Poesía y Poesía

Hay poesía y hay Poesía. No pretendo, con la alteración tipográfica, hacer juicios de valor entre obras mejores y peores, sino ensayar una posibilidad de lo imposible. Octavio Paz distingue la poesía del poema: ésta puede manifestarse en actos, personas, imágenes; el poema es simplemente una obra literaria de género determinado. Es posible abundar en las diferenciaciones: metáfora es un procedimiento técnico; efecto metafórico, un logro poético. Escritura es palabra –signo en última instancia– llevada al papel; escritura pura o, al menos, escritura con pretensiones artísticas, es palabra que mediante procedimientos técnicos, entre ellos la metáfora, se revierte –dales vuelta–, se maltrata –cógelas del rabo (chillen, putas), / azótalas–, se consiente –dales azúcar en la boca a las rejegas–, se contradice con violencia –ínflalas, globos, pínchalas–, se mastica –sórbeles sangre y tuétanos–, se sana –sécalas–, se esteriliza –cápalas–, se viola –písalas, gallo galante–, se mata –tuérceles el gaznate, cocinero–, se expone –desnúdalas–, se disecciona –destrípalas, toro–, se humilla – buey, arrástralas–, se da nueva vida a sí misma –hazlas, poeta–. Asunto imperativo para el poeta, apremiante: haz que se traguen todas sus palabras. El poema de Paz ilustra muy bien la labor que lleva a cabo el escritor con ellas y las palabras consigo mismas en la escritura de arte. Por medio de una relación tortuosa es necesario incurrir en el acoso, es necesario replantear cada una de las palabras para que éstas sean únicas en el texto y cuenten con un brillo particular. Qué difícil conseguir para el Quijote que la palabra “caballero” le sea exclusiva, que no signifique lo mismo que en el caso de Lancerote, Parsifal o Roldán. Y sin embargo, con cuánto éxito logró la hazaña Cervantes. El caballero Quijote no es el igual a sus antecesores, pero cómo negar que los incluye. Puedo afirmar que ese logro fue tal debido a que los maltratos que sufrió el personaje cervantino son poca cosa frente a los que sufrieron las palabras de esa novela jocosa y grave a la vez. Las mejores novelas o, mejor aún, las mejores obras de arte escritas lo son debido a esa conjunción entre lo original y lo universal.

Salvador Elizondo va más lejos aún –lo que no supone un juicio de valor–. Limitarse a renovar las palabras le parece, en sus más grandes excesos, poco importante. Porque su objetivo es otro: un tema absolutamente virgen: él mismo. Y al mismo tiempo es antiquísimo: la introspección, entender los márgenes de la propia persona, dónde acaba el mundo, dónde empiezo a ser yo. Paz entiende la poesía como algo colectivo, porque nada escapa a su contexto, todo va hacia algo o es para algo. La poesía de Paz es comunión. Elizondo, en cambio, pretende eliminar las facultades del lenguaje que le son imprescindibles: las de significar algo, las de ir hacia algo o ser para algo. Elizondo busca, en última instancia, la Poesía. Una y otra se distinguen por ese dilema entre lo comunicable y lo solitario. La Poesía pretende ser una sola en sí misma y no depender de interpretaciones, incluso no depender de emisores. Es una propuesta límite, pues sus posibilidades de concreción son nulas en el mundo factual y en el mundo ideal. Puede, sin embargo, intuirse en éste, jamás concretarse o definirse. Lo mismo pasa con el Dios, el absoluto, el alma, la muerte –aunque menos con ésta, pues se interrumpe en algún momento por la vida– y cualquier otro concepto que pretenda abordar un extremo último de cualquier naturaleza. Dios, de existir, puede ser Poesía. Cómo saberlo, si permanece velado, si no se accede a él mediante técnica o mediante filosofía, ni por hechos ni por ideas. El acceso a la divinidad siempre es parcial, y lo parcial está opuesto al absoluto que un dios significa. Cómo negar, por otro lado, el carácter de promesa que sigue teniendo cualquier contacto con lo divino. El hombre podría concretar esa promesa mediante la muerte, pero cómo asegurarlo si de la muerte nadie puede tener experiencia. Cabe, entonces, imaginar las posibilidades de esa experiencia no comunicable por medio de la eternización del momento en que uno pasa el quicio de la vida. Sólo en ese momento se es un moribundo. Bataille dice que lo más parecido a ese momento que mediante retórica se pretende eternizar es el orgasmo. Un éxtasis parecido se da en la experiencia de lo sagrado, como demuestran las fotos en las que un sacrificante vudú baila y toma sangre contenida en un cráneo de macho cabrío. Esas experiencias pueden nombrarse de mil maneras, pero no hay abismo entre palabras y hechos más desesperantemente extenso, casi, tal vez, infinito. A esas experiencias únicas llamo Poesía. Elizondo las llamó: escritura, concreción autónoma, nada / todo, “negrura, nada; el caos original que se repite”, pero no literatura.

