Nota sobre “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”

Ben Clarkson - Tlön Uqbar Orbis Tertius, collage digital, 2010

Se cuenta la historia de cómo Borges descubrió por azar una confabulación anónima para imaginar, desde la página, un mundo alternativo. Al principio, el asunto no es más que una simple anécdota: páginas intrusas en una sola copia de la Encyclopaedia Britannica. Todavía revestido de azar, el desarrollo casi policiaco mediante el cual Borges habrá de acceder a la información sobre el mundo inventado se revelará, al cabo, más bien inminente. En realidad el texto narra el pausado arribo a un modo distinto de comprender el mundo, pero este arribo no es de Borges—guía—sino de su lector. No en vano han sido el espejo y la enciclopedia los objetos que, a manera de símbolos, sirvieron de pretexto para el inicio del cuento: así como el primero “multiplica el número de los hombres”, la enciclopedia—texto inmenso y colectivo—multiplica sus voces y, en suma, el mundo conocido. El adjetivo es forzoso: hay otro mundo detrás del conocido. La tradición enciclopédica, pueril como todo lo humano, se erigió hacia el siglo xix como la compilación de todo; pronto comprendimos que todo era imposible de compilar. Jaime Alazraki: “Las ciencias […] comienzan a abandonar su status tradicional de bastiones inexpugnables de la verdad para reconocer, en las palabras de un distinguido científico norteamericano [se refiere a David Finkelstein, Nueva York, 1929]: «Hemos creado un tipo de mundo que no podemos hacer volver atrás»” (La prosa narrativa de JLB. Madrid: Gredos. 1968: 281-282). Esta cita muestra una barrera aún más sólida contra los fines de la enciclopedia: ya no sólo hay que distinguir entre la compilación de datos y su devenir en forma del relato que conocemos como—por dar un ejemplo cualquiera—la Revolución Francesa y la superlativa inferencia que sólo mediante imaginación habrá de poner en perspectiva la falacia del mismo relato histórico; o en palabras de Lévi-Strauss, no sólo debe tenerse en cuenta lo siguiente: “Cada episodio de una revolución o de una guerra se resuelve en una multitud de movimientos psíquicos e individuales; cada uno de estos movimientos traduce evoluciones inconscientes, y éstas se resuelven en fenómenos cerebrales, hormonales, nerviosos, cuyas referencias son de orden físico o químico. […] una historia verdaderamente total confrontaría al historiador (que elige, corta y recorta) con el caos; una historia verdaderamente total se neutralizaría a sí misma: su producto sería igual a cero” (idem: 282). Ante esto, la cansada meta de la enciclopedia palidece, pero surge al tiempo una nueva que Borges parodia en su cuento, pues: “no hay una, sino varias historias de […] la Revolución Francesa […y se…] tiene que reconocer a todas una realidad igual, pero sólo para descubrir que la Revolución Francesa, tal como se la conoce, no ha existido” (idem: 282-283). Añadida a la imposibilidad de compilar el todo específico de la Revolución Francesa—o de cualquier otro episodio de la historia o asunto del mundo—se encuentra la potencia creadora del discurso, que sin crear la materia con que interactuamos, determina el mundo que comprendemos. En última instancia, las convenciones sociales, lingüísticas y conceptuales mediante las cuales nos desarrollamos como seres humanos son mucho más urgentes para cada uno de nosotros que la realidad en que habitamos; es decir, a nadie interesa la espontánea interacción electroquímica que tiene lugar a cada momento en nuestros respectivos cerebros, sino, más convencionalmente, lo que importa es si uno está furioso o cansado o temeroso o esperanzado. En este sentido, el idealismo de Tlön, sorprendente al primer vistazo, se reconoce casi ordinario en la relectura.

