Notas sobre dos ensayos de José Lezama Lima: “El romanticismo y el hecho americano” y “Nacimiento de la expresión criolla”

Texto completo en la edición 77 de la revista Armas y Letras

Cuenta Sarduy que, tras presenciar una función de jóvenes solistas del Bolchoi, quiso saber la opinión de José Lezama Lima: “—¿Qué le pareció? –le pregunté enseguida. —Mire joven—e impuso su voz gravísima, sentencioso, aspirando una bocanada de aire, acezante, como si se ahogara—, Irina Durujanova, en las puntuales variaciones del Cisne, tenía la categoría y majestad de Catalina la Grande de Rusia cuando paseaba en su alazán por las márgenes congeladas del Volga…—y volvió a tomar aire” (Obra completa, p. 1160). Con esta escena se rinde homenaje a Lezama y se le convierte en estandarte del neobarroco: “jamás vio el Volga, y menos congelado; la comparación con la emperatriz, que añadía a su obesidad la magnitud de la panoplia zarista, era más que dudosa, y sin embargo… ninguna equivalencia de la danza más textual, más propia que esa frase. La frase en sí, y no su contenido integral, su sustancia semántica. Eran la forma, la foné misma” (loc. cit.). Lezama no contaba su impresión del baile; él mismo, con las palabras, bailaba. Para el neobarroco esta anécdota es sustancial: una de las intenciones primeras de esta corriente es privilegiar la expresión, dejar atrás la significación directa y propiciar así la ambigüedad de la imagen. En un relato compuesto de secuencias opuestas o hasta contradictorias, ninguna “puede ser considerada como primera o verdadera; ninguna es original: la única realidad es la transformación constante del relato, su devenir, su metamorfosis continua” (obra citada, p. 1009). Sarduy intenta dar al lenguaje nuevas facultades, según entiende a Lezama: en “El heredero”, José Lezama Lima es revelado como “el descifrador de la noche insular” (obra citada, p. 1412); la frase intenta situarlo como el gran lector, entre tantos, de La Habana, de la tradición americana saciada de cultura europea. El heredero es quien descifra, quien toma para sí la potencia de la tradición. Pero esa potencia, esa “carga” de sentido, debe ser una relectura del barroco, porque en principio es barroca también: si Cuba, como América, es una mezcla de discursos que sedujo a los surrealistas y motivó las paradojas mágicorrealistas y realmaravillosas, su representación ha de ser la acumulación de paradojas, claroscuros, oposiciones, la destrucción del discurso directo, del verdaderamente artificioso realismo, la acumulación de secuencias, de narradores, de tiempos verbales, de personas gramaticales, la transgresión de las normas, la invención de otras y su continua destitución.

Texto completo en la edición 77 de la revista Armas y Letras

Aguillón-Mata