Paz difiere un poco de lo anterior: Cada palabra o grupo de palabras es poesía en estado natural. Cada palabra o grupo de palabras es una metáfora. Su relación entre palabra, estado natural, poesía y metáfora merece toda mi atención. Él mismo ha dicho que en el principio la confianza ante la palabra era total. Pronto el hombre se dio cuenta de que el signo no era lo mismo que el mundo al que se refería y vio con tristeza que entre palabra y cosa mediaba un abismo inabarcable. Esto se puede entender bajo el siguiente razonamiento: el hombre sintió la necesidad de nombrar el mundo, de explicarlo, de percibirlo; para percibir algo, para conocerlo aunque sea mínimamente, hay que nombrarlo. Más tarde sintió la necesidad de nombrar al nombre, pues conforme el mundo se descubría ante sus ojos, o ante sus palabras, el lenguaje se mostraba insuficiente. Pero cada palabra renombrada, replanteada, renovada, exigía, y sigue exigiendo, una revisión, pues mientras más se sabe del lenguaje más crece éste y, por lo tanto, más grande es la distancia entre el hombre y la realidad. La poesía, como he señalado, es palabra maltrecha y por ello revitalizada, como las espadas templadas decenas de veces para su construcción única e imperecedera. Ese manejo rudo de la palabra la dota de significados insospechados, de tal manera que ayuda a conocer mejor el lenguaje y todo aquello que le compete y compete al hombre por igual. Porque el hombre es uno de palabras. Sin embargo, ese conocimiento, a medida que avanza, se revela insuficiente. No pretendo vislumbrar una salida a dilema tan mayor, sólo busco entender las dimensiones de los excesos elizondianos. Paz dice, al lado de Joyce y su método acumulativo, que la palabra es un símbolo que emite símbolos. […] El hombre es un ser que se ha creado a sí mismo al crear un lenguaje. Por la palabra, el hombre es una metáfora de sí mismo. Pero, en el caso de Elizondo, y acaso en el de la poesía –definitivamente también en el caso de la Poesía–, no creo que sea una significación en cadena la que mejor ejemplifique la obra, sino al contrario. Cuando se habla de elementos puros, es fácil caer en el equívoco: Paz sufre el equívoco, ebrio de poesía. Pero no hay otro camino si se quiere trabajar el tema, pues es un tema deslumbrante, al que no se accede sin gran ayuda de la intuición y de la suerte. Porque no se puede saber lo que es poesía, pero se puede imaginar. No se puede estar en la poesía, vivirla, ser uno con ella y al mismo tiempo observarla; se puede, en cambio, contemplarla desde muy lejos con las limitaciones que ello implica. Una prueba: un poema como Muerte sin fin no puede explicarse: según Alatorre, es noventa y nueve por ciento poesía y uno por ciento sentido. Por eso cuando uno participa de él, leyéndolo, se embriaga y lo siente, mas nunca lo entiende. Cabe recordar que la comprensión absoluta de cualquier obra literaria es imposible; qué decir, entonces, de una obra tan hermética como la de José Gorostiza. Qué es Muerte sin fin sino poesía que en términos críticos, discursivos, no puede sino intuirse, con ayuda del azar y, poco menos, del cerebro. Porque se pueden hacer análisis religiosos, históricos, estilísticos, sintácticos; pero ellos nunca llevarán al lector a la comprensión del poema, sino a la intuición de esa comprensión. Salvador Elizondo, escritor fundamentalmente técnico y cerebral, no accedió por méritos naturales a la poesía. Qué le quedaba: de nuevo, intuirla. Porque la poesía, para Elizondo, no es la acumulación de significados que anuncia Octavio Paz, sino la abolición del significado; no quiere decir nada más que sí misma ni a nadie más que a sí misma; no representa, sólo se presenta; no es metáfora, ésta, al contrario, es un medio técnico para acceder al fin que es la poesía, no al revés; no es más que una posibilidad de un todo, no porque en ella esté todo, sino porque es total: nada le falta; es un regreso al origen, a la palabra por la palabra; es la superación del abismo que media entre el lenguaje y el mundo; es la reconciliación con la ciega confianza al lenguaje; es el mundo; es también la nada, puesto que un solo elemento ruidoso, un “algo”, destruiría la perfección absoluta de la poesía, el uno por ciento de Muerte sin fin impide la perfección del poema; es, por auténtico, uno de los más conmovedores acercamientos a lo sagrado; es lo imposible, aquello que no podemos presenciar sino –acaso– en la muerte; es, sin embargo, aquello que no se puede dejar de desear; es lo que se intuye tristemente sin concretarse jamás; es: Poesía. Para entender los límites de Elizondo estas ideas dan buena luz. Paz habla en términos de tradición literaria, su poesía por eso no puede ser sino comunión; habla, además, desde una apreciación de lo posible. Elizondo no. Su poesía es Poesía y si fuera concretable el autor sería un dios. Pero Elizondo dista mucho de ser divino. Su obra no admite concesiones para el lector. No hay que olvidar que es éste quien determina la relevancia de una obra. Pero el lector de Elizondo debe considerar el sentido del silencio: si un visionario introspectivo se convence a sí mismo de que la palabra es nefanda y se resiste a hablar a lo largo de su vida, su empeño no merece menos gloria que la del poeta más prolífico, pues no es menos arduo callar en la vida que escribir decenas de obras maestras. Elizondo cuenta en alguna medida con la individualidad del callado hipotético y eso, tanto como su obra publicada, lo hace digno de consideración entre los más laureados escritores de México. Simplemente por ser distinto y en algunos casos opuesto al literato ordinario.

Aguillón-Mata,

Agosto de 2003

Este ensayo se publicó en La Cabeza del Moro, año 2, número 4, abril de 2006, pp. 32-34.

Leave a Reply