Borges, sin embargo, pudo haber desarrollado estas ideas en un ensayo. “Tlön, Uqbar, Orbis tertius” no sirve para exponer el carácter convencional—y por lo tanto ficticio—de lo humano, o no solamente: se trata de un texto lúdico que al parodiar los luengos temas literarios de pesquisa detectivesca y de manuscrito hallado se permite explorar el género fantástico con una sobriedad que solidifica el pacto ficcional que a menudo la fantasía establece de manera laxa con el lector. En otras palabras, si se requiere una voluntad tenaz para leer sin rechazo las historias de los hermanos Grimm, por ejemplo, en este cuento de Borges no sólo estará de más ese tipo de ímpetu, sino que el texto está preparado para convencer al más escéptico entre los lectores y, más radicalmente, para instarlo—como a todos—a cerrar el libro y seguir “leyendo” extensiones o consecuencias de Tlön en la realidad real. Sus herramientas son varias: anecdóticas, históricas, filosóficas. Literariamente, sin embargo, vale reconocer el modo fragmentario con que el texto fortalece su verosimilitud. Si bien al inicio se presenta una anécdota que bien cabría en una charla o en un diario, lo mismo que en el modo más convencional de contar, pronto la anécdota se trunca al no hallar los personajes más pistas de Uqbar que el artículo espurio en la copia de la Encyclopaedia Britannica que posee Bioy Casares. Se da a entender que Borges y su amigo renunciaron a la búsqueda tras “fatigar” la Biblioteca Nacional, aunque su memoria privilegiada no los dejaría pasar nuevas claves del misterio, dado el caso. El texto presenta entonces una segunda parte, dispareja en extensión y tono frente a la primera, en la que ya sin Bioy Casares el narrador se encuentra por azar con la continuación del misterio, gracias a unos textos del fallecido Herbert Ashe, amigo distante del padre de Borges. La narración es minuciosa al principio y en cierto modo afectada, hasta el momento en que Borges explícitamente se reprime—“esta no es la historia de mis emociones”, dice—para dejar de narrar y comenzar a glosar. Las páginas que siguen son una parodia erudita y ágil del a menudo somnífero estilo enciclopédico. A pesar de la excelencia de la ejecución, en estas páginas lo más importante es aquello que se oculta, se infiere o—aunque sin existir—a lo que se alude. Este es un recurso eminentemente borgesiano, como se entiende tras la lectura del prólogo a la colección de cuentos El jardín de senderos que se bifurcan: “Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros, el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario” (Obras completas (3). Buenos Aires: Emecé. 2011). Este comentario, esta glosa es la parte más extensa de “Tlön, Uqbar, Orbis tertius”, y concede con su desproporción en relación con las otras partes un cierto aire de pragmatismo, de necesidad, de carencia de artificialidad, pues la artificialidad tiende a la geometría; si los hechos no se acomodan proporcionalmente, debe de ser—sugiere la factura del texto—porque se compila aquí, como en la enciclopedia, lo justo en cada punto, por lo que hay verdad en lo contado. Pero el texto no termina con la glosa, sino que Borges añade otro elemento muy característico suyo: la posdata. De análoga extensión a la primera parte del conjunto, la posdata elucida—el verbo es de Borges—“el misterio de Tlön”. En realidad este recurso contribuye a la verosimilitud hasta ahora señalada. Dadas las dimensiones del proyecto, pero también contra la circunstancia demasiado extraordinaria de resolver el misterio por un golpe de la casualidad, la posdata ayuda a Borges a mostrar que lo que se presenta al lector es producto de una larga pesquisa que toma varios años al narrador. Si se sospechaba extraño que precisamente Borges diera con estas pistas secretas, las mismas dimensiones del proyecto en el que se confabulan incontables intelectuales deja ver al final que el hallazgo de Tlön por Borges y por cualquiera que mantenga los ojos abiertos es más bien inminente. Hacia el final, Borges señala impasible que “El contacto y el hábito de Tlön han desintegrado este mundo” (841). ¿Desde dónde se lee este texto de Borges, por tanto? Este es el retruécano mental que Borges conquista. En relación con la verosimilitud del texto, es difícil negar la premisa que concluye exponiendo la posibilidad de que el lector se sitúe en el mundo que el texto ha creado. Esta conclusión, sin embargo, debe de ser absurda, por lo que el lector obsesivo habrá de releer el texto para rechazar la posibilidad de que se hable desde Tlön; Alazraki: “Tlön es al comienzo de la narración un planeta ficticio; hacia el final entendemos que su irrealidad es nuestra realidad, e inversamente, que nuestra realidad, lo que hemos definido como nuestra realidad, no es menos ficticia que Tlön” (op. cit.: 294). Enunciar el mundo no es crear el mundo, pero si éste es por completo idealista—como en Tlön—o convencional, como el mundo literario, enunciarlo—así como leerlo o simplemente ponderarlo—no es menos que crearlo.

Hay un orden en las cosas del género humano. Metáfora magnífica de ese orden, y de su megalomanía, es la enciclopedia. Borges valora ese orden, pero no puede dejar de señalar su—en palabras de Daniel Balderston—“extrema arbitrariedad” (Innumerables relaciones: Cómo leer con Borges. Santa Fé: Universidad. 2010: 134). Pasa lo mismo con lo alfabetizado que con lo calendarizado, con lo numérico que con lo verbal, con lo filosófico que con lo numinoso: nuestros órdenes son—Borges dixit—urdidos por hombres, destinados a que los descifren los hombres; “rigor de ajedrecistas, no de ángeles” (op. cit.: 841). De ahí la necesidad de parodiar para desenmascarar nuestros rigores, pase a atesorarlos. De nuevo, Alazraki: “Era necesario definir el relieve fantástico de toda doctrina filosófica para poder entrever las posibilidades filosóficas del género fantástico” (op. cit.: 285). Pero este desmontar, este diseccionar, este descifrar es también un acto de fe, en la medida que se admite valor en la arbitrariedad y falacia de nuestros ímpetus y de nuestros códigos, convenciones y órdenes. Por esa razón Borges termina su texto viendo de reojo, ya con poco interés, el colapso del mundo mientras, más esmerado, revisa “una indecisa traducción quevediana […] del Urn Burial de Browne” (op. cit.: 841). Admitir que ni siquiera piensa dar a la imprenta dicha traducción enfatiza la índole recreativa, personal que Borges halla en su continuo urdir textos, más aún cuando sospecha que “Entonces desaparecerán del planeta el inglés y el francés y el mero español. El mundo será Tlön” (idem). Es casi como si la consecuencia última de “Tlön, Uqbar, Orbis tertius” fuera la resignación con que se admite que incluso nuestro mundo, el mundo, único conocido, se debe a la imaginación.

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