Leer el mal

Montaje de "Leprosy", Wikimedia Commons, y "或る日本人の肖像", Hakuchi.jp

En términos generales, hay repetición y hay excepción. A pesar de que vivimos en—y aun somos—los márgenes posibles de la excepción, de acuerdo con la ciencia, no es difícil hallar alrededor el dominio de la constante. De sólo haber repetición, la lectura sería imposible. Si un texto es aquello susceptible de lectura—es decir, todo lo que se halla frente a una voluntad—, la misma definición de “texto” exige algo excepcional fuera del texto: el lector, que siempre implica la presencia del otro. Leer es extraer sentido de este intercambio equilibrado de presencias. En palabras de Severo Sarduy: “Si la libertad es total o nula, el sentido no existe” (“Poesía bajo programa”,1991).

Aunque la repetición sea infinitamente más vasta que la excepción, la oscuridad constante del cosmos no sostiene los balbuceos del hombre, sino al revés. La excepción que somos, al dar sentido a lo otro puramente factual, da voz y verdad al cosmos. He aquí que la repetición sostiene la realidad mientras la excepción detona la verdad. Bajo esta premisa, la lectura del cuerpo se enriquecerá cuando éste presente síntomas de excepción, de enfermedad, del mal. Un hombre lee poco en la cotidianidad de su rostro sano—repetición—, en contraste con su rostro enfermo—excepción.

“Escansión de vanidades y corrupciones, la vida es tránsito”, nos recuerda Sarduy (en Escrito sobre un cuerpo, 1969), pero entre todas las etapas de desarrollo físico y envejecimiento rumbo al deceso, la enfermedad se presenta con violencia y sus marcas visibles estimulan nuevos sentidos. Así lo entiende Michel Foucault, quien advierte al comenzar su Nacimiento de la clínica (1963) que el tema de su libro es el espacio, el lenguaje, la muerte. La historia de la clínica es una historia de la lectura: antes, la lectura de mitos y supersticiones basadas en el argumento de autoridad; después, la lectura de órganos vitales y miembros, la inmersión en el cuerpo humano. La tradición que rigió la medicina hasta finales del siglo XVII consistía en observar síntomas repetidos para establecer la norma; por el contrario, al leer nuevas fuentes el doctor moderno se ve obligado a reconocer síntomas exclusivos, modificar el código y difundirlo. Foucault insiste en que la primera tarea del médico es política y, enseguida, pedagógica, por lo cual los primeros hospitales—y aun los actuales—funcionaban en principio como escuelas. Tissot indica en su “Memoria para la construcción de un hospital clínico” (1785) que, pues cada clínica contaba con restricciones cuantitativas, los pacientes aceptados se determinaban por su valor educativo. Foucault: “las diferentes enfermedades fungen como textos: el paciente es sólo aquel mediante el cual se puede leer el texto”. En este escenario—el trabajo en el aula es siempre un performance—, el enfermo padece doblemente: su mal ha motivado su deshumanización: hombre-página, hombre-texto, palimpsesto. Si su circunstancia extraordinaria lo habría vuelto pecador, demonio o maldito durante el medioevo, durante el origen de la clínica es simplemente un objeto: toda excepción es violencia y el enfermo es un ente que vibra entre violencias.

Hoy la medicina es otra: ha combatido dentro de lo posible la deshumanización por performance fracasando en materia de deshumanización por mercado—el paciente es hoy, como todos, un consumidor. El texto del cuerpo humano se ha multiplicado incalculablemente gracias a la tradición acumulada—o perfección del código—y a la posible observación de tejido vivo a nivel microscópico—o extensión del texto. Este conocimiento y control de la realidad mina el estímulo de la verdad. Pero la ciencia actual todavía ignora, todavía no ha visto todo ni sabe cómo. Tal zona oscura para los microscopios es acervo de la imaginación. Por esto los televidentes contemporáneos encuentran estímulo dramático en los programas sobre médicos cuasi-infalibles: aun entre estos detectives, expertos en el lenguaje del cuerpo, cabe el misterio, la excepción, la disrupción del sentido.

Aún hay un cuerpo que pese al conocimiento médico de nuestros días sigue reventando la imaginación: el del leproso. Si bien otras enfermedades, disfunciones e incluso heridas abiertas producen asco, la noción del leproso lo potencia hasta la desconfianza, la paranoia y el terror. El leproso ha sido siempre sujeto de una violencia más allá de la exhibición clínica porque su presencia ejerce violencia en los otros. Sin embargo, el leproso no está ahí, es sólo una idea verdadera en necia oposición con la realidad—del bacilo de Hansen. Pese a saber que la lepra, enfermedad moral, castigo divino, se atribuyó innumerables veces a cualquier otra distorsión de la piel, y que el mote “leproso” se repartió entre enfermos de sífilis, tuberculosis, varios tipos de dermatitis y de lupus y muchas otras causas (Chapman Binford, Enfermedades transmisibles e infecciosas, 1960), los mitos de la enfermedad permanecen intactos detrás de la razón. Leer el cuerpo atrofiado y mutilado del leproso es leer también su como esconderse, su timidez y desconfianza, su incómodo saber que espanta. Y, sentido sobre sentido, es también interpretar los límites de la vista a que Foucault atribuye el origen de la clínica: la certeza del hombre saludable sobre cosas que no son en la realidad, sino sólo en la verdad de su miedo. Leer en ese cuerpo enfermo es leerse: voltear la mirada al lenguaje que nos constituye, a la tradición desde la Biblia o Hartmann von Aue hasta Gabriel Miró, a nuestro recelo ante la nota discordante que altera el coro divino de la repetición, de la estabilidad, de la certeza.

Enero de 2011

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