como se ha dicho, la palabra clave de la época y del espíritu, el jerezano se revela modernísimo por esta crítica, por esta oscilación y pugna entre ideas. Adelanta incluso la concepción del tiempo que, para Paz, rige después de las vanguardias: la confluencia de tiempos y espacios en un presente que se eterniza; la supremacía, en suma, del presente. Dicha confluencia fue entrevista por el mismo Paz: “Fuensanta se vuelve un cuerpo inaccesible y su amor algo que jamás encarga un aquí y un ahora […] La mujer es la imagen más completa y perfecta del universo porque en ella se reúnen las dos mitades del ser” [8]. López Velarde es pasional porque hace de su conflicto amoroso y erótico el centro y motor de su poesía. Aunque en poemas específicos el sentimiento se aclara, en otros se contradice y en otros simplemente se manifiesta la confusión pasional. López Velarde es esta lucha. Su modo de entender el tiempo, uno contemporáneo a nosotros casi cien años después, hace de cada conflicto una totalidad cerrada, de cada poema un estado del espíritu en el que se encuentran los lugares y los tiempos, los espíritus –nosotros, lectores–. Ni exclusivamente erótico, ni exclusivamente amoroso, incapaz de colmarse con una palabra abstracta, López Velarde sólo puede ser dicho en forma de tautología: lírico. Si objetos y personajes parecen el centro de su poema, no lo son de su poesía: sus mujeres protagonizan a medias algunos poemas porque el verdadero centro es él, su duda y su pena, su victoria. López Velarde no desnuda el mundo, como se ha afirmado tantas veces, lo disfraza de él. A pesar de objetos ordinarios, sus versos a menudo lucen graves porque del poeta hablan, del asombro de sí mismo, de la autocompasión –la palabra es de Paz–, víctima de un conflicto entre ortodoxia y libertad. Y aquí vale la pena recordar una expresión de Irlemar Chiampi sobre Don Juan, que sienta tan bien a Ramón: “habla luciferinamente en el auge de la modernidad, desde el Eros sensual”. La poesía de López Velarde es crítica de la modernidad, de sus tiempos; crítica de sí misma; crítica de la poesía, de su poesía, que es crítica –que el pensamiento piense el pensamiento, que el lenguaje hable del lenguaje–. Pese a sus particularidades frente al tiempo por Paz definido como moderno –o justo por ellas–, y frente al tiempo católico, Ramón López Velarde cabe perfectamente, por esta particularidad de su poesía, su naturale.za crítica, en la definición que Paz nos legó de lo moderno. Hombre de su tiempo, según supo ver entonces, con una retractación, Xavier Villaurrutia.

Aguillón-Mata

Este ensayo se publicó en La Cabeza del Moro, año 2, número 5, julio de 2006, pp. 30-33.

Notas:

1/“La poesía de los jóvenes de México”, en Obras, pp. 825-826.

2/“Ramón López Velarde”, en Obras, p. 645.

3/“El camino de la pasión”, en Obras completas, tomo 4, p. 185.

4/Pero también corrigió cuando tuvo que hacerlo. En 1950 Paz publicó Las peras del olmo, libro que incluía el breve ensayo “El lenguaje de López Velarde”; este trabajo se empeñó en contradecir la relación que hizo Villaurrutia entre el jerezano y Baudelaire. En “El camino de la pasión”, declaró su cambio de parecer.

5/No sólo Villaurrutia, sino todo el grupo “Contemporáneos”, protagonista de una época literaria en México, vio en López Velarde al padre de la poesía moderna en este país. Pellicer le dedicó su primer libro de poesía y Gorostiza llamó a Ramón “payo” en un texto crítico y humano. Algunas prosas de los integrantes del grupo, como “Dama de corazones” y “La llama fría”, se inspiraron en la figura femenina dual –o múltiple– de Ramón.

6/“Teoría del infierno”, Obras, tomo 3, pp. 221-237.

7/Obra poética, p. 10; todas las citas de la poesía vienen de este libro y en adelante me limitaré a indicar el número de página entre paréntesis.

8/Obra citada, pp. 194 y 197.

One thought on “Ramón López Velarde: Tiempo Moderno en los primeros y últimos poemas

  1. Solemne lo bueno, Solemne lo malo
    Solemne, para toda la vida
    Solemne, el grito de igualdad
    Tus altares de humo
    Tus oídos felices de altares sí señor
    Sí mamá, lo que diga el doctor.
    Solemne se sofoca con la corbata de la que cuelga
    La sonrisa de un nene lo toma del cuello.

Leave a Reply